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lunes, 29 de diciembre de 2014

Wünsche gehen und gross Neusjahr: antiguas tradiciones de Año Nuevo de los alemanes del Volga

“Cuando éramos niños, el día de Año Nuevo era para nosotros una jornada de fiesta. Salíamos a visitar a toda la parentela vor wünsche. Entrábamos en todas las casas para desear un feliz comienzo de año a todos los integrantes de cada familia, y ellos, a cambio, nos obsequiaban caramelos y masitas. Para los niños humildes de la colonia era, quizás, la única fecha del año en que recibían una golosina. Por eso no dejábamos de visitar ningún pariente ni amigo. Con cada regalo armábamos un paquetito que llamábamos Pindllie: poníamos las golosinas en el centro de un pañuelo y uníamos sus cuatro puntas mediante un nudo”.

Wünsche gehen und gross neusjahr

El primer día del año los niños se levantaban bien temprano a la mañana, casi con el amanecer, para saludar a sus padres deseándoles feliz año nuevo, recitando un poema varias veces centenario y de autor desconocido, que dice así: Vater und Mutter ich wünsche euch glückseeliges neusjahr, langes leben und Gesundkeit; frieden und einigkeit und nach eren Tod die ewige klückseeligkeit”. “Das wüsnsche mir dir auch”, respondían mama y papá mientras les obsequiaban golosinas.
Cumplido este ritual, los pequeños salían a visitar a parientes y amigos para también desearles la felicidad en el año nuevo que comenzaba. Pero esta ocasión el poema era otro: glück und segen / auf allen Wgen! / Frieden im Haus / jahrein, jahraus! / In gesunden und kranken Tagen / kraft genung, Freud und Leid tragen! / Stets im Kasten ein stücklein Brot, / das geb’ uns gott!
Al finalizar la jornada todos los niños de la colonia, sobre todo los más humildes, se sentían dichosos con la enorme cantidad de golosinas que lograban reunir tras una larga jornada de “trabajo”, visitando tíos, abuelos y demás parientes.
La tradición se completaba el Día de Reyes con el gross naeusjahr (Año Nuevo Grande), cuando los que salían a expresar sus augurios de felicidad en el año que se iniciaba eran las personas mayores. Pero estos, en lugar de ser recibidos con golosinas, eran agasajados con sendas copitas de licor. Por lo que a medida que avanzaba la jornada y la visita de las casas se repetía una tras otra, con parientes y amigos, y con ellas, una tras otra las copitas de licor, la borrachera comenzaba a surgir, y con ella los cánticos satíricos. (Julio César Melchior).

sábado, 20 de diciembre de 2014

Así celebraban Navidad nuestros abuelos alemanes del Volga

“Los niños de las colonias esperábamos la llegada de la Navidad, en especial la Nochebuena, en un clima que nos mantenía inmersos entre la congoja y la felicidad. La congoja porque todos, sin excepción, sabíamos que desde alguna remota región arribaría el Pelznickel y que entraría a nuestro hogar golpeando sus cadenas y  lanzando al aire sus guturales y estentóreos gritos: vestido con un sobretodo oscuro, desaliñado, barba enmarañada, para recriminarnos las travesuras cometidas durante el año y revisarnos las uñas. Y felicidad, porque también aguardábamos la llegada del Chriskindle que, por el contrario, nos bendecía con su remanso de felicidad: era como un hada buena representando al Niño Jesús que nos trataba con cariño y nos llenaba las manos de golosinas.
En Nochebuena asistíamos a la Misa de Gallo, donde cantábamos el Stille Nacht y el Grosser Gott,  y a su regreso toda la familia se sentaba alrededor de la mesa, rezábamos el Padrenuestro y cenábamos. Finalizada la cena bailábamos valses y polcas y el 25 al mediodía se reunía la gran familia, padres, abuelos, nueras, yernos, nietos, un mundo de gente, para degustar cosas navideñas preparadas en el hogar. Era una fiesta muy hermosa”. (De los historiadores Popp – Denig – Seitz – Brendel)

La celebración de la Navidad en las aldeas del Volga, en Rusia

La celebración de la Navidad en las aldeas Volguenses –cuentan los historiadores Popp y Denig- fue siempre la recordación festiva más importante y más esperada del año; ya sea por su significado y motivación o por coincidir con una fecha en que la gente estaba más desocupada de las obligaciones del campo. Por ocurrir en pleno invierno, toda la población se mantenía en su hogares y todos tomaban parte activa de la celebración; las representaciones alusivas al nacimiento del Niño Dios en las iglesias se revestían del máximo esplendor. Los niños tenían una especial intervención y recibían un regalo peculiar; era también motivo para lucir vestimentas nuevas.
Previamente a dicha fecha se limpiaban a fondo y pintaban todas las piezas de la casa y el grupo familiar reunido realizaba su propia instalación del “Nacimiento de Jesús”, de acuerdo a las costumbres y tradiciones; la Navidad en el Volga tenía la virtud de reunir lo más excelso del espíritu cristiano –el nacimiento del Salvador- con lo temporal , expuesto en la fiesta misma, en los regalos para premiar el comportamiento de los niños, la exhibición de los mejor de la casa y el lucimiento de la vestimenta, zapatos, sombreros, etc. Navidad significaba la fecha cumbre y divisoria del año, antes y después de Navidad.

