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miércoles, 31 de julio de 2013

“Antes no servía de nada ser un mantequita”

 “Sin miedo a tomar una pala para ensuciarme las manos –dice Alfonso Strevensky- y descendiente de un tiempo en que el respeto valía algo y los vecinos se ayudaban unos a otros, sin pedir nada a cambio, puedo contar muchas cosas y decir con orgullo que la época de nuestros padres fue mejor que la actual”.

“En las largas horas de invierno de mi niñez, sin televisión ni radio, nos reuníamos con los vecinos a conversar, a jugar a los naipes, a comer girasoles, a rezar… A veces alguien tocaba una acordeón, entonces cantábamos, bailábamos. Todo en alemán. Compartíamos la vida diaria sin miedos. Con sus alegrías y tristezas. Los nacimientos, las enfermedades, los fallecimientos… Todo se vivía en comunidad. Sin envidia, sin maldad, sin aparentar tener más que el otro. El que tenía daba con el corazón y el no tenía aceptaba con el corazón. Siempre con palabras de gratitud. Con una sonrisa. No había grandes dramas ni grandes lujos –revela Alfonso.
“Todos se ayudaban unos a otros. Me acuerdo que cuando mamá estuvo en cama durante un mes después de que naciera uno de mis hermanos menores, todos los vecinos colaboraron con papá para que no nos faltara nada para comer y nunca dejáramos de tener ropa limpia. Los abuelos también estaban siempre. No había tantas demostraciones de cariño como hoy en día, es cierto, pero el afecto estaba. Nunca nos sentimos solos ni desamparados. Porque siempre había una mano amiga y la casa de una familia generosa a la que recurrir.
“Nosotros éramos muy humildes pero en la mesa familiar nunca nos faltó el pan para comer ni tampoco ropa para vestirnos. Se vivía de otra manera. La gente era más simple. Las personas se respetaban y había un respeto único hacía los padres. Nosotros los tratábamos de usted y si papá nos miraba con cara seria ya temblábamos porque sabíamos que estábamos en falta. Y las travesuras se pagaban con una buena paliza. Y todos salimos hombres de bien –afirma con orgullo-. Nadie se quejaba.
El relato continúa. Alfonso cuenta que empezó a trabajar a los 11 años, en el campo, ayudando a levantar una cosecha en los años en que toda la actividad se desarrollaba con caballos.
“Después seguí trabajando hasta que me jubilé. Estuve muchos años en el campo, hasta que mi patrón vendió su chacra. Después trabajé de ayudante de albañil, de carpintero, hice pozos ciegos y muchas cosas más que ni me acuerdo. Cuando escaseaba el trabajo había que hacer lo que viniera y saber hacer de todo. Porque si no estabas frito. Antes no servía de nada ser un mantequita”.

Quedó viudo hace 8 años. Tiene 6 hijos casados: dos mujeres y cuatro varones. 16 nietos y 4 bisnietos. 83 años cumplidos y una dignidad admirable.

domingo, 28 de julio de 2013

Proverbios en alemán - español




Los domingos de las colonias

Los domingos de las colonias tienen perfumes de nostalgia y sensaciones de melancolía. Una brisa de recuerdos recorre las calles al atardecer y anida en el corazón de sus habitantes, que imbuidos de ese sentimiento salen a caminar por la calle ancha, luciendo sus mejores ropas, a recorrer las ramblas, a conversar con los vecinos que se sientan a la vereda, frente a sus casas, dejando transcurrir, en una letanía monótona y lenta, el tiempo entre mate y mate, entre palabras y palabras, en las que surgen también los últimos chismes que escandalizaron la moral pública de la comunidad.

Todos extrañan algo. Aunque no lo expresen y la mayoría no se dé cuenta, extrañan algo. El suceder de la vida posmoderna les hizo perder cierto grado de identidad y muchas posesiones que llevaron en su memoria durante centurias. Ya no hay patios donde suenen acordeones y bailen parejas envueltas en una nube de tierra, con músicos destilando un aroma a cerveza, cantando canciones alemanas mientras el alma y los ojos se llenan de lágrimas rememorando la patria lejana. La posmodernidad trajo consigo cosas nuevas a cambio de perder otras. Y se sabe que todo trueque no siempre es justo, como también se sabe que todo cambio tampoco resulta del todo para bien o para, al menos, sentirse más pleno y más feliz. A veces, perder cosas, recuerdos, objetos, costumbres, hábitos, es perder tradiciones y junto con ellas, parte de la identidad. 

lunes, 22 de julio de 2013

Eran otras épocas. Épocas más felices.



 Los pueblos alemanes, en otros tiempos, otros días, otras horas, allá lejos en la historia, eran localidades totalmente diferentes. Con otras tradiciones. Otras costumbres. Las personas vestían y vivían de otra manera. La existencia se desarrollaba apacible y tranquila. Por las calles de tierra trajinaban su pregón el vendedor de pan, carne, verduras, frutas y otros productos domésticos, cada uno con su carro característico: el carro lechero, carnicero, verdulero, etc. Se conversaba en alemán a toda hora y en todo momento. En los hogares, en la escuela, en la iglesia, en las calles... Para comprar; para vender; para celebrar; para reír contando un chiste; para llorar relatando un recuerdo; siempre se recurría a la lengua alemana. No había otra; no se precisaba ni era necesario.
Sí, eran pueblos diferentes. Pueblos en los que la familia se reunía en torno a la mesa después de la cena a compartir relatos de trabajos que habían realizado durante la jornada, para después rezar en comunión y unidad; o cantar canciones tradicionales al ritmo de la verdulera;  saborear Kreppel; en fin, vivir la vida con sencillez y profundidad, disfrutando de cada momento. Sin tanto lujo, tanto consumismo, sin pretender tener más que el vecino, sin tantos utensilios innecesarios que sólo llenan el hogar de artefactos eléctricos y lujo material pero lo vacían de lo esencial: la solidaridad.



¿Recuerdan el pupitre de la escuela primaria?


