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viernes, 12 de septiembre de 2014

Los paseos y visitas a los parientes

Por Jorge Alberto Gareis Lechmann

Dado a que no se contaba con vehículos automotores, las visitas o amigos residentes en otras aldeas se hacía en los carros rusos, a los cuales se les agregaba uno o dos asientos más, según la cantidad de los viajeros.
Los niños generalmente íbamos en la caja, donde se colocaba una frazada para no ensuciarnos y el viaje resultara más placentero.
Los preparativos ya se hacían el día anterior, en que se controlaba el estado del carro y en particular las llantas metálicas, humedeciéndose con bolsas de arpilleras las ruedas ya la noche anterior.
Sentir que se iba a visitar a un pariente causaba en el seno familiar una gran alegría, haciéndose interminable el paso de las horas.
Llegado el día señalado, por lo general el domingo, se iniciaba el recorrido de un trayecto de varios kilómetros a la mañana, bastante temprano, para llegar a destino con tiempo y pasar la mayor cantidad de horas posibles junto a los seres queridos. El regreso se iniciaba al atardecer. Todo el trayecto era de caminos de tierra.
Recuerdo con mucha nostalgia los viajes desde nuestra colonia Grapschental hasta aldea Brasilera, con paso obligado por aldea Salto, donde vivían mis padrinos Jorge Stang y Lidvina Lechmann como así también visitar a don Enrique Leonhardt y su familia. Estas localidades se encuentran en el Dpto. Diamante, en la Provincia de Entre Ríos.
Se esperaban días primaverales para realizar el viaje y por ello nunca faltaba sobre un carro la famosa sombrilla, con la cual las mujeres se cubrían del sol. Las mujeres además solían usar pañoletas multicolores para cubrir su cabellera. Los hombres viajaban con sus gorras o sombreros al igual que los chicos.
Nadie se quejaba por las condiciones del Viaje. Era lo que había. En el recorrido había una diversión continua de los chicos, lo cual tornaba más alegre la excursión. Iba en la caja del carro junto a mis sobrinos, hijos de mi hermano mayor.
Una vez  arribados a nuestro destino, éramos recibidos con mucha alegría por los parientes. Luego de los saludos, había que desatar el carro y atender a los caballos. Darles de beber y comer. Dejarlos a la sombra para que descansen, hasta la hora de iniciar el regreso.
Estos viajes se hacían muchas veces con motivo del festejo de la fiesta patronal, aunque también en el caso de algún acontecimiento familiar.
Las charlas duraban varias horas. Cuentos y anécdotas de todo tipo. Mientras unos jugaban a los naipes, por lo general al truco, otros jugábamos con lo que había o salíamos a caminar por las calles de la aldea. A veces aparecía alguien con acordeón y guitarra, para darle más alegría a la reunión.
A la hora de comer, siempre había algún rico asado, aves de corral al horno, acompañado de papas y batatas, junto al infaltable Füllsen (budín de pan). El pan casero de molde, hecho en horno de barro, acompañaba el menú junto a ensaladas varias. Masitas caseras y tortas de todo tipo endulzaban nuestro paladar.
La despedida era realizada con efusivos besos y abrazos, con deseos de mucha suerte y pronto regreso. Al rato la nostalgia ya nos invadía. Cansados nos dormíamos en el carro en el retorno a casa.

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