La celebración de la Navidad en los pueblos alemanes de antaño, en Argentina

La fiesta comenzaba a medianoche con la Misa de Gallo (Mette, en dialecto), por supuesto, sin la clásica comilona moderna, ya que por ese tiempo la Iglesia era mucho más rigurosa y señalaba la víspera de Navidad con ayuno y abstinencia, que era cumplida rigurosamente por todos los habitantes de las colonias –recuerda el Padre Brendel.
En la oscuridad aparecía la iglesia rodeada de farolitos chinescos encendidos, que llenaba el ambiente de alegría, y allí, en la media luz de las velas y lámparas de kerosén, se cantaban los cánticos consagrados y comulgaba toda la población.
El tiempo anterior a la misa nocturna tenía su complemento propio –prosigue en sus memorias el Padre Brendel. Llegaba el Chriskindle (el Niño Dios), simbolizado por alguna muchacha vestida de hada y sacudiendo a falta de campanillas un cencerro campero y penetrando en los ya prevenidos hogares. La dulce figura impresionaba hondamente a los pequeños; pero la cosas cambiaban cuando repentinamente irrumpía en la habitación el Pelznickel (Nicolás el velludo), representación del demonio –al decir del Padre Brendel- molesto por el advenimiento del Salvador, quien envuelto en pieles y arrastrando una cadena de las de tiro, acusaba de faltas previamente conocidas, a los pequeños, los que eran defendidos por el hada navideña y arrojado el Pelznickel, quien se iba entre rugidos y golpes de cadena. La escena terminaba con reparto de golosinas que consolaban a los infantes del rato del Pelznickel.
Y así, por las calles de las colonias, llegaba el Christkindle, acompañado por un farol a kerosén, y a una media cuadra detrás, escandalizando a toda la comunidad con sus rebuznos  golpes de cadena, venía el Pelznickel… sudando bajo un sobretodo del tiempo de la arada, lleno de lana y peletería.

Navidad en los pueblos alemanes

Una vez preparados los corazones, los alemanes del Volga se disponen a celebrar el Nacimiento de Jesús. La fiesta de Navidad tiene una doble proyección: recordar el inicio de la redención con el Nacimiento del Salvador y recibir al Señor que quiere nacer en el corazón del hombre. La fiesta de Navidad invita a reflexionar sobre el amor de Dios que viene a los hombres.

La Navidad enriquece la visión del plan salvífico de Dios y lo hace más humano y, en cierto sentido, más hogareño. Aunque esta fiesta apunta también a la celebración de la Pascua (la preparación para vivirla –el Adviento-) tiene un tono muy diferente, sin dejar de invitarnos al arrepentimiento y a la conversión, el ambiente que se vive en estos días, es en general, festivo y lleno de esperanza y alegría.
La Navidad es la fiesta más celebrada por los hombres. Es el recuerdo más universal y más gustado que el mundo tiene de Jesucristo. Pero, además de ser un recuerdo, la fiesta de Navidad es una acción salvadora para el hombre actual. Es el Dios inmenso y eterno que desciende a tomar la condición humana e irrumpe en el tiempo del hombre para que éste pueda alcanzarlo. Nadie, aunque quiera, puede permanecer al margen de este misterio. El mundo entero acepta el acontecimiento del nacimiento del Señor, como la fecha central de la historia de la humanidad: antes de Cristo, o después de Cristo.

Celebración litúrgica 

La celebración del misterio de Navidad comienza desde la tarde del 24 de diciembre, hasta la noche del día 25. En menos de 24 horas, la Iglesia proporciona a quienes quieren celebrar la venida del Señor, 12 lecturas bíblicas llenas de mensaje para una vida comprometida.
El día de Navidad para los católicos es día de precepto, es decir, se debe asistir a Misa aunque no sea domingo, pudiendo cumplirse este precepto si se asiste el 24 de diciembre por la tarde o a cualquier Misa del día 25.
Con la Misa vespertina del día 24 termina el tiempo de Adviento y se entra en la celebración del misterio navideño. Se leen textos del Profeta Isaías, anunciando con alegría la llegada del Salvador a celebrar sus bodas con la humanidad; de los Hechos de los Apóstoles, con el primer discurso de San Pablo, que da testimonio de Cristo, hijo de David, que viene a salvar a su pueblo; y desde luego, del Evangelio, con el relato del nacimiento de Jesús en Belén. 

Historia de Navidad

Por Juan M. Ballesteros
El día de Navidad es el 25 de diciembre, cuando se conmemora el Nacimiento de Jesucristo en Belén según los evangelios de San Mateo y San Lucas. Después de la Pascua de Resurrección es la fiesta más importante del año eclesiástico.
Como los evangelios no mencionan fechas, no es seguro que Jesús naciera ese día. De hecho, el día de Navidad no fue oficialmente reconocido hasta el año 345, cuando por influencia de San Juan Crisóstomo y San Gregorio Nacianzeno se proclamó el 25 de diciembre como fecha de la Natividad.
De esta manera seguía la política de la Iglesia primitiva de absorber en lugar de reprimir los ritos paganos existentes, que desde los primeros tiempos habían celebrado el solsticio de invierno y la llegada de la primavera.
La fiesta pagana más estrechamente asociada con la nueva Navidad era el Saturnal romano, el 19 de diciembre, en honor de Saturno, dios de la agricultura, que se celebraba durante siete días de bulliciosas diversiones y banquetes.
Al mismo tiempo, se celebraba en el Norte de Europa una fiesta de invierno similar, conocida como Yule, en la que se quemaban grandes troncos adornados con ramas y cintas en honor de los dioses para conseguir que el Sol brillara con más fuerza.

Edad Media, nacimientos y villancicos

Una vez incorporados estos elementos, la Iglesia añadió posteriormente en la Edad Media el nacimiento y los villancicos a sus costumbres. En esta época, los banquetes eran el punto culminante de las celebraciones. Todo esto tuvo un abrupto final en Gran Bretaña cuando, en 1552, los puritanos prohibieron la Navidad. Aunque la Navidad volvió a Inglaterra en 1660 con Carlos II, los rituales desaparecieron hasta la época victoriana.

Siglo XIX, árbol y postales de Navidad

La Navidad, tal como la conocemos hoy, es una creación del siglo XIX. El árbol de navidad, originario de zonas germanas, se extendió por otras áreas de Europa y América. Los villancicos fueron recuperados y se compusieron muchos nuevos (la costumbre de cantar villancicos, aunque de antiguos orígenes, procede fundamentalmente del siglo XIX). Las tarjetas de navidad no empezaron a utilizarse hasta la década de 1870, aunque la primera de ellas se imprimió en Londres en 1846.

Santa Claus y el Espíritu de Navidad

La familiar imagen de Santa Claus, con el trineo, los renos y las bolsas con juguetes, es una invención estadounidense de estos años, aunque la leyenda de Papá Noel sea antigua y compleja, y proceda en parte de San Nicolás y una jovial figura medieval, el espíritu de navidad. En Rusia lleva tradicionalmente un cochinillo rosa bajo el brazo.