En esta hora solitaria del atardecer, cierro los ojos y vuelvo la mirada al pasado, y rememoro las horas que pasé sentado frente al pupitre de la escuela primaria, deletreando sílabas, leyendo las primeras lecturas del libro de primer grado, aprendiendo matemática, lenguaje, ciencias naturales, ciencias sociales y tantas otras materias, a medida que los años me iban aproximando a séptimo grado y al adiós definitivo de la escuela. Y al cerrar los ojos también recuerdo a personas que esculpieron mi carácter, formaron mi voluntad, me educaron y me señalaron un rumbo con su ejemplo y dignidad. Personas como las hermanas religiosas –Hna. Inocensa, Hna. Joela...-, las  directoras y maestras –como la Sra. Antonia Pin de Reser, Marta Prieto, Susana Leonhardt, Mirta Gariglio...;- y tantas pero tantas otras que inculcaron algo en mi novel espíritu ávido de conocimientos, de saber, de crecer, de ser alguien, para devolver tanto pero tanto amor y dedicación.
Pienso en aquel pupitre de la Escuela Parroquial Santa María sobre el que lloré las lágrimas del primer día de clase, tímido y vergonzoso de verme rodeado de nuevos compañeros y tener que hablar en público; sobre el cual también lloré emocionado cuando el último examen de séptimo grado significaba llegar al final y emprender la despedida: recibir el diploma y decir adiós para siempre. Y cerrar la puerta a una etapa de mi existencia en la que debía guardar palabras tales como “cuaderno único”, “cuaderno borrador”, “tinta china”, “clase de religión”, “recreo”, “guerra de tizas”; y empezar a olvidar canciones que nunca pude olvidar y que todavía, de vez en cuando, tarareo en voz baja embargado de nostalgia; y decir adiós al guardapolvo blanco; dejar de escuchar la campana, su eterno lagrimón de bronce llamando a formar a fila;  y a veces, a cantar el himno... En una palabra, empezar a convertir todas aquellas hermosas vivencias en recuerdos inolvidables.

Llorando desconsolado como todos los abuelos viudos

El atardecer humedece tus ojos. Tu mirada se vuelve tristeza. Tu rostro se nubla de melancolía. Tu alma se hunde en el recuerdo. Y tu voz susurra el nombre de la abuela: Anna. Tu querida y amada Anna que se fue hace un mes. Se marchó bajo un cielo gris, con nosotros acompañándola a su última morada.
Lloraste como un niño. No podías creer que te dejara después de cincuenta años de estar juntos, siempre juntos. “Pero Dios así lo quiso”, repites una y otra vez como un consuelo inútil que no alcanza para borrar el profundo dolor que arde en tu corazón.
Con el atardecer te desvaneces en devaneos y pérdida de la realidad. Te concentras en las vivencias que compartiste con la abuela. Desde que murió ya no eres el mismo. Estás siempre de mal humor, rezongando, cabizbajo, buscando el consuelo del abrazo de la abuela. Esperando, como también repites una y otra vez, que Dios te lleve junto a ella.
Pero las horas pasan, los días transcurren, las semanas también, y tú sigues aquí, solo, infinitamente solo, a pesar de que estás con tu hijo y tus nietos, que te amamos. Sin embargo, nada alcanza para llenar el terrible vacío que dejó la abuela.
Y ahí estás, mirando la nada. Solitario. Llorando desconsolado. Como todos los abuelos viudos del mundo.

La voz del abuelo

Une las manos como si rezara. Reflexiona en silencio. Sus ojos celestes se dilatan en el horizonte del tiempo. Buscan en el recuerdo momentos que le marcaron la vida, le cambiaron la existencia, el destino, o sencillamente le dejaron una sonrisa o una tristeza en el alma.
Su rostro se contrae en un aura de nostalgia y melancolía, iluminando las arrugas en torno a su mirada gastada. Decanta el misterio de su pasado, que surge en un murmullo, un susurro apenas, para comenzar a desandar el camino transitado.
Habla de su niñez, de sus padres, de sus hermanos. De la carencia de afecto, de la falta de alimentos. De un padre que no trabajaba. De un padre que bebía y golpeaba. De una larga noche esperando el día para renacer del largo llanto compartido con sus hermanos.
Nombra personas que hoy solamente sobreviven en las pálidas fotografías de una tumba. Relata travesuras cometidas con personas del ayer. Hermanos, amigos, compañeros… con los que compartía partidos de fútbol, robaba frutas en las quintas de los vecinos, asustaba ancianos (como él) durante las noches de invierno. También refiere juegos que los niños de hoy olvidaron.
Cuenta historias de su casamiento arreglado por conveniencia. De la soledad de vivir en pareja sin amor. Del sufrimiento compartido sin un proyecto de vida. Y nuevamente la carencia material y la necesidad profunda de afecto.
Y los sueños que nunca existieron y si existieron él no se dio por enterado. Y los hijos que se fueron yendo, de a uno, desangrando el hogar, que se casaron lejos, que lo dejaron solo, y lo invitaron a ir a vivir a un geriátrico.

La eterna esperanza de nuestros abuelos

Una casita de adobe, pintada a la cal; una anciana lavando ropa en una palangana; niños jugando; hombres arando la tierra; gaviotas que surcan el cielo, un horizonte de pampa húmeda: vastedad y misterio; promesa y futuro.
Transcurre el tiempo.
La inmensidad se trueca en trigal, el trigal en harina y la harina en pan. El sudor fructifica. Se transforma en hostia, en Cuerpo de Cristo.
Y la casita de adobe se viste de fiesta, la familia celebra la buena cosecha. Suena un acordeón; se escuchan voces cantando milenarias canciones. Surge el baile. Brota la emoción.
Vuelven a pasar los meses.
Llega el invierno. La helada. Nuevamente los hombres siembran. Nuevamente esperan la cosecha.
Y se les va la vida construyendo un futuro que nunca llega a ser presente porque el presente siempre es mañana y el mañana siempre está en manos de los hijos.

