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viernes, 29 de marzo de 2013

Luis y Agustín Meier: dos músicos, dos artistas


“Los Pueblos Alemanes y su gente”
 Los mejores recuerdos del tío “Bartolo”. Una entrevista con un sabor a nostalgia. La familia Meier sigue fiel a los principios inculcados por los mayores

Ambos son hijos de don Agustín Meier, un muy querido vecino de Pueblo Santa María, y sobrinos de don Bartolomé Meier, quien luego de dejar el Ejército un buen día se presentó ante su familia con la frase: “voy a hacer una banda de música en Coronel Suárez”. 
Eso fue hace más de 50 años atrás. Si bien a los 10 años de su creación el gestor de tamaña empresa falleció en un trágico accidente, el espíritu que impregnó en ese lapso permitió que la llama de la música siguiera encendida en muchos para canalizarla a través de una banda. 
Luis es el mayor de los hermanos Meier. Agustín es el que le sigue. Por eso a ambos le correspondió el enorme honor de heredar los instrumentos de sus ancestros. Luis el bandoneón de su padre; Agustín el de Bartolo, bandoneones que algunas veces, en las reuniones familiares, permiten que otra vez vuelva a inflarse de sonidos para alegrar el encuentro. 
Agustín estuvo desde el primer día en la Banda, fue uno de los músicos fundadores, y aunque faltó por muchos años finalmente volvió, con más pasión que nunca, para formar parte del grupo.
Luis se incorporó hace apenas 10 años. Era un buen mecánico y cuando al tío Bartolo le decía que quería entrar en la Banda este le contestaba: “vos seguí en lo tuyo, que sos un buen mecánico”. Cuando su padre estaba ya muy mal, a punto de morir, le dijo: “¿no me podrías pasar la habilidad que tenés en las manos para tocar música?”. Don Agustín Meier asintió con la cabeza y parece que ha adquirido esa habilidad. 
Hoy no solo forma parte del grupo donde están sus hijos como músicos miembros, sino que es el que se encarga de entretener los viajes cada vez que salen fuera de la ciudad para presentarse en algún lugar. Es el que ejecutando el bandoneón alegra los trayectos hasta llegar a destino.
Ambos no dejan de hablar y de reírse al acordarse de las anécdotas de los momentos que compartieron con don Bartolomé Meier, el que dicen se ponía muy serio al momento de los ensayos o de las presentaciones de la Banda que había creado, al mejor estilo del Ejército, pero que al instante de cerrar las partituras se transformaba en el tipo más loco y bonachón.

“Chiquita” Meier y sus recuerdos de cómo celebraban la Pascua en su niñez


“Los Pueblos Alemanes y su gente”
 Integrante de una tradicional familia alemana que siente la música en el alma. Sus recuerdos sobre la celebración Pascual de otras épocas.

Este domingo de Pascua el hogar paterno de Pueblo Santa María volverá a recibir a todos los miembros de la familia Meier, hijos nietos y bisnietos de Feliciana Graff y Agustín Meier Schwerdt.
Antes se reunían cada domingo, en una tradición que inauguró Feliciana y que continuó “Chiquita” por muchos años. Pero las ocupaciones de todos hicieron que este encuentro se lleve a cabo en las fechas especiales como estas.
Luego de concurrir a las misas del sábado por la tarde y domingo bien temprano, comenzarán a llegar al hogar familiar para degustar un menú delicioso: habrá un fiambre (que puede ser mayonesa de ave, torre de panqueques, matambre arrollado), luego sopa de gallina con fideos caseros y carne al horno con papas, según anticipó.
A pesar que al principio se negó a hacer la nota porque, aclara, se emociona mucho, finalmente “Chiquita” Meier se dispuso a contar algunas de las vivencias familiares. 
Pertenece a un hogar donde la infancia y la adolescencia fueron muy felices. Donde el padre, Agustín, jamás se mostró enojado, nunca le levantó la voz a alguno de sus hijos. Quien llevaba el rol de mano firme era la madre, Feliciana.
“Chiquita” Meier recuerda luego que “en esos años se iba a los bailes los domingos y el lunes temprano había que volver al campo para las tareas habituales. Cuando la mamá despertaba a todos los hijos a las 7 de la mañana nadie se quejaba, todos prestos, se apuraban a vestirse y a viajar hasta el campo donde les quedaba una mañana de trabajo, las mujeres con las tareas del hogar y los hombres con labores en el exterior. Pero eso sí, luego del almuerzo tenían permiso para dormir una larga siesta para recuperarse de la salida del día anterior”.
Emocionada “Chiquita” siempre tiene presente que cuando su padre se encontraba con sus tíos se saludaban cantando y cada noche, al regreso del trabajo, estaba el sonido del bandoneón o de la verdulera trayendo buenos ritmos para alegría de toda la familia. Es por eso que los Meier son una familia que siente la música en el alma.

