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sábado, 31 de octubre de 2015

Se lanza tercera edición del libro "La vida privada de la mujer alemana del Volga"

La próxima semana se llevará a cabo el lanzamiento de la tercera edición del libro “La vida privada de la mujer alemana del Volga”, del escritor Julio César Melchior.

Será la presentación de una obra totalmente renovada no solamente en su aspecto estético, porque lucirá una nueva tapa y nueva diagramación en su interior, sino también en su contenido. Ya que la investigación fue ampliada (mediante reportajes, relatos, confesiones, bibliografía) profundizando en todos los ítems de la vida de la mujer alemana del Volga, desde su nacimiento hasta su desaparición física. Abarcando todos los ítems. Lo privado y lo público, lo social y lo religioso, lo que le estaba permitido y lo que le estaba vedado a la mujer de antaño.
Una investigación que le permite al escritor Julio César Melchior presentar una obra dentro del marco de un área hasta ahora poco o nada explorada en el rescata de la cultura de los descendientes de alemanes del Volga.
Un libro para leer y conversar en los anaqueles de toda biblioteca.
No se lo pierda.

martes, 27 de octubre de 2015

El herrero de la colonia

El herrero es un hombre robusto, fuerte, capaz de levantar una tonelada él solo. Sus brazos se forjaron en la fragua, en la misma fragua donde su rostro se baña de sudor.
Golpea su martillo sobre el yunque, en el que cincela el hierro candente, para elaborar las más variadas herramientas para los colonos. Desde rejas para el arado hasta utensilios para las cocinas.
Es un artista y como tal, trabaja en soledad. En la herrería. Silbando, siempre silbando. Feliz de la vida. Contento con su trabajo. Orgulloso de su obra.

lunes, 26 de octubre de 2015

Los trigales de la colonia

El viento mece los trigales
a las doce del mediodía,
cuando las campanas de la iglesia
llaman a rezar el Ángelus.

Reflejan el color del sol
en doradas espigas,
que esperan ser trilladas
en largas jornadas de labor,

para trocarse en harina,
en pan familiar,
en ricos Kreppel,
en hostias para el altar.

domingo, 25 de octubre de 2015

Dramática noche de bodas de una abuela alemana del Volga

“Yo no supe cómo nacían los niños hasta que tuve mi primer hijo -revela sin pudor y con total sinceridad, María Schoenfeld. Tampoco supe cómo se hacían los hijos hasta la primera noche de mi boda”.
Después del casamiento por iglesia y de la fiesta, que se prolongó hasta la madrugada, mi marido me llevó a la habitación y me pidió que me quitara la ropa mientras él se desvestía. Yo me opuse. Sentí mucha vergüenza. Él me dijo que ahora era mi marido y que tenía que obedecerle. Me opuse. Pero se enojó y me gritó. Me gritó fuerte. Yo le dije “no grites que nos van a escuchar tus padres”. “Que me importa -“me contestó. Vos sos mi mujer”. Así que tuve que sacarme el vestido y acostarme. Él se metió en la cama y se colocó arriba de mí, con fuerza. Me apretó los brazos. Me dolía todo. Sentí miedo. Dolor. Un tremendo dolor entre las piernas. No sabía lo que estaba pasando. Empecé a llorar. Pero él no paraba. Siguió y siguió y siguió. Hasta que se cansó. Y se quedó dormido. Yo lloré durante varias horas. No sabía qué hacer. Me sentí mal. Descompuesta. “Dios me va a castigar” -pensé.
“Con el tiempo me acostumbré. El sacerdote, cuando me confesé, me tranquilizó, me dijo que era obligación de la mujer obedecer al marido y que todo lo que él me pedía estaba bien para mí”.