jueves, 18 de julio de 2013

Diálogo de dos abuelos en el geriátrico

-¡Carencias! –dijo-. ¡Eso es lo que tuvimos siempre! ¡Nos faltó de todo! El que niega que en nuestra infancia nos faltó de todo es un mentiroso –enfatizó-. No teníamos ni para comer. No teníamos suficiente comida –repitió-, no teníamos muestras de cariño, no teníamos juguetes de verdad, no teníamos razón jamás ni la oportunidad de abrir la boca. La palabra de papá era santa y no se ponía en duda nunca aunque después quedara demostrado que estaba equivocado. Nada fue sencillo en nuestra niñez. Ni un beso, ni uno solo, ¡carajo! ¿Es mucho pedir un beso, una muestra de ternura y compresión? ¡Éramos niños! Un beso en la mejilla era debilidad y un beso en la boca un asco. Mirar a un chica era pecado. Llorar por una golosina nos conducía al infierno donde nos esperaban las llamas eternas del diablo. Llorar por un juguete significaba recibir una paliza de la que no te olvidas en toda tu vida. ¡Por pretencioso y maricón! –remarcó-. Los hombres no lloran. Las mujeres tampoco. Había que ser fuerte y trabajar, ¡carajo!
-Pero éramos felices –protestó don Juan.
-Porque no conocíamos otra cosa. Éramos conformistas, que no es lo mismo. ¡Con – for – mis – tas! Eso es lo que éramos.
-No éramos conformistas. No nos quedábamos quietos viendo el tiempo pasar sin hacer nada. Todo lo contrario: éramos muy creativos. Fabricábamos nuestros propios juguetes.
-¿Con qué? O ya te olvidaste que lo hacíamos con desperdicios, con restos de porquería que dejaban a nuestro alcance nuestros mayores: madera, clavos, chapa, latas y otras basuras que no les servían a nadie. Jamás nos dieron algo de valor para jugar. No confiaban en nosotros. Esa es la realidad. No nos daban nada. Tenían miedo que lo rompiéramos. Todo estaba fuera de nuestro alcance. Desde lo material hasta lo afectivo. Era el colmo de la discriminación y la desdicha. Nos discriminaban de todos lados porque éramos niños. ¿O ocaso a vos te regalaron algo alguna vez o te hicieron una caricia, una demostración de afecto o ternura? ¿No es cierto que no?
-¡Eso es mentira! –gritó don Juan-. ¡Mis padres no me discriminaban!
-¿Mentira? ¿No te acordás que los niños molestaban en todos lados? ¡Los adultos no nos querían cerca! No nos dejaban participar absolutamente de nada. Ni siquiera de las reuniones familiares. ¿O te olvidás que cuando había visitas en casa nos recluían en otra habitación para que no escucháramos las conversaciones que mantenían? En las comidas tampoco se nos permitía participar del diálogo familiar. Si nos atrevíamos a decir algo, nos fulminaban con la mirada. Papá solamente era accesible para pegarnos si nos mandábamos una macana o una travesura fulera. Mamá hacía lo suyo para que no lo quisiéramos, repitiendo: “Ya vas a ver cuando se lo cuente a tu padre”. Y cuando venía papá, temblábamos de terror, suplicándole a Dios que mamá no le contara nada.
-¡Sos demasiado injusto! Sos un desagradecido. Un resentido –se enojó don Juan.
-¿Resentido? Describo la realidad. Nos castigaban por cualquier tontería. Todo era pecado. Por cualquier estupidez nos amenazaban con que íbamos a terminar ardiendo en el fuego eterno del infierno y con el castigo de Dios. Más que amar a Dios nos enseñaron a tenerle un miedo atroz. ¿O te olvidás el pánico que nos invadía cuando mamá nos decía: “Jesusito te va a castigar. Te van a clavar un clavo como a Él”. Y nosotros temblábamos cada vez que mirábamos la cruz. Encima nos decían que Dios estaba en todos lados y que veía cada cosa que hacíamos. Y así nos llenaron de culpas. De miedos. De incertidumbre. De ansiedad. De angustia.
-¡Sos un delirante! –le espetó Juan.
-¡Y como si todo eso no fuera suficiente, a los nueve años ya nos mandaban a trabajar! ¡A la – bu – rar! ¡Fuera de la escuela y al campo, carajo! ¡Nada de estudiar! Estudiar no servía para nada. Trabajar sí porque aportada dinero para mantener la casa y alimentar la desproporcionada cantidad de hijos que tenían todos. ¡Hasta eso! Se daban el lujo de tener más hijos de los que podían mantener. Y nos mandaban a trabajar sin despedirnos, sin darnos un beso. ¡Nada! Nos íbamos como guachos con nuestros ataditos de ropa a una estancia que no conocíamos con peones más grandes que nosotros, que también nos eran ajenos. Llevábamos dos o tres prendas remendadas y gran cantidad de llanto que vertíamos de noche, en secreto. ¡Ah! Me olvidaba. ¡Eso sí! El sueldo había que llevarlo a casa y entregarlo enterito a mamá. Ella nos compraba la ropa y nos daba unos pesitos para nuestros gastos. ¡Así hasta que nos casábamos! Y después había que entregarlo a la esposa: ella administraba el dinero del hogar.
-¡Por eso estás acá! ¡Estás viejo, loco y rezongón! ¿Quién te soporta a vos en una casa de familia, decime? Ahora entiendo por qué tus hijos te metieron en este lugar –sonrió maliciosamente don Juan.
-¡Mi familia…! Ni bien se murió mi esposa y me quedé solo, aprovecharon la primera excusa para proclamar a los cuatro vientos que estaba viejo. Se lo contaron a todo el mundo. ¿Y sabés por qué? Para calmar sus consciencias. Para acallar el qué dirán. Para mantener las apariencias. Y ni bien lograron meterme acá, vendieron mi casa y las setenta hectáreas de campo que tenía. Que había heredado de mi padre y él de su padre. Se repartieron la guita y a mí me olvidaron. ¡Esa es mi familia!
Esta vez don Juan no dijo nada. No había cómo contradecir una verdad absoluta. Una verdad que se parecía mucho a la que él había vivido.

Chistes que me contaron los abuelos

Fuente: Revista Creo
¿Quién vio el pájaro del cura?