Navidad hoy día

Actualmente, la Navidad es tiempo de gran actividad comercial e intercambio de regalos, reuniones y comidas familiares.
En Occidente se celebra la Misa del gallo en iglesias y catedrales. En los países de América Latina, de arraigada tradición católica, se celebra especialmente la Nochebuena (24 de diciembre) con una cena familiar para la que se elaboran una diversidad de platos, postres y bebidas tradicionales.
También se acostumbra asistir a la Misa del gallo y celebrar con cohetes y fuegos artificiales.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Homenaje a los alemanes del Volga de Entre Ríos

Llegaron del Volga con sus equipajes llenos de esperanza. Vinieron de la lejana tierra del zar.
Vestían prendas oscuras y sobrias a la moda de siglos pretéritos.  Lucían cabellos rubios y ojos celestes como el cielo. En las manos llevaban una Biblia y un rosario.  En los baúles traían materiales de labranza. Hablaban en alemán. Asombraron a todos. ¿Quiénes eran estos rusos que hablaban entre ellos en alemán y vestían de manera tan anacrónica?
Llegaron a la provincia de Entre Ríos a colonizar tierra virgen e indómita y con la ilusión de forjar los destinos de una nueva patria. Fundaron aldeas. Construyeron iglesias. Abrieron caminos.  Sembraron  valles y valles de trigo. Implantaron sus costumbres. Soñaron. Transformaron en realidad sus quimeras. Cosecharon.
El tiempo pasó. Llegaron los hijos. Luego los nietos. Las aldeas crecieron. Las familias se multiplicaron y echaron raíces, cuyos árboles dieron buenos frutos: médicos, abogados, maestros…
Entre Ríos comprende que sin ellos ya no sería Entre Ríos. En las venas de su historia social, económica y política, corre sangre de inmigrantes alemanes del Volga, esos mismos alemanes tímidos pero aguerridos para el trabajo, que un día arribaron de la lejana tierra de los zares para empezar una nueva vida. La provincia les debe mucho a estos entrerrianos de alemanes de cabellos rubios y ojos celestes. Les debe muchas páginas de su epopeya agraria y su grandeza agrícola.

Historia de los alemanes del Volga de Entre Ríos

Los alemanes errantes

Texto y fotos: Roberto Rainer Cinti
Un engaño providencial los trajo de la estepa rusa a las cuchillas de Entre Ríos. Allí cultivaron la tierra, reprodujeron las aldeas, bailaron con polcas y chotis. Y terminaron cambiando el samovar por la bombilla y el mate. Su fe y laboriosidad sobreviven hoy en uno de cada cuatro entrerrianos.

De Paraná a Diamante, en el oeste de Entre Ríos, la ruta nacional 11 corta una comarca de lomadas y cultivos. A la vera del asfalto aparecen hombres rubios, montando tractores y cosechadoras. También vehículos dignos de la familia Ingalls, que los lugareños llaman carros rusos. Y, de trecho en trecho, pueblitos de edificación baja y nombres que encienden curiosidad: Aldea Brasilera, Salto, Spatzenkutter, Aldea Protestante, Valle María.
Sus casas más antiguas, extrañamente, no tienen puerta al frente. Sólo ventanas, a veces enrejadas. Detrás de ellas se toma mate con Kreppel (versión teutona de la torta frita), se habla un dialecto alemán del siglo XVIII -algo contaminado de palabras rusas- y, en días de fiesta, el acordeón desgrana mazurcas, polcas y chotis no menos añejos. Una empinada iglesia, de líneas neogóticas, suele ocupar el centro del poblado. A kilómetros de sus agujas, en medio de los trigales, otros templos coronan las tumbas del cementerio viejo. Recrean a escala de juguete capillas que, hace más de doscientos años, levantó un pueblo de labriegos sobre la desolada estepa rusa y quizá ya no existan.

Una fascinante historia encierra las claves de tanto misterio y entrevero…

La de los dueños de casa: los alemanes del Volga. Comienza cuando Catalina II -zarina de todas las rusias, pese a su origen germano- lanzó ese día un manifiesto invitando a colonizar el Bajo Volga. Prometía tierras, eximición de impuestos y servicios al Estado, libertad de oficio y de culto, autonomía política. Y, como preveía la viuda de Pedro el Grande, prendió en la hambreada Alemania que emergía de la Guerra de los Siete Años. Desafiando prohibiciones y amenazas gubernamentales, unos treinta mil alemanes -en su mayoría de confesión evangélica- aceptaron el convite.
Tres mil no resistieron la larga marcha, jalonando de cruces el camino. Pero lo peor esperaba a orillas del Volga. El paraíso que les habían pintado era en verdad una región sin árboles, sometida a desmadres fluviales, inviernos siberianos y el asedio de tribus nómadas: los calmucos (mendigos de día, ladrones de ganado por las noches) y los sanguinarios quirkisios (resabio de las hordas del Gran Khan), que llegaron a arrasar poblados enteros y vender cerca de mil doscientos cautivos en el mercado de esclavos de Buchara, sobre la frontera con China. Además, comprobaron que entre promesas y realidad mediaba enorme distancia: debieron jurar fidelidad a su majestad imperial, dedicarse exclusivamente a la agricultura, improvisar viviendas subterráneas y, a falta de leña, transformar estiércol en combustible. Para colmo de males, la asistencia financiera y las semillas llegaban siempre tarde.
Sin embargo, ningún colono tiró la toalla. Se agruparon en aldeas e hicieron de sus casas un baluarte -sin acceso por el frente- para defenderse de lobos y mongoles, abrieron surcos en la ruda estepa y, buscando contar con madera, aclimataron especies arbóreas centroeuropeas. Hasta se dieron tiempo para cumplir con entusiasmo el mandato bíblico de honrar a Dios y multiplicar la especie. Un siglo después, las espigas cubrían un área superior a Suiza y las aldeas madre sobrepasaban el centenar. Pero la colonia del Volga estaba sobrepoblada a despecho de continuas expansiones territoriales (el promedio inicial de hectáreas por habitante cayó a la décima parte). Encima, caducaron los privilegios concedidos por Catalina la Grande y las autoridades se empeñaron en rusificar la colonia alemana. Primero exigieron el aprendizaje del ruso y el cumplimiento del servicio militar. Más tarde derogaron la autonomía de que gozaban las aldeas. Y corrió el rumor de que también pretendían imponer la religión oficial. La hora de buscar nuevos horizontes había llegado.