sábado, 24 de octubre de 2015

La anciana en la cocina

La anciana se levantó con el sol, bien temprano, a la hora del amanecer. Lavó la ropa de la casa en un fuentón de chapa utilizando la tabla de lavar de madera. Colgó la ropa al fondo de la casa (el cordel está cerca del Nuschnick) y después amasó Kreppel en la mesa de la cocina. Los frió en una sartén, sobre la cocina a leña. Los espolvoreó con abundante azúcar. Lavó los utensilios. Los guardó. Puso la pava con agua a calentar. Tomó el mate, lo llenó con yerba. Lo colocó sobre la mesa, al lado de la azucarera con los terrones de azúcar. Acomodó el repasador. Lo dobló prolijamente. Miró sus manos. Sacó un pañuelo del bolsillo de su delantal gris. Se sonó la nariz. Caminó unos pasos. Se paró frente a la ventana. Miró hacia el patio, hacia el jardín, hacia la calle, hacia la inmensidad del horizonte.
La casa estaba en orden. Sólo se oía el silbar monótono de la pava y el crepitar de la leña, consumiéndose.
Tanteó una silla y se sentó. El cuerpo le pesaba. Hurgó en su bolsillo hasta que sacó su rosario de perlas negras. Besó la cruz. Intentó unir las manos para rezar pero lenta e inexorablemente, comenzó a deslizarse hacia un costado.
Su hijo mayor, Pedro, la encontró muerta, al mediodía, cuando volvió de su trabajo para almorzar, y la comida no estaba lista, y mamá se había ido para siempre.

jueves, 22 de octubre de 2015

Catarsis

En este atardecer gris de otoño, sentado aquí, bajo la luz mortecina de la lámpara a kerosén, en mi cuarto de soltero, frente a la ventana, donde el cielo llueve sus lágrimas de nostalgia en gotas de melancolía sobre el cristal que no veo, porque miro hacia la distancia, hacia el pasado, donde mis años de niñez se confunden con el olvido y mi solitario presente con mi lejano ayer en familia…
Veo a mi madre, frente a la mesa grande de la cocina, amasando los tallarines del domingo; huelo el aroma a tuco que hay en el ambiente: cebolla rehogada, ajo, perejil, orégano, tomates… La radio con sus tangos, sus milongas y sus pasodobles. Una pava que hierve. Y mamá cantando.
Veo a mi padre, el zapatero, trabajando con la lezna, reparando una suela; y el aroma a cuero crudo me acosa, a la par que siento las manos rugosas de papá acariciando mi mejilla, en sus años viejos, cuando se iba yendo de a poco y él sabía que se iba para no volver.
Y en este atardecer gris de otoño, triste el alma, vacía mi vida, se me dio por escribir estas líneas, por recordar a mis padres, por llorar mi niñez, para no matarme.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Triste noticia para los descendientes de alemanes del Volga

Fallecimiento de Alberto Leo Klein
Por Amando Gassmann-Holzmann

Hoy sufrimos la lamentable pérdida de nuestro compañero.

Alberto Klein, oriundo de Valle María/Entre Ríos, ha sido un erudito de la historia y cultura de los Alemanes del Volga, para la que ha ganado mucho mérito, no siempre reconocido como debido. Ha sido presidente por largos años de la Filial "Unser Leit" de la asociación de alemanes del Volga en Argentina, y formado parte de la Comisión Directiva Nacional de la misma asociación. Impulsor y alma mater del Primer y Segundo Congreso Argentino de los Alemanes del Volga, autor de artículos, y ha dado conferencias sobre los mismos. Uno de sus últimos grandes logros fue la Digitalización del "Argentinischer Volksfreund", una revista publicada por la congregación del Verbo Divino, entre 1895 y 1960, conteniendo numerosa información relativa a los alemanes del Volga, lograda mediante el aporte real de la Embajada Alemana para dicha digitalización. 
Alberto Leo Klein Asselborn: RIP / QEPD.

martes, 20 de octubre de 2015

Espera

Sé del tiempo que transcurre
y se diluye en el ayer,
en las horas muertas del olvido,
bajo las cenizas de la indiferencia.

Sé del tiempo que se llora,
que no transcurre ni se diluye,
el que se detiene en el abrazo
de un ser querido que se va.

Sé del tiempo que se espera
en el portal de nuestro hogar,
la llegada de un hijo que no regresa,
mientras la vida se nos va.  

lunes, 19 de octubre de 2015

Cuando mi madre fue niña

Nunca tuvo
una muñeca de verdad,
ni de porcelana
ni de plástico.

Nunca tuvo
tacitas de té de verdad,
como tampoco tuvo
amigas en el campo.