Aprenda a preguntar correctamente

Un sacerdote aficionado a la ornitología tenía doce pájaros.
Todos los días los soltaba para que volaran y éstos siempre regresaban a sus jaulas.
Pero un día sólo regresaron once, así que el cura, decidido en la misa del domingo preguntó:
-¿Quién tiene un pájaro?
Todos los hombres se levantaron.
-No, no me expliqué bien. ¿Quién ha visto un pájaro?
Todas las mujeres se levantaron.
-¡No, no! Lo que quiero decir es: ¿quién ha visto mi pájaro?
Todas las monjas se levantaron.

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El paisano y el policía

Hablar no es lo mismo que comunicarse

Llega un paisano al bar de las colonias y dejada atada a su perra a un árbol.
Al instante una jauría de perros se arremolina a su alrededor tratando de conquistarla.
En medio de un concierto de ladridos, gruñidos, mordiscos y aullidos, un policía entra la bar y pregunta por el dueño de la perra.
El paisano, que se estaba tomando un vaso grande de ginebra, levanta la mano y dice:
-¡Yo!
-Su perra está alzada –dice el policía.
-No puede ser, yo la dejé en el suelo –responde el paisano.
-Quiero decir que está en celo –insiste el policía.
-No puede ser, yo jamás le di motivos, no siquiera miro a otras perras –contesta el paisano sediento.
-Digo que está caliente. ¿Me entiende? –dice el policía.
-No, no lo entiendo, me fijé de dejarla a la sombra –contesta enojado el paisano.
Exasperado, el policía exclama:
-Òigame, su perra quiere tener relaciones sexuales.
El paisano responde:
-Pues… ¡Adelante, mi hijo! Siempre quise tener un perro policía.

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Por si la cita fracasa
Una excusa con elegancia

Un conocido caballero de las colonias, ya entrado en años, se reunía con sus amigos a tomar mate todos los sábados a la misma hora. No faltaba nunca. A las cuatro en punto estaba sentado en su silla. Era el primero en llegar a la casa de Hans.
Un sábado no llegaba y no llegaba…
Sus amigos comenzaron a preocuparse… Hasta que por fin apareció Peter y les comunicó un mensaje de Hans:
-Amigos, Hans me dijo que lo perdonen por la demora. Es que se encontró con una antigua amiga que hace muchos años que no ve. Me dijo que les comunicara que si puede, dentro de dos horas estará con nosotros, y si no puede, dentro de diez minutos.

miércoles, 17 de julio de 2013

Fotografías del recuerdo

 Enlace matrimonial de Patricia Berger y Héctor Schefer. La ceremonia religiosa fue oficiada por el inolvidable Padre Víctor Heit

Recuerdo de la fiesta de casamiento de Zulma Denk y Jorge Galinger. Junto a ellos, compartieron tan feliz momento: Héctor Schefer y Constancia Denk 
Susana Escobar, Antonio Escobar, Santiago Herr, Anita Herr, Blanca de Walter, Silvia Bobb. –La fotografía fue tomada frente al altar de la Virgen de Fátima 
Recuerdo de la fiesta de casamiento de los esposos Catalina Schwab y Antonio Schizini. En la fotografía los acompañan en tan feliz acontecimiento: Anita de Herr, Santiago Herr, Blanca Herr, Juan Schwab, Ortega, Magdalena Schwab, Evangelina Schwab y Silvia Herr

lunes, 15 de julio de 2013

Varias tapas de periódico Hilando Recuerdos




La música es la luz del alma de los alemanes del Volga

La música es la luz del alma de los inmigrantes alemanes del Volga; con ella iluminaronla Primera Comunión, de confirmarlos en la fe, de casarlos... y también cantaron llorando, tristes himnos de adiós al sepultar a sus muertos.
las oscuras noches de insomnio aguardando que naciera el sol de un mañana mejor; alabaron al Señor con himnos milenarios; cantaron al momento de nacer sus hijos, de bautizarlos, de impartirles
Cantaron  en casamientos, en reuniones de amigos y cientos de fiestas más. La música los acompañó en el trabajo. Glorificaron a Dios y a la nueva patria con letras de gratitud. Cantando oficiaron misas en acción de gracias.
Sus voces, sus melodías, sus canciones y sus sentimientos, sobreviven en el tiempo y al olvido. Versos y música rememoran el desgarrador exilio de Alemania, la forzada despedida de la aldea volguense; el difícil afincamiento en la República Argentina; y la miseria y sufrimiento de mil infortunios, guerras, hambrunas, epidemias y esperanzas inciertas esperando, siempre esperando el mañana mejor.
Un mañana mejor que hallaron aquí en la Argentina, en esta tierra bendita que los recibió con los brazos abiertos, donde fundaron aldeas, colonias y pueblos; donde volvieron a cantar con alegría y donde volvieron a resurgir los clásicos instrumentos y las voces melodiosas de los descendientes de los inmigrantes del mítico y lejano Volga. Y volvieron a cantar en coro las nostálgicas y románticas canciones de amor, de dolor, de angustia, de fe en Dios... pero esta vez también cantaron de felicidad, una felicidad plena y total, porque, por fin, habían encontrado su lugar en el mundo.

domingo, 14 de julio de 2013

¿Dónde eran educadas las mujeres alemanas del Volga?

La fotografía es gentileza de Claudia Lorena Stoessel
“La casa es el lugar primero y principal de la formación femenina  Pero cuando se toma conciencia de la necesidad de que las hijas tengan cierto conocimiento, se presentan alternativas: convento, escuela elemental, internado. Son paralelas la voluntad de ensanchar el horizonte educativo femenino y el nacimiento de lugares específicos para la adquisición de una ciencia netamente diferenciada de la de los varones”.