La tradición de los huevos de Pascua entre los alemanes del Volga


“El conejo de Pascua traía huevitos multicolores preparados por mamá. Nuestras madres hervían huevos de gallinas durante siete u ocho minutos. Después procedían a pintarlos, dándoles motivos decorativos y muy vistosos. Y pese a que no tenían colorantes ni ningún tipo de pigmentos a su alcance, se las arreglaban muy bien. Por ejemplo, para obtener el color rojo, colocaban a macerar el huevo en agua donde habían hervido remolachas; para obtener el color amarillo, hervían las cáscaras de cebollas; para el color azul, las hojas de malva. Y para que los colores adhirieran perfectamente, agregaban un poco de vinagre a la cocción. Una vez pintados los huevos –tarea que realizaban con primor y mucho arte- los untaban con tocino para lograr un efecto brillante y una mejor presentación”.

Der Osterhas

Los huevos de Pascua formaban una sólida tradición en la colonia, y los traía la liebre pascual (Osterhas). Una antiquísima leyenda cuenta que fue una liebre de campo (no un conejo) la primera, que vio la resurrección del Señor, en aquella madrugada gloriosa de Jerusalén, y valida de la velocidad de sus patas, salió apresuradamente a correr por el mundo anunciando la gran nue¬va. Por eso la liebre, trae un don, si bien extemporáneo, consecuente; los huevos de Pascua, que las madres, en el silencio de la noche pintarán de varios colores, para dejarlos junto a las camas de sus niños, quienes habrán tenido buen cuidado de preparar un nidito de suaves pajas, y de asegurarse que los perros de la casa, quedaran esa noche atados.
Y cuando despierten al día siguiente y vean alborozados el regalo multicolor, la madre les explicará el significado del huevo pascual. Así como el polluelo rompe por propia fuerza la cáscara del huevillo y sale al exterior, vivo, en la misma forma Nuestro Redentor, rompió por propia virtud el cascarón de piedra de su sepultura, para aparecer vivo entre los suyos, en el día de la Resurrección . . .
¡Cuánta Teología en un humilde huevito de colores!...
Y los niños esperarán ansiosos el paso de la liebre familiar de sus campos, arrastrando penosamente una canastilla de vistosos huevitos, como en un cuento animado de Walt Disney.
Buscar el origen de esa tradición legendaria, netamente cristiana, es remontarse al medioevo, en medio de los pueblos sajo¬nes nórdicos, donde su pista se pierde; pero es tanta la fuerza de su simbolismo, que hasta lo han adoptado los pueblos latinos, si bien en forma de huevos de chocolate, como han copiado tantas bellas cosas de los pueblos teutones.