Su muñeca
era un corazón de trapo
y un alma de hilos,
que le cosía su mamá.

Sus tacitas de té
eran latitas vacías
de sardinas y tomates,
que a nadie le servían. 

domingo, 18 de octubre de 2015

La casa de mi madre

Casa de adobe
con paredes de barro
pintadas a la cal
y aberturas de madera
de color verde.

Paja vizcachera
sobre el techo.
Una chimenea alta
fumando el humo
de la cocina a leña.

Al frente un jardín.
Detrás una huerta
y a lo lejos,
allá en el fondo,
el Nuschnick. 

viernes, 16 de octubre de 2015

Recuerdo de lugares históricos de Pueblo Santa María

Por Juan Carlos Roht

En el año 1925 funcionaba en este edificio el Almacén de Ramos Generales “DEL CORREO”, de la firma comercial Manuel Castedo y Cía, con ferretería, corralón de maderas, hierros, además de una estafeta de correo, que era un servicio casi imprescindible en aquellos tiempos.
A partir del año 1958 el lugar funcionó como Comité de la UCRI, espacio político liderado en el orden local por el escribano Domingo Nicolás Moccero.
Siendo la vivienda propiedad del Sr. Enrique Weis, actualmente perteneciente a los sucesores de Agueda Schwerdt de Weis, hoy se encuentra deshabitada y al borde del abandono. 
  

jueves, 15 de octubre de 2015

El rumor como control social en las comunidades de alemanes del Volga

¡Cuánto daño podía causar un rumor o un chisme!
Sin embargo, más de una vez servía como
control social o era utilizado como un medio
al cual que recurrían  las "autoridades" para
mantener el orden social y moral.
Los habitantes de la localidad eran descendientes de inmigrantes alemanes, que llegaron al país con una cohesión social firme, basada en dogmas religiosos, que tenían su raíz en tradiciones y costumbres milenarias, cuyos rastros se perdían en la noche de la Edad Media. También una historia común de lucha,  esfuerzo y superación. Un pasado de aldea en la mítica Europa y la noble Rusia zarista, de los siervos incultos y los rebeldes cosacos. Habían emigrado dos veces. Primero de Alemania, su tierra natal, la que jamás olvidaron. Y luego de Rusia. País que dejaron sin llevarse nada. Porque nada asimilaron. Ni siquiera el idioma.
Cuando llegaron a la indómita pampa Argentina, a finales del siglo XIX, lo primero que hicieron fue levantar una cruz. Dios estaba por delante de todo. Después recién pensaban en ellos. El cuerpo podía esperar; el alma no. Así surgieron majestuosas iglesias, con altares de mármol de carrara y cálices de oro en el centro de pequeñas localidades. Grandes escuelas parroquiales.  Y sacerdotes y monjas inquisidoras que velaban por la moral, la ética y el buen comportamiento social. El cura predicaba aprovechándose del sacramento de la confesión para enterarse de lo que sucedía y de lo que no pasaba también. Mentirle al sacerdote significaba arder eternamente en el infierno por lo que a nadie se le hubiese ocurrido pensarlo siquiera. Como tampoco no ir a confesarse. Era una obligación moral y un dogma de fe sagrado el ir a contarle todo al santo hombre de la iglesia.
Y el hombre de negro, con su sotana al viento, lo sabía todo. Era el comisario, el juez, el intendente. En una palabra, era Dios. Dios y todos los apóstoles juntos. Porque no había tema, no había asunto, ni público, ni privado, dónde su autoridad fuera apelable o siquiera pasible de opinión. Era la voz de Dios en la tierra. Y la conciencia de todos los hombres y mujeres, niños y niñas incluidos. Porque todo el mundo se confesaba.
Cuando en el secreto inviolable de su confesionario, el cura se enteraba que alguna mujer había dado el mal paso, él la condenaba a rezar treinta rosarios, veinte avemarías, dieciocho padrenuestros y una semana de ayuno, sin carne ni pan. Y si esto no alcanzaba para mitigar los deseos insanos de la oveja descarriada, ponía en marcha una argucia que nunca le fallaba. Echaba a correr el rumor: “María engaña a su marido, se acuesta con Juan”. Porque sabía que las quince viejas que se pasaban el día en la iglesia rezando para que no llegara el fin de la creación, enseguida iban a poner en marcha el andamiaje del control social y moral. A partir de saber la novedad, no solamente se la pasarían una a otra, sino que la desparramarían por todo el pueblo, y después se las ingeniarían para espiar a María y a Juan, haciéndoles notar que algo sabían y que con su proceder innoble estaban mancillando el buen nombre de la localidad. Y la pobre María terminaría por encerrar en cuatro paredes, y ocho llaves de castidad, sus deseos e impulsos sexuales, al igual que Juan, so pena ser desterrados a vivir apartados de aquellos santos varones y señoras de alcurnia, que tenían la frente limpia y el nombre sin mácula.
Pero hete aquí, que un día sucedió algo inaudito. El sacerdote se enteró en el confesionario que estaba corriendo por la vecindad un rumor que lo afectaba a él y a su buen nombre. Se decía que el cura se acostaba con la viuda Elisa. Por eso iba todas las semanas a visitarla y a llevarle la comunión. Y que era mentira que ella no podía salir de su casa porque estaba deprimida por la muerte de su marido.
Indignado, en la primera misa que ofició, el cura se encaramó en el púlpito, y en su sermón fustigó a su rebaño por hablar mal de ese pobre apóstol de la iglesia, que era él, ese hombre que renunció a las riquezas y bienes materiales para servirlos a ellos con humildad y entrega absoluta. Justamente a ellos, persistentes pecadores. ¿Y así le pagaban? ¿De esa manera tan atroz? ¿Tan diabólica? –preguntó a los gritos.
Sin embargo, transcurrido un mes, el cura hizo su valija. El obispo le notificó en una carta que, dado los rumores, era mejor que se marchara del pueblo. Su credibilidad había caído hasta abismos inverosímiles y esto le causaba mucho daño a la imagen de la Santa Madre Iglesia. Por supuesto que el obispo, otro santo varón, no lo iba a abandonar porque unos innobles pecadores mancillaran su buen nombre. Ya lo había designado a otra parroquia.
Antes de marcharse definitivamente del lugar, el cura pasó por casa de la viuda Elisa, a confesarla por última vez.

