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miércoles, 10 de septiembre de 2014

Domingo feliz

Por Juana Rottenberg

Para algunas familias los domingos son días de junta y desparramos. Los abuelos reciben, los hijos caen como de mudanza y los nietos vienen a alegrar nuestros días de descanso.
El almuerzo de domingo es como el cine continuado. Empieza cuando ellos llegan.
Curiosamente, no coinciden mucho los horarios de unos y de otros. No se han puesto de acuerdo, claro, pero hay que ver qué bien logran comer por tandas, honrando las libertades del día de fiesta.
Van entrando y tirando todo lo que cargan: juguetes a pila, chiches sin pila para arrastrar por el piso o hacer un surco en la alfombra, abrigos por si refresca y buzos livianos por si hace calor.
Sobrevolando los bultos mayores, surcan los aires los bultos menores: despegan y aterrizan zapatillas, zoquetes, chupetes, mamaderas y hebillitas.
La mudanza semanal no ha olvidado además, traer a nuestras casas los objetos preferidos por los hijos de nuestros hijos, según nuestros hijos… Juguetes que los chicos casi nunca tocan en todo el día.
Y el día transcurre con un ajetreo imposible de olvidar durante la semana siguiente, porque en trámite de volver a ordenar la casa, juntar lo que se olvidan y reacomodar nuestros huesos, lega el otro domingo.
El abuelo y la abuela, llenos de contento, hemos visto llegar e irse a todos. En el medio, sonreímos, saltamos, mostramos buen humor, disimulamos que nos duele la cintura, decimos que no es nada que manche el sillón, gateamos en el piso, jugamos a lo que los chicos dispusieron para nosotros… y sobre la cena, casi listos para dormir, sonreímos de nuevo, saltamos de nuevo y juntamos a escondidas los restos de nosotros mismos.
La abuela, con frecuencia, cumple una jubilosa jornada de trabajo en negro, sin jubilación prevista. Hace las compras, piensa en qué le gusta a cada uno de los inocentes de su adorada familia, va, vuelve, corta, sirve, reparte, intercede, reprende, consiente, y todo eso, igual que si tuviera que ensayarlo, lo repite varias veces al día.
Una maravilla de abuelitud dominguera. Lo que se dice, el pleno ejercicio del gran rol…
El abuelo entretanto, suele contribuir con heroicas hazañas como lavar una lechuga o limpiar un rabanito.
Cuando, ya tarde, ambos se derrumban en un sillón, se sienten felices… y exhaustos. Piensan: ¿quién habrá dicho que el domingo es para descansar?

2 comentarios:

  1. Muy Bueno! Recorde cuando era pequeña e ibamos todos a la casa de mis abuelos paternos, no ibamos todos los domingos, pero para cada fiesta especial nos reuniamos todos en su casa y eramos un monton,hasta que al abuelo Dios se lo llevo y la abuela empezo a estar un poco en la casa de cada uno de sus hijos. Pero es lindo volver a recordar los momentos en flia! Gracias por llevarnos a los recuerdos! Hilando Recuerdos les deseo con todo mi corazón un muy Feliz Año Nuevo y muchas bendiciones!! Un abrazo grande!

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    1. Muchas gracias, Susana, por tus bellas palabras, por compartir tus recuerdos y por los buenos deseos!

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