……………………
Orígenes del Conejo de Pascua

Los persas y los egipcios coloreaban los huevos con colores brillantes y luego los comían durante el festejo de año nuevo, que comenzaba en primavera.
Uno de los símbolos más conocidos en Pascua son los famosos "Huevos", que en la antigüedad significaban la fecundación y la nueva vida.
A raíz de esta tradición, se hizo costumbre dar huevos como regalo en los festivales de primavera.
Hoy en día la gente sigue coloreando y decorando huevos de Pascua con distintos símbolos y colores. Uno de ellos es el sol que significa la buena fortuna. También el gallo que simboliza la concreción de deseos y las flores que representan el amor y caridad.
En Grecia, se utiliza mucho el color carmesí en honor a la sangre de Cristo. Una tradición en el festejo de la Pascua de este país es estrechar los huevos pintados de colores variados, tal cual como se brinda con las copas. En algunas Iglesias europeas se realiza una ceremonia en la que se bendicen los huevos, así como los Ramos de Olivo, y acompaña a este acto el dulce canto de un coro de niños.
En Alemania y Austria el Jueves Santo se utiliza el color verde para pintar los huevos. Los alemanes cocinan los huevos y luego quitan su contenido perforándolo con una aguja. Cuando el huevo está hueco los cuelgan en árboles y arbustos durante toda la Semana Santa.
En otros países, como por ejemplo Armenia, también vacían el huevo y en este país en particular, además los adornan con imágenes de Cristo, de la Virgen María y otros diseños religiosos.
Los eslavos pintan los huevos con especiales decorados en oro y plata.
En Inglaterra, en los pueblos de montaña, la celebración comienza en el amanecer del Domingo de Pascua. Hombres y mujeres suben a lo alto para ver nacer el Sol de la Resurrección. Al día siguiente, desde allí hacen desliza huevos de diversos colores que ruedan por las laderas y se pierden entre la vegetación de valles y llanuras.
Los artistas australianos diseñan los huevos con helechos y pequeñas plantas.
Los polacos y ucranianos, en cambio, los decoran con simples diseños y colores. Elaboran los llamados "Pysanki", que son una obra maestra de la habilidad y la mano de obra.
A pesar de todas estas variadas costumbres para adornar los huevos de Pascua que existen en muchos países europeos, la República Checa es el país donde más desarrollada tiene la técnica de ornamentación de los huevos.
El conejo era considerado el animal más fértil y era un signo de nueva vida durante la primavera. Sin embargo, el conejo como símbolo de Pascua fue originado en Alemania. En el 1800 fueron hechos los primeros conejos comestibles de pasta y azúcar.
Los alemanes fueron quienes incorporaron el conejo de Pascua en América del Norte, donde fue ignorado hasta poco después de la Guerra Civil norteamericana. La misma Pascua no era ampliamente celebrada en América hasta después de este tiempo.
El Conejo de Pascua también tiene un gran significado para los niños, quienes creen que el conejo es quien trae el huevo de Pascua. Esta creencia parte de una leyenda que comienza con la historia de una mujer que pintaba huevos para sus hijos en la Pascua y los escondía en nidos. Cuando los niños los encontraron un conejo saltó del nido y pensaron que el conejo les había traído los huevos.
La tradición de los huevos de Pascua

