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sábado, 27 de septiembre de 2014

Retrato de una abuela alemana del Volga y su entorno cotidiano

Filomena Walter mira sus manos, el rosario de perlas negras que tiene entre ellas, acaricia el crucifijo, suspira, levanta los ojos, nos inunda el alma con su mirada profundamente celeste, mientras habla en un murmullo quedo, suave y embebido en lágrimas, que comienzan a caer, a rodar por sus mejillas, abriendo un caudal de recuerdos, un río de imágenes color sepia, que reconstruyen un universo que ya no existe, un mundo cotidiano de palabras alemanas, de costumbres y tradiciones ancestrales, de seres que se marcharon, de trabajo, esfuerzo, coraje y una inconmensurable fe en Dios.
Está sentada junto a la cocina a leña. Luce un vestido negro y un delantal gris. El cabello canoso recogido bajo un pañuelo. El rostro cincelado por el transcurso de los años, los avatares del destino y las duras labores diarias.
La cocina tiene piso de tierra, paredes de adobe pintadas con cal. Un cuadro con la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Una alacena antigua construida por su marido, llena de utensilios añejos y gastados de tanto elaborar sabrosos platos tradicionales. Una mesa larga, de madera, un banco contra la pared, seis sillas con almohadones tejidos a crochet con lana de varios colores. Una cocina a leña. Una palangana blanca. Una jarra con agua limpia. Una toalla. Un espejo. Una cola de caballo con varios peines insertos en su pelo. Un almanaque. Y alguna que otra cosita más. No mucho. Todo es sobriedad. Se respira dignidad. Se vive sin lujos. Sin aparentar ni querer demostrar nada. Se es lo que se es. Sencillamente eso. 

Autor: Julio César Melchior

4 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Muchas gracias, Sheena!!! Valoro mucho tu comentario!!!

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  2. Muy buena descripción, me trasladé y recorrí el sitio con la lectura de su texto. Gracias!

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  3. La cocina de mi abuela en la Mattegass y todas las que visitaba de chica.

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