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sábado, 20 de septiembre de 2014

La triste historia de vida de Doña Amalia Safenrieter

Cabellos blancos unidos en un rodete. Ojos claros. Rostro de abuela buena. Anteojos de marco negro. Doña Amalia habla haciendo un esfuerzo extremo, como si la existencia le pesara. No tiene problemas en contar su vida; pero el hacerlo le representa un gasto de energía extra. Tiene noventa y cinco años. Vive en un geriátrico. Ningún familiar la visita porque, sostiene, “la mayoría ya murió y los demás ni se acuerdan que sigo viva”. Por eso está feliz que estemos junto a ella y queramos escuchar su historia de vida.

“Por fin alguien se acuerda de esta vieja que ya no sirve para nada” –dice sonriendo amargamente. “Habla todo en alemán. El castellano lo entiende; pero no sabe decir una sola palabra en español” –la disculpa una de las enfermeras del lugar sin saber que nos agrada conversar en alemán.
Refiere que nació “cuando las colonias eran solamente calles de barro y casas de adobe. Mis padres eran pobres. Por eso empecé a trabajar de sirvienta, cama adentro, como se decía antes, a partir de los doce años. No fui a la escuela. No sé leer ni escribir. En casa no había tiempo para eso. Todos teníamos que ayudar a mamá. Éramos nueve hermanos. Había que lavar la ropa, cocer, cocinar, regar la quinta de verduras”.
Hace una pausa. Toma aire. Descansa. Bebe un trago de agua. Está recostada en la cama. Confiesa que se levanta muy poco durante el día. El cuerpo ya no soporta largas caminatas. Tampoco puedo hacer nada. Solo descansar y dormir. Soy un estorbo para todos”.
Otra pausa. Una pausa triste. Dolorosa. Sin consuelo para su mirada antes llena de luz y alegría.
“Mis padres me casaron a los dieciséis años con un amigo de la familia. Un hombre bueno que me trató siempre muy bien. Tuve once hijos. Nosotros también pasamos mucha pobreza y por eso, y por la falta de trabajo que había en aquellos años, la mayoría de mis hijos se marcharon de las colonias y nunca volvieron”.
Calla. La tristeza se profundiza. Le cierra la garganta. Le atrapa las palabras. La ahoga. La aproxima al llanto.
Cambia de tema. Habla de sus años de juventud. De sus hijos cuando iban a la escuela. Rememora travesuras. Cuenta detalles de la muerte de su marido. Se queja de la soledad en que vive. De su vejez.
Nos mira y sonríe. Está feliz porque la visitamos, porque la escuchamos, porque la comprendemos.
Le decimos que vamos a regresar. Que la residencia donde está no queda tan lejos de las colonias, como ella supone. Los ojos se le iluminan. Nace una esperanza. Una llama de luz comienza a surgir en su corazón. Una llama que, sin embargo, se apagó para siempre una semana después, con una sonrisa en los labios. Murió con la satisfacción de saber que le importaba a alguien y que alguien la iba a llorar y que su historia va a quedar escrita eternamente en la memoria de este periódico.

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