Todo comienza en Semana Santa y culmina con el Domingo de Pascua, que se presenta como una de las más importantes fiestas religiosas.
La Semana Santa comienza con el Domingo de Ramos, una de las conmemoraciones más importantes para la cristiandad. Muchos fieles van a misa con ramos de olivo -símbolo del recibimiento de Cristo en Jerusalén- para que sean bendecidos.
En esta semana se recuerda la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Con el Domingo de Ramos se evocó la entrada de Cristo en Jerusalén. Según la fe católica, el pueblo judío le dio la bienvenida agitando ramos de olivo.
A partir del jueves próximo -día que se conmemora la Ultima Cena- la liturgia religiosa adquiere mayor importancia. El viernes santo se evoca el tormento de Cristo en su marcha hacia el Calvario y el domingo, con la Pascua de Resurrección, se festejará el paso de la muerte a la vida del Hijo de Dios.
La Pascua constituye el fundamento sobre el cual se asienta y gira toda la vida del cristianismo. Es festejada por millones de fieles en todo el mundo y el Papa da la bendición en una misa urbi et orbi desde la Basílica de San Pedro.
Desde los comienzos de la humanidad, el huevo fue sinónimo de fertilidad, esperanza y renacimiento. El huevo adquirió importancia dentro de la mitología egipcia cuando el Ave Fénix se quemó en su nido y volvió a renacer más tarde a partir del huevo que lo había creado en un principio. También los hindúes sostenían que el mundo había nacido de un huevo.
Los huevos de pascua en la antigüedad eran de gallina y de pato, y en la Edad Media les eran regalados a los chicos durante las celebraciones. Al tiempo, los cristianos comenzaron a obsequiarse huevos durante la Semana Santa con regalos y al principio del siglo 19, en Alemania, Italia y Francia, aparecieron los primeros huevos hechos con chocolate con pequeños regalos adentro.
En cuanto a la decoración, los huevos de pascua siempre han representado un desafío para los reposteros. Pero las diversas culturas fueron decorando de manera diferente los huevos. En sus comienzos, eran pintados a mano con colores estridentes que representaban la luz del sol.
Los huevos se hacían uno a uno con un molde prefabricado, lo que dificultaba mucho su elaboración masiva. Los colores estridentes fueron apareciendo con las grandes producciones de huevos, por los años 20 y 30 del siglo XX.

jueves, 28 de marzo de 2013

Así celebraban la Pascua los alemanes del Volga


“La Semana Santa comenzaba con el Domingo de Ramos, cuando se bendecían las palmas y ramos de olivo. Portando esas palmas y ramos se organiza una procesión, en recuerdo de la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén. En tanto que durante la Semana Santa propiamente dicha, se celebraban tres ritos solemnes para evocar la pasión, muerte y Resurrección de Jesucristo. El Jueves Santo: la institución de la eucaristía; el Viernes Santo: las lecturas de las Sagradas Escrituras, oraciones solemnes, y la veneración de la cruz rememoraban la crucifixión de Cristo; y el Sábado Santo: conmemoraban el entierro de Cristo; los oficios de vigilia de medianoche inauguran la celebración de la Pascua de Resurrección”. (Memorias de August Brost)

Semana Santa

Durante la Semana Santa, las colonias cambiaban totalmente su aspecto. No se oían los suaves acordes de los “Schnerorgellier” y los colonienses que an¬daban por las calles lo hacían en profundo silencio.
El Jueves Santo, durante la Misa, en que se celebraba la Ultima Cena de Cristo y la ceremonia de lavar los pies para rememorar el lavado de pies de los discípulos de Cristo, el templo quedaba de pronto en silencio y a oscuras: súbitamente los fieles comenzaban a entonar el himno sagrado Gloria in excelsis al tiempo que comenzaban a repicar todas las campanas (que se “volaban” y permanecerían mudas hasta el sábado a la noche, cuando “regresarían”, haciendo el mismo estruendo que ensordecía a toda la colonia). Desde ese momento, solamente las matracas (Klapperer) de los campaneros anunciaban el inicio de la misa, durante los dos días subsiguientes.
El Viernes Santo, los fieles concurrían a misa vestidos de colores oscuros o de negro. Se conmemoraba la muerte de Jesucristo. Era un día dedicado a la penitencia, el ayuno y la oración. La liturgia se componía de cuatro partes diferenciadas: lecturas bíblicas y oraciones solemnes, incluyendo la lectura de la Pasión según san Juan, la adoración de la cruz, la comunión de los fieles y las devociones populares. También se realizaban procesiones por las calles, en las que los niños iluminaban su camino llevando en las manos farolitos (fackellier), adornados con papel crepé, entonando cánticos religiosos y orando devotamente. En muchas esquinas se instalaban pequeños altares preparados por los vecinos.
El Sábado Santo por la noche, se hacía el remedo de quemar a Judas, el traidor de Jesús. Y el Domingo de Pascua se asistía a misa con los corazones alborozados para celebrar la resurrección del Señor.
Al atardecer se organizaban animadas tertulias y bailes. Hecho que se reiteraba los lunes y martes. Siempre con una masiva participación popular.