Lugar evidente de educación para las mujeres —y para muchas el único—, la casa es, desgraciadamente, un sitio demasiado silencioso para el historiador. Las enseñanzas que se transmiten de madres a hijas, de generación en generación, dejan pocas huellas tangibles. De la inmensa mayoría de las niñas que aprenden en sus casas, a la sombra, lo que van hacer a su alrededor —vivir y trabajar, sencillamente—, sólo se recordarán algunas educaciones notables.
En las casas pudientes tienen lugar enseñanzas más elaboradas y completas. Ninguna institución femenina ofrece mejores oportunidades de aprender que una casa a la que padres ilustrados llevan maestros escogidos con gran cuidado. Las familias tocadas por la gracia que concede la fortuna transforman de buen grado sus hogares en verdaderos laboratorios pedagógicos.
Desde el amanecer hasta el anochecer, el destino de la mayoría de las mujeres consiste en aprender en la casa, en el regazo materno, todo lo que incumbe a la cotidianidad de una madre de familia: la cocina, los cuidados de los hijos menores, la conservación de la ropa blanca y de la vestimenta de la casa, el manejo del hilo, las agujas, la lana, los tejidos. A menudo, la imaginería ha ilustrado estas lecciones domésticas que proporcionan agilidad a los dedos de las pequeñas. En el campo, a estos trabajos femeninos de interior hay que agregar los de puertas afuera, como el cuidado de las aves, que tradicionalmente se encomendaba a la campesina. Tanto en el campo como en la ciudad, cuando la pareja se moviliza para la misma tarea —sea ésta agrícola, comercial o artesanal—, la pequeña se inicia en la actividad familiar. Para algunas, la casa se convierte en centro de aprendizaje profesional: de la granja, la tienda o el taller del padre, aportarán ellas su habilidad y su experiencia en la casa de un marido del mismo ramo. Mientras, durante los años de adolescencia, la formación que comienza en el domicilio paterno puede completarse en una casa de amigos o de parientes.
Las niñas de orígenes más modestos abandonaban la casa paterna, para pasar unos años en la ciudad, como sirvientas. Al servido de los demás, en casas ajenas, aprendían a dirigir la propia casa.
Los padres de medios privilegiados conservan sus hijas con ellos, a la vez que les proponen una formación cuidadosamente organizada. Cuando tienen la competencia, la disponibilidad y el gusto suficientes, imparten personalmente la enseñanza; en caso contrario, recurren a profesionales que van a mostrar su arte a domicilio. A las damiselas que, de esta manera, no abandonan el techo paterno, tener uno o varios hermanos igualmente instruidos en su casa les parece todo un triunfo. Las hermanas aprovechan siempre algo de las clases que se dan a los varones, ya sea que recojan algo de las sobras, ya que se las declare formalmente alumnas.
Marginadas culturalmente, el universo femenino recibe en la esfera de lo doméstico la atención de la Iglesia. Es necesario educarla para que sea una buena esposa. El programa educativo formal queda reducido a la escritura, a unas reglas aritméticas esenciales y, sobre todo, a la instrucción religiosa. Así, el hogar se perfila en muchos aspectos como un claustro paralelo al ámbito conventual. El encierro y el alejamiento de lo mundano –con el fin de preservar la honra- se llaga a aliviar con las conversaciones y las lecturas devotas que procuran una alegría y un refresco para el espíritu. La vivencia religiosa de la mujer casada se limitará, por tanto a la lectura de libros devotos, de meditación y catecismos.
Al margen del hogar, del mero claustro doméstico, quedan por cumplir los oficios divinos, los deberes con la Santa Madre Iglesia. Un cumplimiento que obliga a ampliar, al menos esporádicamente, el horizonte fijado. Esta libertad momentánea que encuentra la mujer bajo la excusa de acudir con los mandamientos eclesiásticos, en algunas ocasiones han sido señalados como una vía de escape de la casada. Aunque hay una gran dosis de tópico, es cierto que el carácter festivo y espectacular que tiene la Iglesia ofreció una coartada para el permanente juego de la moralidad. El desparpajo con que se abrazan lo mundano y lo sobrenatural, las actitudes devotas con las genuinamente humanas producen asombro a propios y extraños.
De esta forma, las mujeres viven una religión polarizada. Lo privado se resume en la clausura piadosa e interiorizada, la lectura de autores religiosos o la meditación de determinados pasajes, revelan Georges Duby y Michelle Perrot. En el caso de las clases altas, el oratorio ofrece una intimidad extra y permite unas vivencias próximas al misticismo aunque, como denun­cian muchos, la religión de oratorio más parece un juego de muñe­cas. En las capas más bajas es indudable que el único polo existente era el público, el que ofrece el templo y un calendario litúrgico mitad pagano, mitad folclórico. Entre lo privado y lo público a las mujeres les queda un escaso margen de actuación religiosa espiritual, han de conformarse con vivir devotamente, de acuerdo al modelo de la Virgen. Ellas no pueden, al menos mientras están sujetas a la autoridad marital, emprender otra aventura religiosa. Sí lo harán las que escogen el claustro conventual.

sábado, 13 de julio de 2013

Historia de vida de Rosa Margarita Walter

Doña Rosa Margarita Walter era una anciana de cabellos canos. Tenía un rostro curtido de arrugas. Ojos claros como el cielo. Labios en los que apenas surgía alguna que otra sonrisa. Había cumplido noventa y dos años cuando murió. Se llevó en su ataúd, además de su Biblia y su rosario negro, la historia de su familia, de su localidad y de su propia vida. Lo poco que sobrevive de ella es lo que confesó a Periódico Cultural Hilando Recuerdos una tarde de invierno de hace ya unos cuantos años.