martes, 13 de octubre de 2015

“Mi vida no fue fácil pero no me quejo” –cuenta la abuela Clara Schmidt

“Mi vida fue muy dura pero no me quejo” revela Clara Schmidt. “Mis hermanos y yo apenas tuvimos tiempo para jugar porque a los nueve años ya trabajábamos ayudando a mamá y papá en la cocina, en la quinta, ordeñando vacas, aprendiendo a cocinar, coser, bordar y tejer. Para conseguir un buen marido” agrega.

“A los catorce- cuenta Clara- mi papá me llamó a la cocina para decirme que me tenía que casar con Luis, un hombre que apenas había visto de lejos y en la iglesia, diez años mayor que yo. Y así fue como me casé con él después de noviar durante un año. Me visitaba los domingos a la tarde, mientras tomaba mate con mis padres. Ese fue todo el noviazgo que tuvimos. Antes no era como ahora. Los novios no podían estar solos, sin la compañía de los padres o algún familiar.
“Me casé antes de la cosecha de trigo. En verano. Me acuerdo que nos casamos y a la semana mi marido se fue a la cosecha y no volvió hasta dos meses después en que terminó el trabajo. No había viaje de boda, no había nada. Sí tuvimos una gran fiesta, con muchísimos invitados“– evoca Clara y acota detalles de los parientes que asistieron, de los regalos, del baile del vals. Notas de color de una época que solamente se mantiene vigente en su recuerdo.
“Al siguiente año nos fuimos a trabajar al campo- continúa contando Clara- “Dejar a mis papás y a mis hermanos fue muy duro. Lloré mucho. Pero tenía que hacer lo que mandaba mi marido. El tenía un carácter difícil. Enseguida me gritaba. Bebía mucho y se ponía bravo. Le tenía miedo. Mucho miedo. Nunca me pegó pero repetía una y otra vez: un día te voy a dar una paliza que te vas a acordar de mí para toda la vida.
“No la pasamos bien. Nuestros patrones pagaban muy poco. En realidad solamente le pagaban un sueldo a él. En aquellos años a las mujeres no se las tenía en cuenta. Tenían que sentirse afortunados si recibían una cama y comida para ella y sus hijos, siempre y cuando no tuviera demasiados, y que se diera mañana para tener quinta, animales domésticos, ordeñar, elaborar manteca, queso y todos los derivados de la leche, hornear el pan diario y todas las cosas que se esperaban de una mujer- afirma resignada.
“Tuvimos doce hijos. Cinco nenas y siete varones. Casi todos también tuvieron que empezar a trabajar de muy pequeños. No quedaba otra. Había que ayudar a parar la olla. Primero la comida y después la escuela. Ninguno de mis hijos terminó la primaria. Pero están todos casados y tienen hijos hermosos- se justifica Clara.
“Estuvimos en el campo más de veinte años. Después nos mudamos a la ciudad porque el patrón murió y sus hijos repartieron el campo. Nosotros nos quedamos en la calle sin nada. Ni siquiera nos dejaron llevar los animales domésticos que criamos nosotros. Ni una gallina para comer. ¡Ni una!- remarca ofuscada.
“Alquilamos una casa que después compramos. Una casita vieja que tuvimos que hacer toda de nuevo. Mi marido trabajó otra vez en el campo y yo de sirvienta en una casa de familia. Mis hijos también -suspira agobiada.