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Die Klapperer (Antigua tradición de Semana Santa)


“Los chicos de la colonia soñaban con ser "campaneros de Semana Santa" (Klapperer) y hasta los más pequeños importu­naban a sus padres para sonsacarles el permiso, e iban confiados a algún amigo mayor que ellos. Y ahí se desplazaba el grupo, siguiéndole a prudencial distancia los perros fíeles, cuyos amos eran una máquina de ruido. La muchachada se la  pasaba en la calle matraca al hombro, anunciando a viva voz los horarios de las misas, y comunicando que su llamado correspondía a los tres consabidos toques de las campanas, rubricando el pregón con: Zum ersten mal, zum zweiden mal, zum dritten mal!" (¡Primera, segunda y tercera!) y cerrando el todo, con un ensordecedor ruido de los instrumentos especiales”.

Padre José Brendel

Die Klapperer

La Semana Santa llamada aún con el vocablo del alemán an­tiguo Karwoche, tenía a mal traer con mucha anticipación a to­da la muchachada coloniense de los primeros años de las colonias.
Ya meses antes, se trabajaba en la fabricación de matracas e instrumentos de propia invención (Raschpel), para intervenir en la Agrupación de campaneros que suplirían el silencio de las cam­panas entre el Jueves y el Sábado Santo, o como se decía "die Klocken fliegen fort" (se vuelan las campanas).
Llegado el momento, se reunía el grupo en la Parroquia, para ser admitido oficialmente con derechos y obligaciones en la Co­fradía, y para recibir las instrucciones de caso, y presentar al sacerdote las armas de combate, que eran poderosas matracas, capaces de hacer callar a una chicharra. En número de hasta cua­renta se salía a anunciar los diversos actos del programa y el Án­gelus, que era especialmente importante, porque había que le­vantarse de madrugada, recorriendo las calles en penumbras, can­tando el Ave Maria Gracia plena! Con ese motivo, fuera de las horas rituales en el templo, la muchachada se las pasaba en la calle matraca al hombro, anunciando a viva voz los horarios, y comunicando que su llamado correspondía a los tres consabidos toques de las campanas, rubricando el pregón con: Zum ersten mal, zum zweiden mal, zum dritten mal!" (¡primera, segunda y tercera!) y cerrando el todo, con un ensordecedor ruido de los instrumentos especiales.
De madrugada, el punto de reunión era el viejo y abandona­do salón capilla, y allí al alba, y a la luz de una vela, medio dor­midos aún, esperaba la trupp el momento de salida, que daría el Schulmeister. El salón distaba un buen tiro de honda de la iglesia, lo que atemperaba el bullicio de los muchachos, a pesar de los que gritaban más, exigiendo a veces la dictatorial intervención del Padre, con algún "sopapo" perdido, con lo que a la postre no se remediaba nada.
Los chicos de la colonia soñaban con ser "campaneros de Semana Santa" (Klapperer) y hasta los más pequeños importu­naban a sus padres para sonsacarles el permiso, e iban confiados a algún amigo mayor que ellos. Y ahí se desplazaba el grupo, siguiéndole a prudencial distancia los perros fíeles, cuyos amos eran una máquina de ruido.
Todo ese trabajo —pues no dejaba de serlo— tenía una re­compensa. El Domingo de Pascua y después de la Misa Mayor, volvía a congregarse la trupp, ya fuera de servicio, y arrastrando un carrito no mayor que un coche de bebé, rehacían el habitual recorrido, interesadamente, para recoger su recompensa. Se iba de casa en casa, entrando en todos los patios, para desear las Fe­lices Pascuas a la gente que se divertía con ellos y los esperaba, e inclusive les pedía la repetición de sus pregones, sobre todo el del ÁNGELUS, que cantaban a voz en cuello, mientras el ruido subía en crescendo y al ritmo de las dádivas de monedas y huevitos de Pascua que daban los dueños de casa, y los que al fin del re­corrido, eran repartidos en total entre los componentes de la agrupación.
Ya antes de entrar en un patio, el encargado de las finanzas hacía cálculos de lo que dará Don Fulano, si mucho o poco, y se­gún la intención se atacaba en tono mayor o menor, con todas las repeticiones que se pidieran, y que a veces eran muchas y pro­vechosas. De paso se iba comiendo torta pascual, entre canto y canto, ruido y ruido . . . por primera, segunda y tercera vez…