“Nací y me crié en el campo, lejos de la colonia. Entre las vacas, el barro y el trabajo duro –narró en su momento doña Rosa, con lágrimas en los ojos.
“Mis padres eran tremendamente severos. Mi papá me pegaba con el cinturón cada vez que se le antojada o estaba enojado por algo. Mi niñez estuvo llena de obligaciones. No se me permitía jugar. Siempre tenía que hacer alguna tarea. A los diez años tuve que empezar a ayudar a regar la quinta de verduras y a la mañana, bien temprano, a las cuatro de la madrugada, tenía que levantarme para colaborar a ordeñar las vacas. Yo no quería. Lloraba. Pataleaba. Porque sentía frío, porque se me helaban las manos. Porque tenía miedo que una vaca me pateara, como una vez sucedió: me lastimó la pierna hasta hacérmela sangrar. Pero no había caso. Mis padres no me escuchaban. Cuánto más lloraba y gritaba, más me pegaban para que me callara la boca y obedeciera.
“A los doce años me pusieron de niñera en la casa de una familia rica. Yo trabajaba y mamá recibía el sueldo. Allí pasé de todo. Me humillaron. Me trataron como una basura. Hasta intentaron violarme. El hijo del patrón, que tenía unos quince años, me agarró desprevenida cuando estaba tendiendo ropa. Me tiró al piso, me rompió el vestido, me manoseo, me dio una trompada en la cara porque no dejaba que él me violara. Me escapé como pude, dándole una patada entre las piernas. Cuando se enteró el patrón, me despidió.
“Al llegar a casa se lo conté a mis padres y en vez de comprenderme, me dieron una paliza que jamás voy a olvidar. Papá me dijo: “Seguro que lo provocaste”. Y  mamá me gritó: “Sos una egoísta. Solamente pensás en vos. ¿Me querés decir cómo vamos a hacer para comer sin tu sueldo? Tenés la idea fija. Querías revolcarte con el hijo del patrón y te salió mal. ¿No podías controlarte un poco y buscarte un macho pobre? ¡No, la señorita justo elige el hijo del patrón! ¿Qué le vamos a dar de comer a tus hermanos?”. Y mamá tenía razón. Éramos trece hermanos y el más chico recién había cumplido seis meses.
“Mis padres me dejaron de hablar por unos días. Ni me miraban. Y si lo hacían, me miraban con desprecio. Yo no hacía otra cosa que llorar y llorar. Me sentía culpable de ser la causante del sufrimiento de mis padres y del hambre de mis hermanos.
“Pasaron tres meses y nuevamente me entregaron a una familia rica como empleada doméstica. Esta vez el trabajo era en Capital Federal. Lejos. Bien lejos de mis padres, para que no me mandara ninguna macana y me escapara. Y mis nuevos patrones me llevaron en tren. Mis padres ni siquiera fueron a la estación a despedirme. La patrona le giraba mi sueldo a mi mamá por correo. Yo no pude volver durante cuatro  años. Durante todo ese tiempo no viví a mis padres y tampoco a ninguno de mis hermanos. No tenía permitido venir de visita porque no debía gastar nada de lo que ganaba. Tampoco podía salir a pasear en Buenos Aires porque no tenía un solo centavo. Mamá se quedaba con todo. Pasaba los días libres en la habitación llorando y pensando en mi familia.
“A los veinte –continúo relatando doña Rosa-, me casaron con el que sería mi marido hasta el día que se murió: estuvimos casados más de cincuenta años. Nos fuimos a vivir juntos después de pasar por la iglesia y de compartir una fiesta de bodas. Así empezó mi matrimonio. Sin saber nada de sexo. Sin haber visto nunca a un hombre desnudo. Cuando nos quedamos solos en el dormitorio, la primera noche, mi marido me miró fijo, casi con enojo porque yo estaba paralizada de miedo, me desvistió a medias, me arrojó sobre la cama, se me tiró encima, y comenzó a hacer algo que yo no entendía y que me dolía mucho. Me puse a llorar desconsoladamente. Me dio asco y miedo. No quería hacerlo más. Pero tuve que hacerlo aunque no lo deseaba, aunque me doliera y aunque sintiera asco. Porque era mi marido y tenía que hacerlo siempre que él quisiera, me dijo el sacerdote cuando indignada por el pecado que habíamos cometido se lo conté.
“A los nueve meses nació nuestro primer hijo. A los dos años nació otro. A los tres años, otro. A los cinco años, otro. Y así sucesivamente, hasta que terminé por parir dieciséis hijos. Ya no daba más. Mi cuerpo pedía descanso y tranquilidad. No quería sufrir más. Pero mi marido no entendía. Y siempre me buscaba. Hacía lo quería conmigo. Yo no podía decir nada porque era su esposa y una esposa debe obedecer a su marido en todo.
“Pasamos mucha miseria. Incluso hambre. Porque a mi marido no le gustaba trabajar y tomaba mucho: era un borracho. Si sobrevivimos fue gracias a la solidaridad de la gente de la colonia, que nos daba de todo: comida, ropa… ¡de todo!
“Mi esposo me pegaba mucho. Cuando estaba borracho también les pegaba a nuestros hijos. Todos le tenían pánico. Salían corriendo cuando lo veían venir. Porque siempre alguno la ligaba. Pegaba muy duro. Nos lastimó el cuerpo varias veces con  golpes y cortes en la cabeza.
“Con esa angustia permanente nuestros hijos fueron creciendo. De a poco comenzaron a huir de nuestra casa. Ninguno de los varones se quedó conmigo para defenderme de mi marido, que me pegó durante toda su vida. Vivía enojado. Con nosotros. Con el vecino. Con la gente. Con el mundo entero. Nos culpaba de todo. Y descargaba la bronca pegándonos cada vez con más fuerza.
“Mi marido vivió hasta los setenta y dos años. El día que murió no pude llorar. Tampoco pude llorar la tarde en que lo sepultaron. En vez de dolor sentí alivio. Eso me generó culpa, sentí que estaba en pecado con Dios.

“Empecé a ir a misa casi todos los días. A confesarme cada vez que podía. El sacerdote me retaba por los pensamientos de paz que tenía y por no haber llorado a mi marido. Me dijo que rezara el rosario y así lo hice. Usé luto siempre. Nunca me pude perdonar por haber cometido semejante pecado. Nunca me perdoné todo el dolor que le causé a todos: a mis padres, sobre todo, que lloraron mucho por mi causa. Ellos me educaron para ser una buena persona y no lo fui. Nunca lo fui. No es verdad lo que dicen mis hijos, que me consuelan diciendo que soy una buena madre, que fui una buena esposa, que soy una mujer que sufrió mucho. Que Dios me va a perdonar. Que no me preocupe tanto por eso. Pero yo sé que ellos lo dicen porque me quieren mucho y para que me quede tranquila, para no verme llorar. Ellos no entienden que hice sufrir a mucha gente”.

martes, 9 de julio de 2013

"La felicidad no está en las cosas materiales" -decía la abuela.