“Mi marido murió hace diez años- resume. Desde entonces estoy sola. Todos mis hijos se casaron. Voy a visitarlo casi todos los meses al cementerio a llevarle flores y a conversar con él. Tengo ochenta y cuatro años- confiesa.
Calla. Baja la mirada. Se levanta y nos mira con esos ojos profundamente verdes que tiene. Toda su alma se refleja en sus ojos.
“Mi vida no fue fácil, pero no me quejo” concluye. 

sábado, 10 de octubre de 2015

Doña Elisa Stadelmann (vida y obra de una abuela alemana del Volga)

Doña Elisa Stadelmann nos recibe en su casa de adobe. Sentada junto a la cocina a leña, sonríe: su rostro ajado se ilumina al igual que sus ojos color cielo. Estaba rezando el rosario. Ataviada de negro recuerda los muertos que lleva en su memoria. Se escucha el monótono tic-tac del reloj de pared, el hervir del contenido de una cacerola y el crepitar de la leña que se consume. Nos invade la certeza de que ingresamos en el pasado; al de ella y al nuestro.

Doña Elisa enseguida nos cuenta de su niñez. Nos revela que nació en una de las habitaciones de la casa en la que todavía reside noventa y dos años después. Que tuvo once hermanos. Que jugó con muñecas de trapo que su mamá le cosía. Que jugaba con tortas de barro. Que se iba a cazar pajaritos y a pescar con sus hermanos varones. Que su papá murió cuando tenía siete años y que mamá se volvió a casar al año siguiente porque necesitaba un esposo para criar a tantos hijos (los propios más los tres que tuvo después). Y que empezó a trabajar a los nueve, ayudando a su madre y a su padre a trabajar en la quinta de verduras. Que apenas fue a la escuela hasta segundo grado. Que aprendió a leer y a escribir. En fin. Ríe. Llora. Se angustia. Buenos y malos recuerdos.  ”Pero fui muy feliz” sentencia.
Después nos habla de la época en que su padrastro la casó con un hombre ocho años mayor que ella para darle un buen porvenir y la mandó a trabajar al campo junto a su marido, donde permaneció durante quince años. Trabajando la tierra (sembrando, arando, cosechando), ordeñando, haciendo producir la huerta, preparando las conservas, encurtidos y dulces para el invierno, colaborando en las carneadas, sin olvidarse de su obligación de parir hijos, cuidarlos, criarlos, educarlos, ser sumisa y obediente del marido.
El tiempo le brindó a Doña Elisa la gracia de muchos recuerdos y la sapiencia de poder verlos hacia atrás con sabiduría y aceptación sin rencores ni enojos. Comprende que todo lo que vivió se resume en su identidad actual y que ya nada es lo que fue otrora. Todo cambió. Nada es igual. Ni las personas. Ni la moral. Ni la fe en Dios.
Aduce que el presente es mejor que el pasado “antes se sufría mucho”-sostiene. “Había que trabajar muy duro y se ganaba muy poco. Hoy no hay nadie que no tenga para comer. Eso sí, antes la gente era más solidaria. Nos ayudábamos entre todos”. Y agrega: “otra cosa que cambió mucho es la libertad que tienen ahora las chicas. Yo me tuve que casar con alguien que no me gustaba porque me obligó mi papá. Pero mi marido resultó ser un buen hombre” -acota enseguida. “No me hizo sufrir ni me trató mal”.