Hacia América…

Sequías y malas cosechas apuraron la decisión. El éxodo comenzó en 1872, sin que pudiera frenarlo la oferta rusa de tierras en el Cáucaso y los confines de Siberia. Algunos colonos rumbearon al Imperio del Brasil, que desarrollaba una intensa campaña para captar inmigrantes europeos. Y otros a los Estados Unidos.
Entre los primeros estaban ochocientos católicos, provenientes en su mayoría de Mariental (Valle María), y doscientos protestantes. Escala obligada del viaje, la tierra de sus mayores los recibió con extrañeza (parecían salidos del Túnel del Tiempo) y una mala noticia: la fiebre amarilla había cerrado el puerto de Río Janeiro. No tuvieron más remedio que confiar en la Agencia Marítima de Bremen, que les vendió pasajes a Buenos Aires con la promesa de transbordarlos frente a las costas cariocas. Pero el vapor Salier no paró hasta alcanzar la capital argentina, el 6 de enero de 1878. Las protestas sólo amainaron cuando, días más tarde, junto al resto del grupo, desembarcó del Montevideo un puñado que provenía del Volga que había estado en tierra brasileña. Según los recién llegados, debían agradecer el engaño: la Argentina -y no el selvático y ardiente Brasil- era el sitio ideal para cultivar trigo. Además, estaba abierta a todos los hombres del mundo que quisieran habitarla... sobre todo si eran rubios y venían de Europa.
Por esos días, de hecho, un contingente de alemanes del Volga -que también había desertado de Brasil- fundaba la Colonia Madre de Hinojo, cerca de la localidad bonaerense de Olavarría. A los del Salier y el Montevideo les tocaron las veinte mil hectáreas de la Colonia General Alvear, en el departamento entrerriano de Diamante. Su administrador, un tal Navarro, pretendía que cada colono se estableciera en su propia chacra. Pero éstos se aferraron al único modelo que conocían: la vida en aldeas, con una iglesia en el medio y casas a la defensiva (mongoles y gauchos, después de todo, se parecían).
Los de Mariental no esperaron que se resolviera la controversia y formaron aldea con las carpas provistas por el gobierno. Tratando de torcerles el brazo, Navarro solicitó su restitución secundado por un piquete de policías. Grande fue la sorpresa cuando descubrió que ya no las precisaban: habían construido viviendas bajo tierra, como los pioneros del Volga, para impedir que los movieran del lugar. La ocurrencia le valió a Valle María el mote de Vizcacheras.
Los volguenses finalmente se salieron con la suya -decisión del presidente Avellaneda mediante- y el pueblo subterráneo pudo ganar altura a fuerza de adobe y ladrillo. Paralelamente se alzaron las otras aldeas madre: Spazenkutter (jolgorio de gorriones), Santa Cruz (hoy Salto), San Francisco y Protestante, que concentró al minoritario grupo de confesión evangélica. Y en 1880 otra corriente escapada de Brasil fundó, a orillas del arroyo Salto, la Aldea Brasilera.

Los colonos se vistieron de bombacha y alpargatas…

Para entonces, superados los recelos iniciales, rusos y criollos habían establecido un enriquecedor intercambio. Los colonos se vistieron de bombacha y alpargatas, reemplazaron el hábito ruso del té por el vernáculo del mate e incorporaron el asado a su gastronomía, el valseado a sus fiestas y el truco a su ocio. Y los locales adoptaron el carro ruso, la polca y el Kreppel, y cambiaron la dura galleta porteña por el esponjoso pan casero que se hacía en la colonia.
Los primeros tiempos no fueron fáciles. Hubo que domesticar una tierra virgen de arado, enfrentar devastadoras mangas de langosta (plaga inexistente en el Volga) y, ante la falta de suministros, fabricar desde ropas hasta muebles e implementos agrícolas. Pero Colonia General Alvear salió adelante. La laboriosidad germana hizo de ella la colonización triguera más importante del país. Y el crecimiento poblacional, sumado a nuevos aportes inmigratorios, obligó a extender sus fronteras hacia el Oriente, comprando o alquilando campos. Así nacieron las aldeas San José (origen de la pujante ciudad de Crespo) y María Luisa, y la sangre volguense comenzó a difundirse por la provincia. Hoy fluye en uno de cada cuatro entrerrianos.
Tampoco permaneció quieta la Colonia Madre de Hinojo. No extraña que haya en la Argentina tantos descendientes de alemanes del Volga (70% católicos y 30% protestantes). Les debemos, entre otros aportes, miles y miles de hectáreas bajo producción, la difusión del cooperativismo agrario y la avicultura (su fiesta nacional se celebra en Crespo). Además, los pueblos que proporcionalmente más religiosos dieron al país: Santa Anita (Entre Ríos) y San Miguel Arcángel (Buenos Aires). Por algo forman parte del pueblo de la cruz y el arado. 

Abuelo alemán del Volga dice adiós a su pueblo

Pueblito querido

Cuando me marche sabrás cuánto te amé, lo mucho que te necesité, y cuántas veces lloré la
ingratitud de tu gente. Mirarás las estrellas y me buscarás en tus calles por las cuales caminé buscando consuelo en los atardeceres de otoño.
Buscarás el brillo de mis ojos en otros ojos y no encontrarás el mismo sol ni la misma alegría. Tampoco oirás mi voz en tus madrugadas silenciosas. Sólo encontrarás misterio y soledad. Porque mi cuerpo y mi alma se habrán ido para siempre.
Cuando me marche me iré llorando, pueblito querido, por ti y por mi.  Será un adiós eterno como eterno será el abismo que nos separe para siempre.

Jamás podré volver

No volveré a pisar tus calles, pueblito querido. No caminaré por tus ocultos senderos de la nostalgia y la melancolía. Deambularé en otros mundos. Allá lejos en el cielo de los seres que se van y no regresan jamás. Quizás pueda verte crecer sin mí y llorar mi ausencia de tu entramado de veredas, viviendas y patios baldíos. Todo puede ser posible. Lo que nunca ocurrirá es que pueda volver para estrecharte en un abrazo, pueblito querido. Nunca podré volver. Lo sé. Desde mañana seré una tumba en el cementerio. Una tumba que mis seres amados y tu gente, pueblito querido, irán olvidando día a día, hasta desaparecer en la nada.