La abuela hacía Kreppel y mientras los freía cantaba y reía. Y yo, observándola,  desde mi inocencia casi idiota de los diez años, me preguntaba, de qué se ríe si somos más pobres que el croto que vi pasar hace unos días rumbo a la nada, con un pedazo de pan duro y una botella de vino rancio en su bolsa de arpillera.
Pero abuela cantaba, contenta, mientras freía Kreppel y llenaba el ambiente de la cocina con olor a fritanga. Sin percatarse en lo más mínimo que yo la estaba observando con atención. Ella estaba en su mundo, dichosa de hacer Kreppel para sus nietos, sin importarle nada más que ese menester tan simple y tan gratificante, según sus sentimientos.
Afuera llovía, caía una lluvia de invierno, melancólica y triste, como  mi alma al descubrir la pobreza en la que vivíamos. Como mi corazón al reprocharle secretamente a abuela su total interés en las cosas materiales, sin importarle demasiado en el lugar en el que vivíamos sino solamente en hacernos felices y darnos de comer.
Sufría mucho. Sufrí mucho en mi infancia. Pero esa tarde, por un minuto, todo mi sufrimiento desapareció cuando abuela me dio un Kreppel, calentito, recién freído por sus tiernas y dulces manos, y me senté a la mesa a comerlo.

En ese instante crucial, mi corazón se inundó de alegría y captó el mensaje que trataba de transmitirnos diariamente abuela: que la felicidad no está en las cosas materiales sino en lo que se hace y siente.

sábado, 6 de julio de 2013

“Si alguien te besa en la mejilla quedás embarazada”

Anna no sabía nada de sexo. No sabía nada de nada. Sus amigas le contaron en secreto que si un hombre “te besa en la mejilla quedás embarazada”. Sus padres le explicaron que “los bebés nacen de un repollo, en la quinta”. Sus abuelos le comentaron incómodos que “los niños los trae el  arroyo”. Su hermano mayor, sin embargo, fue más explicito: “vas a ver qué lindo es hacer un bebé”. Y lo dijo con cara de pícara que la desorientó. ¿Qué significaba eso de “hacer un bebé”? ¿Hacerlo con quién? –pensó intrigada Anna. Una tía viuda le reveló el misterio: “el día que te cases vas a saber lo que es hacer un hijo con un hombre”. También le confesó que “es la cosa más desagradable que te puede pasar en la vida. Solamente se siente dolor. Es un asco. Es un pecado. Los hombres no piensan en otra cosa. Son asquerosos. Brutos. Las mujeres nos tenemos que pasar la vida complaciendo sus deseos repugnantes”.
Anna tenía veintidós años. Sus padres arreglaron que se casara con un peón que trabajaba en la misma estancia. Un hombre que solamente conocía de vista. Jamás había hablado con él. No sentía nada por ese muchacho. Anna tampoco sabía que había que sentir algo para casarse. No sabía que existía eso que ahora llaman amor. Solamente sabía que era obligación obedecer lo que le ordenaban sus padres. Ellos sabían lo que estaba bien para su futuro. Y así lo hizo.
Se casó. Hubo una ceremonia religiosa. Una gran fiesta con muchos invitados y mucha comida. También hubo música, baile, alegría. Todos estaban felices. Incluso Anna estaba contenta. Se había casado. Cumplía con sus padres y con lo que Dios ordenaba para la mujer: casarse y tener hijos. Y Anna iba a tener, por fin, su propia familia y sus propios hijos.
Anna no sospechaba lo que le esperaba. La noche de bodas supo lo que era estar con un hombre. Y no le gustó para nada. Solo sintió un profundo dolor, como le había dicho confesado su tía. Dolor, asco y miedo. Mucho miedo. Miedo a que su marido la lastimara con esa cosa que le metía en el cuerpo. No sintió ese placer del que le habló su hermano. El acto de tener un hijo la traumó y pasó a ser un sacrificio. Un sufrimiento que se prolongó durante toda su vida.

Nora Schwab: “Es importante que en las Colonias sigamos bregando por la preservación de nuestra identidad”


Es una conceptuada artista plástica de Coronel Suárez. Sus orígenes familiares están en los Pueblos Alemanes, particularmente en Pueblo San José, donde nació y vivió por muchos años.
Consultada por La Nueva Radio Suárez sobre la cultura de estas localidades dice que “la cuestión me remite a muchas cosas, porque desde el arte uno tiene una visión diferente de lo que es nuestra cultura, nuestra identidad, nuestro todo. El arte nos permite rescatar, revalorizar, ver todo desde otro ángulo. Se empieza a apreciar la cultura, la gastronomía, la arquitectura, la identidad toda de los alemanes del Volga”.
Indica que “en una época hice mucha obra sobre las Colonias, casi que fue mi segunda etapa como artista plástica. Utilicé estructuras de las Colonias y pintaba como dos tiempos, como dos mundos, fue como mostrar, dar el mensaje de ‘cuidá lo que tenés, esto nos pertenece’. Así utilizaba diferentes estructuras como las ventanas por ejemplo, bien típica, y la insertaba en otra estructura en otro mundo”.
Su casa familiar en Coronel Suárez refleja todo ese cuidado del acerbo arquitectónico cultural de las Colonias Alemanas: tiene aberturas que han sido totalmente recicladas y las paredes desnudas, con el diseño de los ladrillos puestos en forma ornamental en una parte del frente que remite a las construcciones de los Pueblos Alemanes y en el interior de la casa todos muebles antiguos, reciclados, buena parte de ellos recuerdos familiares que dan cuenta de este especial aprecio por la cultura a la que pertenece.