Tener un “fóbal de cuero número cinco” era el sueño de los niños de las colonias

“El máximo sueño de los abuelos 
de las colonias, cuando niños, 
era poseer un “fóbal número cinco”,
 lo que significaba tener una 
pelota de fútbol de cuero como
 la que utilizaban los jugadores 
de primera división. Por supuesto 
que, salvo raras excepciones, 
esto era algo que estaba lejos 
del bolsillo de todos los padres. 
Porque era un objeto carísimo.
Los objetos que acompañan nuestra vida hablan de nosotros, de nuestros gustos, costumbres, recursos y carencias; suelen traernos la memoria de los antepasados; de sus antiguos poseedores o de quienes nos los regalaron; y, en todos los casos, aunque no siempre seamos conscientes de ello, nos vinculan con las personas, generalmente desconocidas, que los inventaron y fabricaron. Los objetos pueden contar nuestra historia, pero a la vez cada uno de ellos resume en sí mismo una historia. Además de ser biográficos, son manifestaciones de una cultura.
En este caso en particular, presentamos un artículo sobre un objeto de juego común entre los niños de todas las épocas, que es la pelota. Y lo presentamos desde un atractivo cuento de Felisberto Hernández.

La pelota

Por Felisberto Hernández.

Cuando yo tenía ocho años pasé una larga temporada con mi abuela en una casita pobre. Una tarde le pedí muchas veces una pelota de varios colores que yo veía a cada momento en el almacén. Al principio mi abuela me dijo que no podía comprármela, y que no la cargoseara; después me amenazó con pegarme; pero al rato y desde la puerta de la casita —pronto para correr— yo le volví a pedir que me comprara la pelota. Pasaron unos instantes y cuando ella se levantó de la máquina donde cosía, yo salí corriendo. Sin embargo ella no me persiguió: empezó a revolver un baúl y a sacar trapos. Cuando me di cuenta que quería hacer una pelota de trapo, me vino mucho fastidio. Jamás esa pelota sería como la del almacén. Mientras ella la forraba y le daba puntadas, me decía que no podía comprar la otra y que no había más remedio que conformarse con ésta. Lo malo era que ella me decía que la de trapo sería más linda; era eso lo que me hacía rabiar. Cuando la estaba terminando, vi cómo ella la redondeaba, tuve un instante de sorpresa y sin querer hice una sonrisa; pero enseguida me volví a encaprichar. Al tirarla contra el patio el trapo blanco del forro se ensució de tierra; yo la sacudía y la pelota perdía la forma: me daba angustia de verla tan fea; aquello no era una pelota; yo tenía la ilusión de la otra y empecé a rabiar de nuevo. Después de haberle dado las más furiosas "patadas" me encontré con que la pelota hacía movimientos por su cuenta: tomaba direcciones e iba a lugares que no eran los que yo imaginaba; tenía un poco de voluntad propia y parecía un animalito; le venían caprichos que me hacían pensar que ella tampoco tendría ganas de que yo jugara con ella. A veces se achataba y corría con una dificultad ridícula; de pronto parecía que iba a parar, pero después resolví dar dos o tres vueltas mis. En una de las veces que le pegué con todas mis fuerzas, no tomó dirección ninguna y quedó dando vueltas a una velocidad vertiginosa. Quise que eso se repitiera pero no lo conseguí. Cuando me cansé, se me ocurrió que aquel era un juego muy bobo; casi todo el trabajo lo tenía que hacer yo; pegarle a la pelota era lindo; pero después uno se cansaba de ir a buscarla a cada momento. Entonces la abandoné en la mitad del patio. Después volví a pensar en la del almacén y a pedirle a mi abuela que me la comprara. Ella volvió a negármela pero me mandó a comprar dulce de membrillo. (Cuando era día de fiesta o estábamos tristes, comíamos dulce de membrillo). En el momento de cruzar el patio para ir al almacén, vi la pelota tan tranquila que me tentó y quise pegarle una "patada" bien en el medio y bien fuerte; para conseguirlo tuve que ensayarlo varias veces. Como yo iba al almacén, mi abuela me la quitó y me dijo que me la daría cuando volviera. En el almacén no quise mirar la otra, aunque sentía que ella me miraba a mí con sus colores fuertes. Después que nos comimos el dulce yo empecé de nuevo a desear la pelota que mi abuela me había quitado; pero cuando me la dio y jugué de nuevo me aburrí muy pronto. Entonces decidí ponerla en el portón y cuando pasara uno por la calle tirarle un pelotazo. Esperé sentado encima de ella. No pasó nadie. Al rato me paré para seguir jugando y al mirarla la encontré más ridícula que nunca: había quedado chata como una torta, Al principio me hizo gracia y me la ponía en la cabeza, la tiraba al suelo para sentir el ruido sordo que hacía al caer contra el piso de tierra y por último la hacía correr de costado como si fuera una rueda.
Cuando me volvió el cansancio y la angustia le fui a decir a mi abuela que aquello no era una pelota, que era una torta y que si ella no me compraba la del almacén yo me moriría de tristeza. Ella se empezó a reír y a hacer saltar su gran barriga.
Entonces yo puse mi cabeza en su abdomen y sin sacarla de allí me senté en una silla que mi abuela me arrimó. La barriga era como una gran pelota caliente que subía y bajaba con la respiración. Y después yo me fui quedando dormido.