Siempre te recordaré

Recordaré de mi pueblito querido aquel camino viejo, cubierto de hojas resecas por el sol del verano; los árboles mudos con los ojos abiertos gritando mi nombre en las horas de soledad; las aves que anidan en sus copas altas que, cuando ya no esté, no les importará mi ausencia.
Extrañaré a los trabajadores del campo abriendo surcos. Los obreros de la fábrica. El sol cuando amanece pintando de perlas el rocío del pasto silvestre. El sudor de tu gente trabajadora. El azadón de la quinta.  La rubia coqueta y altiva. Su sonrisa. Sus ojos claros. Sus besos rojos. El agua de bomba que calma mi sed.
Recordaré a la vieja escuelita donde aprendí las primeras letras, donde escribí por primera vez mi nombre, donde viví mi primer amor; a la vieja iglesia donde me acerqué por primera vez a la Virgen María, tu patrona, mi patrona; a las noches de luna llena que iluminaba mis sueños y mis esperanzas.
Extrañaré a mi gente… Oh, pueblo querido, cuando ya no esté viviendo en tu corazón y sólo sea recuerdo y luego olvido. Y un día, allá lejos en el tiempo, cuando hayas crecido mucho, lloraré de nostalgia cuando ya no encuentre ni el camino viejo, ni el arroyito, ni la rubia coqueta,  ni mi gente… Cuando seas otro. Cuando seas ciudad, pueblito querido.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Recuerdos de otras Navidades


En Nochebuena la fiesta era sobre todo religiosa, a la Misa de Gallo se iba a las 12 de la noche y la Iglesia se llenaba para celebrar el nacimiento del Niño Dios. Los niños adelante, en los bancos que no tienen respaldo y que todavía pueden verse en el Templo de Pueblo San José.

Es un placer entrevistar a “Nené” Valea, porque atesora innumerables recuerdos de una época pasada y puede hacer de ellos una descripción tan particularizada, con tantos detalles, muy lleno de nostalgia, por las cosas ya no están, porque se han perdido o porque han quedado sobrepasadas por las modernidades actuales.
Recuerda que ya al comenzar diciembre, hace muchas décadas atrás, se preparaban los almacenes de ramos generales, como los que tenía su abuelo y su padre en San José, a mostrar los productos propios navideños. 
Igual que ahora, cuando desde las vidrieras se empiezan a mostrar los colores y los productos de la Navidad al comenzar diciembre. Pero aclara que lo de antes era por una razón distinta.
“La gente que vivía y trabajaba en el campo venía poco al pueblo, muy espaciadamente, más si se toma en cuenta que eran las épocas previas a la cosecha. A veces venían una vez por mes, entonces había que tener bien temprano los diferentes productos a disposición para la compra mensual”. 
¿Y qué productos? Por ejemplo las frutas secas, no solamente nueces, sino muchas otras exquisiteces que llegaban en cuidadas cajas de madera cepillada. Los orejones que la gente consumía mucho y le solía agregar a los postres tradicionales alemanes. 
O también una innumerable cantidad de golosinas y masitas que las empresas más conocidas, como Nestlé o Bagley, fabricaban para estas fechas. 
Manuel Ángel Valea recuerda el sabor en su boca de un exquisito y codiciado bocadito de chocolate Nestlé que salía para esta época, y del que se vendían cajas y cajas en el almacén familiar. 
Es que en año nuevo los chicos recorrían las casas de las familias, los abuelos principalmente, llevando un pañuelito blanco que la mamá les había dado antes de salir. Ahí les depositaban uno o dos puñados de masitas y golosinas, atando luego las cuatro puntas del pañuelo como presente familiar y con los deseos de un buen año.
En Nochebuena la fiesta era sobre todo religiosa, a la Misa de Gallo se iba a las 12 de la noche y la Iglesia se llenaba para celebrar el nacimiento del Niño Dios. Los niños adelante, en los bancos que no tienen respaldo y que todavía pueden verse en el Templo de Pueblo San José.
En año nuevo, luego de las doce de la noche, se preparaba la sidra y el pan dulce casero, sobre todo para recibir a los grupos de serenateros que recorrían los domicilios celebrando el nuevo año.
Recuerdos de tiempos pasados, con toda la nostalgia de los buenos momentos vividos en la infancia y con la familia.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

El libro “Historia de los alemanes del Volga”, del escritor Julio César Melchior, ingresará en imprenta en pocos días más


Saldrá a la venta durante los primeros días del mes de febrero del año próximo. La primera edición logró un amplio reconocimiento y se agotó en apenas pocos meses.

“Esta obra –escribió la escritora Graciela Schmidt Robilotta, en el prólogo del libro en la primera edición- ha sido encarada desde una óptica amplia, tratando de encauzar el tema desde todos los puntos de vista posibles, incluso tomando conceptos y definiciones de la psicología humana y la psicología social para interpretar no solamente los hechos como un mero suceder cronológico sino para definir y explicar también las actitudes y los comportamientos individuales y sociales de este pueblo”. 
“Esta obra coloca la historia de los alemanes del Volga dentro del contexto histórico mundial. La rodea del escenario en que sucedieron los hechos que le imprimieron originalidad. Y, por sobre todas las cosas, indaga en profundidad en todos los aspectos de su identidad para –además de una cronología de acontecimientos históricos- dar una cabal interpretación de la idiosincrasia de este grupo inmigratorio”.
La segunda edición de “Historias de los alemanes del Volga” estará a la venta en los primeros días del mes de febrero del año próximo. Seguramente volverá a cosechar el éxito que tuvo la primera.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Receta de los Maultasche o Varenick, uno de los platos más tradicionales de los alemanes del Volga

Ingredientes:
1/2 kilo de harina
Una pizca de sal
4 huevos

Preparación:
Se colocan en un bol todos los ingredientes, se mezclan bien incorporando agua hasta obtener una masa que se pueda trabajar con el palote.

Relleno de ricota:
1/2 kilo de ricota
Un huevo
Crema y azúcar a gusto

Relleno de manzana:
Cinco manzanas



Crema y azúcar a gusto.

Preparación:
Se estira la masa, se pueden cortar cuadrados o discos, según el gusto de cada uno, rellenar y cerrar haciendo un "repulgue" para evitar que se abran. Hervirlos. Una vez cocidos se los escurre y se le puede poner encima trocitos de pan dorados previamente en aceite o una cebolla dorada en aceite.