Como Coordinadora del Instituto Cultural de la Municipalidad de Coronel Suárez agrega que “buscamos preservar la cultura alemana, rescatando siempre la identidad que es distintiva de los Pueblos Alemanes. El modernismo es como que atrapa a la gente, por eso dicen ‘esta ventana vieja ya no me gusta’ y coloca la blanca de plástico. Eso no nos pertenece, no somos nosotros, si pudiéramos preservar en solamente una calle completa la identidad de las Colonias Alemanas tendríamos turísticamente un valor riquísimo para explotar”.

jueves, 4 de julio de 2013

Los recuerdos no mueren

Aprendimos a vivir sin tener en cuenta que los recuerdos no mueren. Nos formamos en el andar de la vida dejando en el camino del ayer historias que luego lamentamos haber perdido. Acontecimientos cotidianos que delinearon nuestro carácter, que forjaron nuestra voluntad sobre el yunque de la existencia, con martillazos de alegrías y tristezas, o que nos hicieron hombres dándonos una lección. Pequeñas vivencias, que de tan sencillas, simples y triviales, en la niñez y juventud, nos parecían hechos insignificantes, sucesos a los que no vale la pena tener en cuenta siquiera.
Y así, en el diario vivir, en el minuto a minuto, olvidamos una palabra dulce dicha al oído por un ser querido, un gesto o un abrazo fraterno, una caricia, un consuelo, un beso suave y tierno, un te amo de alguien que con los años dejamos de amar, y hasta, a veces, un adiós que nos hizo llorar. Perdimos en la vastedad de la memoria, inmersos en la era del consumismo, imágenes de la colonia que un día fue una localidad distinta, con casitas de adobe y hornos de barro y chimeneas humeando aroma a pan casero horneado en frías madrugadas de invierno; con mamá, papá, la abuela y el abuelo vistiendo ropas tradicionales que nos parecían anacrónicas y fuera de moda; con sus tradiciones y costumbres que le conferían identidad; con sus campanas en la torre de la iglesia tocando a rezar el Ángelus o llamando a asistir a misa; con sus procesiones solemnes y fastuosas; sus fiestas religiosas: Kerb, Pascua, Navidad... y el Pelznickel deambulando en Nochebuena por las calles de tierra, buscando ingresar en las viviendas para castigar a los niños que se portaron mal durante el transcurso del año.
Olvidando, a medida que crecíamos, los sueños soñados en largas tardes de verano sentados a la vera del arroyo pensando en un mañana en el que regresábamos al pueblo convertidos en profesionales para prestar un servicio, hacer realidad proyectos comunitarios para hacer crecer el poblado, educar la comunidad... Pero nos fuimos yendo sin darnos cuenta, dejando en algún rincón de la colonia enterrados los sueños tan anhelados. Y ajenos a todo, en ocasiones residiendo en otra localidad, nos enterábamos como iban desapareciendo las cosas donde alguna vez jugamos e imaginamos las ilusiones que no llevamos a cabo nunca; y como se iban yendo, lenta pero inexorablemente, seres que amamos y que jamás volvimos a ver. Personas, cosas y ambientes que los años y el progreso sepultaron en el sitio donde se guardan los tesoros que se desentierran en la vejez, cuando ya es tarde para volver a ellos, cuando la nostalgia y la melancolía nos hacen ver la realidad y descubrir cuan equivocados estábamos cuando pretendimos olvidar nuestro pasado nada más porque era diferente, porque tenía acento alemán, porque... tantas pero tantas cosas, que aún sin darnos cuenta se nos escapa una lágrima, un llanto profundo, que surge desde lo más hondo del alma, añorando la ausencia de una época que no volveremos a vivir y que, en algunos momentos, no supimos o no quisimos valorar y amar en su justa medida. Tan ciegos estábamos de progreso, obnubilados por las luces de las ciudades, que en más de un caso nos quitaron lo único verdadero que teníamos: la identidad.

martes, 2 de julio de 2013

Frases de amor en alemán (y en español)

Ich liebe dich.
Yo te amo.

Ohne dich kann ich nicht leben.
Sin ti no puedo vivir.

Ich bin verrückt nach dir.
Estoy loco por ti.

Ich liebe dich von herzen ganzem.
Te amo con todo mi corazón.

Du hast mir ein Lächeln auf das Gesicht gezaubert.
Dibujas una sonrisa en mi cara.

lunes, 1 de julio de 2013

Gracias a la vida por darme tanto

Fue fascinante y una experiencia inolvidable participar y dictar una conferencia en el encuentro provincial  de escritores desarrollado ayer en la Biblioteca Central de la Provincia de Buenos Aires Ernesto Sábato, donde la vida volvió a sorprenderme  con un obsequio  cultural maravilloso, que daré a conocer oportunamente.
Gracias a todos los que hicieron posible vivir ese momento tan entrañable: a la Coordinadora del Instituto Cultural de la Municipalidad de Coronel Suárez, Artista Plástica Nora Schwab, al Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires, al Jefe Departamento Biblioteca Braile, a los escritores de Coronel Suárez, Huanguelén y Tornquist, a mi familia, al amor de mi vida, a todos los que asistieron al evento… Muchas gracias!!!



Muchas gracias a todos los que llenan mi vida de afecto y felicidad!!!

La obra del escritor Julio César Melchior será grabada por la Biblioteca Braile de La Plata


El encuentro del día jueves en la Biblioteca Ernesto Sábato, en la ciudad de La Plata, resultó para todos los escritores maravilloso y de gran exposición.
Y para Julio Cesar Melchior lo fue también, reservándose para su presentación un momento especial.
Es que luego de presentar sus libros, entre ellos el de gastronomía, el que aborda la vida íntima de la mujer alemana del Volga, y su última producción, “Historia de los alemanes del Volga”, pidió la palabra una persona que estaba en el auditorio, se identificó como Marcelo Raúl Calvo, Director de la Biblioteca Braile, y le propuso a Julio que él mismo leyera sus libros para grabarlos en un CD, con destino a las bibliotecas de no videntes o disminuidos visuales. 
Informó que está agotada la edición del libro “Historias…” y si bien estaría dentro de sus intenciones poder realizar una reimpresión, porque sigue teniendo demanda no solo de particulares sino también de bibliotecas públicas y de instituciones educativas terciarias y universitarias, para poder hacerlo realidad necesitaría contar con algún tipo de financiamiento que le permita encarar otra vez esta empresa.
Mientras tanto el escritor de los Pueblos Alemanes sigue cosechando una muy importante repercusión en medios periodísticos, entre particulares y profesionales de la educación y de la investigación histórica, a través de sus producciones.