martes, 6 de octubre de 2015

Hila que te hila la anciana

Hila que te hila
su vellón de lana,
en la rueca
la anciana.

Hila que te hila,
los recuerdos van,
los recuerdos vienen,
en su memoria.

Hila que te hila,
surca el mar,
llora el adiós,
deja el hogar.

Hila que te hila,
llega a la Argentina
desolada y triste,
y sin embargo no se detiene.

Hila que te hila
su vellón de lana,
en la rueca
la anciana.

Mientras llora su ayer,
su aldea natal,
que dejó allá lejos,
allende el mar.

El colono trabaja

Por su esposa,
por sus hijos,
por su familia,
el colono trabaja:
ara la tierra,
la siembra,
cosecha sus frutos.
Agradece a Dios.

Para tener
casa propia,
para tener qué comer,
para que sus hijos
crezcan sanos,
y estudien,
y tengan el futuro
que él no pudo tener.

lunes, 5 de octubre de 2015

Fotografías del desfile tradicional de Kerb, de Pueblo Santa Trinidad

Pueblo Santa Trinidad vivió durante el pasado fin de semana sus tradicionales Fiestas Patronales, que marcan una movilización extraordinaria de gente. Aquí van algunas imágenes del desfile.












Ganadores Torneo de Koser


Ganaron Juan Carlos Haag y Oscar Santarelli. El Delegado Municipal Fabián Maier en la tarde del sábado de la Kerb entregó el premio mayor. Participaron 32 parejas de los tres pueblos alemanes y Coronel Suárez.