Esta receta y muchas más (150 en total), las podrás encontrar en el libro La gastronomía de los alemanes del Volga, del escritor Julio César Melchior. Lo podrá adquirir por correo mediante el sistema de contra reembolso: ud hace el pedido y recién paga cuando lo tiene en sus manos. Para ello comunicarse a juliomelchior@hotmail.com.

El origen de los Maultasche (o varenick), una de las comidas más tradicionales de los alemanes del Volga

Un rico plato de Maulltasche es siempre un manjar para un descendiente de alemanes del Volga. Por eso es importante conocer su origen histórico.

Existen varias leyendas acerca del origen de este plato tradicional de los alemanes del Volga. Una de ellas dice que un monasterio cisterciense denominado Monasterio de Maulbronn (de aquí puede provenir Maultasche) que en la época de Cuaresma ocultaban la carne entre capas de pasta, dando origen al plato (bolsillos de Maul). Los monjes denominaban a este plato de forma coloquial Herrgottsbscheißerle" (engaño a Dios).
La segunda de las versiones explica que en las familias protestantes de Suabia era costumbre comer este plato en el Jueves Santo, pero sólo con hierbas.
La tercera, aunque poco creíble, es que este plato proviene de los ravioles, aunque también del plato chino denominado Jiaozi.
El origen del plato es humilde pero hoy en día es una comida muy apreciada no sólo entre los alemanes del Volga sino en algunas zonas de Alemania.

Koser en Pueblo Santa Trinidad

Fuente: lanuevaradio.com.ar

Organizaron Los Entusiastas del Koser. Ganaron Mauricio y Carlos Urban. Auspició la Delegación Municipal de Pueblo Santa Trinidad.

En un sábado a pleno sol, se llevó a cabo el último torneo de Koser del año en Pueblo Santa Trinidad, siendo organizado por el grupo “Los Entusiastas del Koser”, certamen que como es tradicional se llevó adelante en el Anfiteatro “Andrés Schwab”.
Alrededor de 50 jugadores se dieron cita en este torneo que se extendió hasta cerca de la hora 20, momento en el cual se procedió a la entrega de los premios, contando con el auspicio de la Delegación Municipal de la primera colonia alemana.
El certamen se lo adjudicó la pareja integrada por Carlos y Mauricio Urban del Pueblo Santa María, mientras que en el segundo lugar quedaron Antonio y Alberto Eberle, también de dicho pueblo.
El tercer lugar fue para Alejandro Roth y Juan Carlos Haag, cuartos fueron Oscar Santarelli y Santiago Arzer, el quinto puesto fue para Juan Walter y Juan Carlos Geting, quedándose con el sexto lugar Ángel Saniuk y José Sieben.
En la ronda de perdedores ganaron “Poli” Stremel con Carlos Sieben, el segundo lugar fue para Andrés Schmidt y Jaimito Heim, el tercer puesto para Carlitos Schmidt con Luis Detzel, cuartos fue Rubén “Finito” Stremel y Marcelo Melchior, quedando en el quinto puesto la pareja integrada por Ángel Sanferreiter y Daniel Frank.
El grupo “Los Entusiastas” integrado por Carlos Schmidt, Hipólito Stremel, Carlos Sieben, José Luis Schaab y Federico Schmidt, quieren agradecer al Delegado de Pueblo Santa Trinidad, Fabián Maier, por su permanente acompañamiento y a todos los jugadores que a lo largo del año estuvieron acompañando, deseándoles a todos unas muy felices fiestas y buen inicio del año 2015.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Este domingo se presenta una obra de teatro en alemán, el idioma de nuestros ancestros


Grupo de teatro Tri Koni, en la presentación de un clásico, con la novedosa adaptación de hablarlo en alemán.

Este domingo, a partir de las 20 horas, se vuelve a presentar la obra Tartufo, el clásico de Moliere, con adaptación de Oscar Rekovski, Director del grupo de teatro Tri Koni, de Pueblo Santa María. 
Las adaptaciones tienen, entre otras cosas, la utilización del idioma alemán y los localismos propios de cada una de las Colonias Alemanas. 
A pesar de la utilización de este idioma es fácil de entender y seguir el hilo del relato para quienes no entiendan el alemán, por la teatralización que van haciendo los personajes y la utilización de las diferentes tonalidades que se emplean en los relatos que van haciendo los personajes.
Consultada Graciela Schneider, integrante del grupo de teatro, dijo que “volvemos otra vez con el Tartufo, pero esta vez en Coronel Suárez por primera vez. La hemos dado por lo menos cinco o seis veces. Siempre, hasta ahora, la dimos en nuestros pueblos, pero nos quedaba pendiente Coronel Suárez. Hay señoras grandes, personas mayores que no pueden trasladarse, que viven en Coronel Suárez, surgió esta propuesta del Centro de Día de darla y aquí estamos. El domingo a las 20 horas en el Teatro Cervantes a $50 la entrada”.
“Es la historia de un señor, un vivillo, que se involucra a través de la iglesia con una familia muy tradicional y muy creyente, y surgen entredichos entre lo que la familia quiere y lo que este señor quiere, quien viene a usurpar dinero y a aprovechar situaciones”, resume la entrevistada el argumento.
Más adelante, hablando del grupo de teatro Tri Koni y de la pasión por el arte escénico que tiene la gente de Pueblo Santa María, de lo que ha dado cuenta su historia, ya que en varias oportunidades han tenido formado grupos de teatro, dice que “la gente tiene esa semilla planteada en su alma, en su corazón.  Primero que la gente nos acompaña mucho, siempre ha habido movimiento teatral en Santa María. Se ha conservado y espero que se conserve durante mucho tiempo. Lamento profundamente que no podamos tener nuestra Casa del Teatro, que era un proyecto en el que estábamos muy ilusionados, no quiero entrar en los detalles de por qué esto no se logró. Lamento profundamente que no se haya dado esta oportunidad, porque estábamos muy ilusionados con todo eso, me duele mucho. Pero creo que tenemos una historia muy fuerte desde siempre”.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Dos millones de alemanes por las estepas rusas: Una comunidad que se resiste a perder su entidad

