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viernes, 12 de septiembre de 2014

La Casa del Fundador en Pueblo Santa María


Un proyecto de la familia Minig concretado luego de dos años de arduo trabajo. Un lugar para visitar, recorrer y quedarse a disfrutar de un ambiente hogareño y muy cálido.

Ingresar al lugar emociona. Permite reencontrarse con objetos que están en la infancia de muchos. Con el lugar cálido del hogar paterno que cobijaba y permitía crecer despacito, contenido por manos cálidas que iban adiestrando en esto que es la vida. 
El portón azul de ingreso permite pasar a un patio inmenso, todo muy bien cuidado, con el pasto impecablemente cortado, donde cada cosa está en su lugar y se integra totalmente a todo el entorno. 
Una casa a dos aguas, de ladrillos asentados en barro, que es igual a todas las primeras viviendas que hubo en los Pueblos Alemanes. 
Más al fondo dos unidades pintadas de un brillante color verde, son dos construcciones de chapa, en su interior de durlock, una transformada en comedor para los visitantes que quieran degustar de lo más tradicional de la gastronomía alemana.
Hace dos años que Daniel Minig y sus padres, María Ester y Jorge, compraron esta propiedad. Hacía 22 años que no estaba habitada. Las hierbas ocupaban varios metros hacia arriba, los árboles estaban descontrolados en su crecimiento. 
Todo estaba en ruinas. Con un incansable trabajo minucioso, que llevó muchas horas, mucha creación, mucha limpieza y todo el esfuerzo de los tres, han transformado el lugar en un verdadero paraíso cultural. Como poder ingresar a una cápsula de tiempo para disfrutar de los hogares de antaño, donde muchos abuelos y padres de hoy vivieron su infancia.
“Hace un par de años que lo estamos trabajando y en cada ladrillo que se restauró es una especie de inauguración”. 
El último que habitó la vivienda fue Constantino Schneider. Fue la primera casa de la Colonia Santa María. Su dueño original, Joseph Schneider, fue el último delegado de la aldea Kamenka en Rusia, su tumba en el Cementerio de Santa María es Monumento Histórico Municipal. 
“La propiedad data del año 1887. La compré yo y mi familia me está ayudando en la restauración”, dice Daniel Minig ante la consulta.
Cuenta que “hace años nosotros estamos queriendo rescatar las tradiciones de los alemanes del Volga, y se dio esto. Estaba en la búsqueda de una casa en alguna de las tres Colonias que reuniera estos requisitos. Se dio esta posibilidad y decidimos ir adelante con el proyecto turístico, gastronómico, hacemos eventos de todo tipo, tenemos unos hornos de barro volguenses donde elaboramos la comida típica, y restauramos la casa por completo. La idea es que quien ingrese aquí se remonte a 1887, para que pueda ver cómo vivían los primeros fundadores”.
En la antigua mesa de madera de la cocina, en una vieja licorera, hay licor casero de guinda o de cerezas. 
“A los primeros inmigrantes no les fue muy bien porque las primeras cosechas fracasaron y esta, para la época, era de las viviendas más modernas, porque ya era de ladrillo”. 
El revoque está restaurado con las técnicas antiguas, con barro, bosta de caballo, paja de trigo, y el decorado que tienen las paredes tiene como base una pintura a la cal y luego con un ovillo de lana embebido en ocre, leche de vaca, que hace las veces de fijador, y harina, para espesarlo. 
“Con eso hicimos la decoración de las paredes”, cuenta Daniel.
El piso es la madera original de la vivienda, en una parte hubo que levantar para sacar las hormigas que había debajo y luego se volvió a colocarlo exactamente igual como estaba. 
Uno de los ambientes, donde hoy está una sala de exhibición de artesanías alemanas, hubo que hacerlo prácticamente de vuelta porque no existía ni el cielo raso, ni el piso, y estaba caída una parte de las paredes. La madera de la vivienda en techos y pisos es de pinotea blanca y colorada.
En los costados una antigua escardadora, una también añeja máquina de coser.
En las paredes encuadrados algunos santos, lo que era habitual encontrar en los hogares, y una lámpara de kerosene, de esas que se transportaban por toda la casa y terminaban en las mesas de luz. 
Infaltable la cocina a leña y sobre ella la antiquísima plancha de hierro. Colgando del techo el balde de agua con la jarra, que así pendía para una mayor higiene. 
Detrás de una de las puertas el fuentón, el balde de cinc y la pala de confección casera para recoger la basura. 
Cerquita también la cola de caballo de la que se prendían los peines. En las ventanas y en la colcha de la cama que está en el dormitorio trabajos en crochet, tan típicos de las familias de antes, fruto orgulloso del trabajo de las mujeres de la casa. 
En el patio, un poco lejos de la vivienda, el baño, que está rodeado de plantas de flores, algunas raras y típicas especies de Alemania o del Volga, como también algunos árboles frutales que hay en el extenso jardín que no son muy comunes. 
Dos hornos de barro que fueron levantados ladrillo a ladrillo por la familia Minig, una de las construcciones es la cocina y la otra un comedor muy cálido, donde sí hay luz eléctrica, para disfrutar de la gastronomía alemana y también de videos que hablan de la historia de este laborioso pueblo.
En el lugar dan ganas de quedarse. Dejar que el sol que entra por la puerta caliente los pies. Dan ganas de dejarse estar sobre una de las sillas, sentado sobre los almohadones tejidos al crochet con los colores de la bandera alemana, que hablan que alguien se ocupó de la comodidad de la familia. Esperar. Dejarse mimar. Deseando que por una de las puertas entre mamá o la abuela, trayendo crujientes Kreppel que saben a hogar familiar.

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