 Entre la programación que se había proyectado para la celebración de las Fiestas Patronales del Pueblo Santa Trinidad, no podía faltar el tradicional juego de los Alemanes del Volga que desde los antepasados se ha recuperado y viene adoptando un ritmo de competencia permanente en los últimos años.
El Kosser cuyo torneo se disputó en las canchas que la Delegación Municipal tiene asignadas en un sector del amplio Anfiteatro Andrés Schwuab y donde el público acompañó durante toda la tarde aprovechando los juegos y el servicio de cantina que se preparó para la oportunidad.
Unas 32 parejas participaron del Torneo con gran entusiasmo y la fiscalización de los “Entusiastas del Kosser” jugaron durante toda la tarde hasta que después de las 18 horas ya consagrados los ganadores se procedió a la entrega de los premios donde “Poli” Stremel agradeció la participación de todos las parejas jugadoras del tradicional juego y el Delegado Municipal Fabián Maier felicitó a los ganadores y destacó el nivel del juego que se puso en evidencia en la tarde de las Fiestas Patronales de Santa Trinidad.
Fueron ganadores Juan Carlos Haag y Oscar Santarelli, secundados por Ángel Sanferreiter y Ezequiel Eberle respectivamente en el primer y segundo puesto.
Se consagraron terceros Antonio Eberle y Alberto Eberle y en el cuarto lugar Mauro Pfoh y Juan Carlos Eberle quien recibieron los trofeos respectivos que fueron otorgados por la Delegación Municipal del Pueblo Santa Trinidad.
Por la ronda de perdedores se ubicaron en el primer lugar Angel Saniuk y Jorge Sieben, segundo puesto para Federico Schmidt y Carlos Schmidt, tercera posición para la pareja del Pueblo San José integrada por Julio y José Hartman mientras que el cuarto lugar fue ocupado por Gonzalo Waibender y Gustavo Waibender.


Más fotografías de los ganadores...










viernes, 2 de octubre de 2015

La vida en los tiempos de nuestros

Las calles eran de tierra,
polvo en verano
y barro en invierno.
Las casas de adobe,
frescas en el estío
y cálidas en las noches frías.
Las gentes eran buenas,
honestas en el trabajo
y solidarias en el pan.

Los campos eran amarillos,
mar de trigales en la vastedad
de la pampa argentina.
Daban granos por doquiera,
semillas que se trocaban en harina,
harina que se hacía pan,
pan que se hacía hostia,
hostia que se transformaba
en el cuerpo de Cristo.

Recordando a mamá


Mamá ya era muy viejecita y todavía se preocupaba por el bienestar de sus hijos. Lástima que nosotros pensábamos tan poco en ella. Vivía sola, en una vivienda que le quedó grande, muy grande, cuando papá murió y uno a uno los hijos nos fuimos casando y la fuimos dejando sola en la casa inmensa, donde pasaba los días añorando los años felices y lamentando el tiempo ido.
Sus ojos dulces y tiernos se le llenaban de lágrimas cada vez que recordaba el ayer. Extrañaba a su marido, fallecido hacía unos años, y a sus hijos que veía muy de vez en cuando. Comer sentada en soledad en la mesa enorme de la cocina, en las largas noches de invierno, debieron haber sido un suplicio para ella, acostumbrada a tener la casa llena de hijos.
Pero, sin embargo, nunca se lamentó de su destino. Sabía y comprendía que los hijos habían formado sus propias familias. No quería molestar ni ser un estorbo en la vida de nadie. Por eso, y pese a la soledad y al profundo dolor que sentía, prefería vivir sola, rodeada de sus recuerdos.
Mamá era bien alemana. De espíritu fuerte y alma noble, envejeció y enfermó calladamente, sin incomodar a nadie. La internamos en el hospital y enseguida entregó su alma a Dios. Se quedó dormida soñando el sueño de los justos, dejando que los vivos continuaran con su vida diaria sin problemas. Hasta último momento preguntó por sus hijos y deseaba saber qué hacían. Se sentía orgullosa de ellos. Sus hijos eran el fruto que dejaba sobre la tierra, la descendencia que iba a perpetuar su recuerdo.
Y nosotros nos quedamos solos, sintiéndonos desprotegidos. Recién en ese instante doloroso tomamos conciencia de que mamá podía irse para siempre de nuestro lado. Y nos dimos cuenta tarde, muy tarde, que apenas conocíamos algunos hechos aislados de su pasado. Ella muy pocas veces había contado cosas de su niñez y nosotros muy pocas veces nos habíamos tomado el tiempo necesario para preguntarle. Claro, mamá parecía eterna. Nunca se nos cruzó por la cabeza que mamá podía faltarnos un día. Estábamos tan acostumbrados a sus consejos, a su comprensión, a sus brazos abiertos en los que cobijaba nuestro dolor y disfrutaba nuestra dicha, que se nos fue la vida sin apenas pensar en ella y llenarla de besos y gratitud mientras la tuvimos cerca y viva.