Fuente: Diario "El País" de España.
PILAR BONET, - MOSCÚ
Gentileza de Jorgelina Fischer

En granjas perdidas en la árida estepa asiática soviética hay hombres y mujeres que de apellido se llaman Schmidt, Bauer o Frank, tienen jardines cuidados con esmero, casas de madera con visillos blancos de encaje en las ventanas, bibliotecas en el salón con alguna que otra edición de Schiller o Heine de principios de siglo o una novela de Anna Segheres publicada en la República Democrática Alemana (RDA). La corresponsal de EL PAÍS en Moscú visitó Kazakistán, donde se encuentra la mayor concentración de alemanes de toda la URSS.
Son alemanes de origen y soviéticos de ciudadanía, descendientes de los antiguos colonos, artesanos y comerciantes que llegaron hasta el río Volga en el siglo XVIII. En total hoy suman dos millones de personas, dispersas por las Repúblicas asiáticas de Kazajstán, Kirquisia, Tadjikistán y parte de la República federativa rusa. Para ellos las secuelas de la II Guerra Mundial no han concluido aún. La dispersión geográfica de esta comunidad, que se resiste a perder su identidad cultural y su lengua, es aún la consecuencia de la deportación de los ciudadanos soviéticos de origen alemán -por miedo a un eventual colaboracionismo- al producirse el ataque nazi contra la URSS en 1941.Antes de la guerra los alemanes-soviéticos habían llegado a formar la primera minoría étnica organizada separadamente y dotada de un territorio autónomo, la República Alemana del Volga, funda da en 1924 y abolida con la invasión nazi.
Se calcula que unas 700.000 personas fueron deportadas, pero la palabra deportación no forma parte del lenguaje oficial. Las estadísticas de población dadas por la Enciclopedia Soviética de Kazastán omiten la evolución de la población alemana en la zona, pese a que ésta constituye la tercera nacionalidad de Kazajstán.
" Si no hubiera habido evacuación de los alemanes soviéticos podría haberse producido un gran número de víctimas, ya que los soldados alemanes habían recibido instrucciones de tratar a los alemanes soviéticos como ciudadanos de la gran Alemania del Reich", nos dice en la ciudad de Zelinogrado Leo Weidmann, redactor jefe del diario Freundschaft, una publicación en lengua alemana cuya Redacción se encuentra en esta ciudad del de Kazajstán, que es el corazón de una amplia región cerealera (tierras vírgenes). Además de Freundschaft, que nació en 1966, otros dos diarios -Rote Fahne, en el Alta¡, y Neues Leben, en Moscú- forman la trilogía de publicaciones diarias de información general editadas en el idioma de una comunidad étnica que es mayor que la lituana, la estoniana o la hebrea, dotadas todas ellas de un territorio propio:
Una cultura en peligro
A la muerte de Stalin y tras el XX Congreso del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética) los alemanes- soviéticos fueron rehabilitados, pero la República del Volga no ha vuelto a existir y tampoco se ha dado permiso para regresar a las primitivas zonas de asentamiento. Hoy, los alemanes soviéticos están atrapados en una contradicción. Por una parte, la URSS trata de demostrar que los intereses de sus minorías nacionales, la alemana incluida, están bien protegidos, y de ahí la existencia de Prensa y literatura, emisiones de radio y escuelas en alemán. Por otra parte, con todo, reivindicar demasiado alto lo alemán como tal suscita desconfianza en un país que tan duramente sufrió las consecuencias del nazismo. Freundschaft publica bucólicos poerrías, noticias locales e internacionales y recetas de cocina en alemán, pero en el partido las reuniones son en ruso y, las bodas y los funerales se celebran también en este idioma, aunque los contrayentes o el muerto sean de nacionalidad alemana. Y de ello da testimonio el libro de fórmulas ceremoniales para estos casos que se guarda en el sobjos (granja estatal) de Erkenshiliksk¡, a unos 200 kilómetros de Zelinogrado, donde la mayoría de los 5.000 habitantes son alemanes.
Emigración a la RFA
La solución para muchos ha sido la emigración a la República Federal de Alemania (RFA). Hoy el número de personas que quiere emigrar a la RFA se calcula en unas 100.000, según datos de la Cruz Roja, pero la emigración es flor de temporada, y si en 1976, tras la Conferencia de Helsinki, fueron casi 10.000 los que abandonaron la URSS, en 1984 el número se había reducido a menos de 1.000 y durante la primera mitad de este ano apenas si pasa de los 200.Entre las razones aducidas por los que han abandonado la URSS figuran en primer lugar consideraciones de tipo cultural -escasas escuelas, proceso de rusificación- y religioso -falta de suficientes iglesias y de pastores para atender las necesidades de los fieles luteranos-, según aseguran fuentes diplomáticas occidentales en Moscú.
En el sobjos de Erkenshilikski vive un 51% de alemanes y un 25% de kazajos, siendo el resto miembros de otras nacionalidades, como ucranianos o rusos. El presidente del sobjos es un campesino grueso y campechano de voz atronadora que muy bien podría ser un agricultor de Baviera.
En cualquiera de las dos Repúblicas alemanas el presidente sería tan sólo Andrei Riemer, pero aquí el nombre de herr Riemer ha sido rusificado y acompañado del patronímico Andrei Andreievich Rimer.
Excepto en un caso, todos los habitantes del sobjos preguntados afirman vivir en esta zona desde hace mucho tiempo y aseguran que su presencia en Kazajstán nada tiene que ver con la guerra. "Mis padres llegaron aquí a principios de siglo, siendo niños", dice Riemer, que tiene cuatro hijos y ocho nietos. En su casa se habla alemán, pero los nietos tienen dificultades en ello, y lo mismo pasa con un joven mecánico al que abordamos mientras realiza reparaciones en el taller del sobjos.
Palabras rusas como televisor, mekanizator (tractorista), vnuki (nieto) y otpusk (vacaciones) se mezclan en el léxico de los vecinos del sobjos cuando hablan en alemán. Riemer tieneun acento cantarino que es el de sus antepasados. En total hay 10 modalidades del alemán aquí, desde el dialecto de Frisia hasta el suevo, pasando por el plattdeutsch. En la biblioteca del sobjos está el periódico Pravda, pero no se ven periódicos ni revistas en alemán y en los estantes los libros en ruso desbancan a cualquier otra lengua.
Los funcionarios que nos acompañan citan el caso de un grupo de padres kazajos, quienes, según aseguran, pidieron que se cerrara la escuela en idioma kazajo porque preferían que sus hijos estudiaran en ruso. Hasta el redactor jefe de Freundschaft acaba dirigiéndose en ruso a un grupo de periodistas germanohablantes reunidos en la Redacción del periódico, cuya tirada oscila entre los 20.000 y los 50.000 ejemplares.
Para Weidmann, hablar de carácter alemán en la República de Kazajstán resulta una "abstracción", ya que "existe una nueva sociedad histórica, resultado de un objetivo común". "Los alemanes soviéticos", sentencia, "viven como el resto de los ciudadanos soviéticos. No hay ninguna diferencia. Hasta cierto punto conservan sus antiguas tradiciones, que trajeron hace 300 años".
Carácter alemán
La lectura de Freundschaft permite, sin embargo, recoger pequeños detalles y peculiaridades de la comunidad alemana. Así, aparecen frecuentemente ejemplos de obreros disciplinados y diligentes cuya nacionalidad no se menciona pero cuyo apellido deja clara la procedencia. Y a veces el héroe negativo de la historia tiene casualmente un nombre ruso, como el ingeniero Ivan Petrovich, del cuarto piso, que bajaba a tirar la basura cuando el recogedor ya había pasado. Petrovich es criticado por un lector (alemán) por no colocar ordenadamente los desperdicios con el objeto de que el basurero -el tío Pasha- pueda dar los restos comestibles a sus "queridos cerditos".Pese a su aislamiento y la influencia de otros grupos nacionales, los alemanes mantienen características diferenciales y son conscientes de ello.
En Alma Alta, la capital de Kazajstán, la intelectual Elsa Ulmar recuerda los tiempos en que se reunía con sus parientes para entonar canciones alemanas al calor de la lumbre, antes de que la televisión se apoderara de los hogares. Elsa prepara sauerkraut y sus amigos recuerdan aún el kartoffelstrudel (pastel de patatas) que les preparó hace años. En el sobjos de Erkenshilikski una de las vecinas, alemana, que habla un idioma plagado de rusismos, se muestra orgullosa cuando se elogia el orden de su casa. "Donde hay alemanes se nota", dice.

Un día en la vida de mi madre alemana del Volga

Mamá se levantaba a las cuatro de la mañana para amasar y hornear pan casero en el horno de barro que papá había construido en el fondo del patio de casa. Elaboraba el pan diario de cada jornada bajo la luz de un farol a kerosén. Lo hacía cantando. Con alegría. Contenta de la vida que llevaba.
Mientras hacía esto, encendía la cocina a leña, donde comenzaba a preparar la sopa que ingeríamos todos los días como entrada al plato principal del almuerzo. Era obligación que la sopa hirviera durante horas, con cuanta verdura se cosechara en la quinta: trozos de zanahorias, zapallos, zapallitos, papas, repollo, perejil, ajo… y por supuesto, abundante carne.
Después de terminar de hacer el pan, mamá lavaba la ropa de toda la familia en un enorme fuentón de chapa, refregando con sus manos en la tabla de lavar las prendas sucias de tierra y grasa de los hombres que trabajaban el campo. Las colgaba a secar al aire libre, a merced del viento, en largos hilos de alambre, tensados a lo ancho de la parte trasera del patio.
Era una tarea ardua y prolongada en la que colaboraban todas las mujeres del hogar, sin distinción de edad, así tuvieran veinte, quince o nueve años: era obligación so pena de castigo, sacar de la bomba el agua, acarrearla en grandes baldes, para que mamá pudiera realizar su labor.
Terminado ese menester, mamá comenzaba a preparar el plato principal del almuerzo: Kleis mit Sauerkraut, Wickelnudel… o algún otro manjar tradicional que andando el tiempo y la vida nunca nadie volvió a saborear con el mismo placer.
A las doce, cuando sonaban las campanas de la iglesia para rezar el Ángelus, toda la familia se sentaba alrededor de la larga mesa de madera de la cocina. Papá rezaba agradeciendo a Dios el alimento y el bienestar en que desarrollábamos nuestra existencia. ¡Y a comer! Mamá, papá, los abuelos, los tíos… Las personas mayores conversaban con gestos adustos y serios sobre temas que no incumbían a los niños, que debían permanecer en silencio. Nada de hablar en la mesa y de tener que hacerlo, a las personas adultas se las trataba de usted.
A la tarde, mamá y los hijos, concurrían al campo a ayudar a papá, a arar, sembrar, cosechar… Dar vuelta la quinta con la pala, carpir… Juntar bosta de vaca para quemar en la cocina a leña… Alimentar los cerdos, las gallinas, patos, gansos, pavos… Las vacas lecheras… Las ovejas para consumo…
El trabajo parecía no terminar nunca.
Al atardecer, mamá y sus hijas, luego de bajar la ropa de los tendales, comenzaban las largas horas de planchar la ropa con las planchas a carbón. Almidonar los cuellos de las camisas… Zurcir las medias y remendar las prendas con parches de tela, sin importar el tamaño y cuanto se notara. Eran otros tiempos, en que las camisas y los pantalones remendados, se lucían con orgullo, porque eran símbolos de trabajo, muestras evidentes de que quien las vestía trabajaba de verdad.
Después mamá empezaba a preparar la cena a la par que amasaba y freía Kreppel en una sartén con abundante grasa, que comíamos espolvoreados con mucha azúcar, y acompañados de unos ricos mates.
Llegada la hora de la cena, papá volvía a rezar. Se repetía la misma escena del almuerzo: las personas mayores conversaban y los niños permanecían sentados en silencio, saboreando la última comida del día.
Concluida la cena, y lavados los platos, se leía algún pasaje de la Biblia, se rezaba y se cantaba en alemán. El abuelo buscaba la verdulera para tocar canciones llenas de nostalgia que rememoraban viejos amores, seres queridos que se quedaron para siempre esperando allá en las aldeas del Volga, en Rusia…
Mamá, ajena a todo, sentada en un rincón, cerca de la lámpara a kerosén, tejía con cinco agujas, guantes y medias, pensando en vaya uno a saber qué cosa.