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Cena aniversario por los 126 años de la fundación de Pueblo San José



Desde hace unos años la comunidad de Pueblo San José se ha propuesto diferenciar el festejo de la fundación de la localidad de las tradicionales Kerb. Por eso cada 13 de abril se llevan a cabo, además del acto protocolar, otras actividades de tipo social

En esta ocasión el aniversario es justo el día sábado y es la Comisión Parroquial de esta Colonia Alemana la encargada de organizar la cena y baile.
Hablamos con Clemente Schwerdt, integrante de la Comisión, quien dijo que la ocasión servirá también para organizar la calefacción nueva que se ha incorporado al salón parroquial, como una de las obras de mejoras que se vienen instrumentando.
La cena será la típica, habrá además buena música para bailar con Fabián Díaz, su grupo y la voz de Silvina. Las tarjetas se venden a $100 por persona y pueden reservarse ante los miembros de la Comisión organizadora.
Los que concurran, además de estar pasando un muy buen momento, estarán colaborando con las obras de mejoras en el salón parroquial.

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miércoles, 27 de marzo de 2013

Elisabeta Perpetua Waimann de Streitenberger luce con orgullo la distinción de Mujer del Año


Elegida por el Pueblo de Coronel Suárez, Elisabeta Perpetua Waimann de Streitenberger, con sus 86 años continúa trabajando para su comunidad.
  
Llegada recientemente de Mar del Plata, aún se emociona por la distinción recibid “Yvonne Trillia de Leschot”, el último 8 de marzo en la ceremonia en el marco del Día Internacional de la Mujer.
a, valorando y agradeciendo el amor de su comunidad que la nominó para el galardón
“Esa noche quedará en el recuerdo de muchos, el homenaje estuvo muy emotivo, especialmente para su familia y para los que la quieren bien. Hoy por hoy, después de dos semanas, la abu sigue cosechando buenos augurios y deseos de todos los que la ven”, expresó Victoria Distel, nieta de doña Elisabeta que gentilmente envió al Intendente Ricardo Moccero la foto de la Mujer Destacada por sus Acciones Solidarias 2013.

Información brindada por la Oficina de Prensa de la Municipalidad de Coronel Suárez.

La anciana hila que te hila en la rueca


Hila que te hila
su vellón de lana,
en la rueca
la anciana.

Hila que te hila,
los recuerdos van,
los recuerdos vienen,
en su memoria.

Hila que te hila,
surca el mar,
llora el adiós,
deja el hogar.

Hila que te hila,
llega a la Argentina
desolada y triste,
y sin embargo no se detiene.

Hila que te hila
su vellón de lana,
en la rueca
la anciana.

Mientras llora su ayer,
su aldea natal,
que dejó allá lejos,
allende el mar.

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martes, 19 de marzo de 2013

Una mujer alemana del Volga fue bautizada como Mala


Un profundo y protocolar silencio reinaba en la sala donde funcionaba la oficina del Registro Civil. Fuera por respeto al lugar y a la investidura de la persona que lo presidía o porque quien se encontraba sentado detrás del enorme escritorio cumpliendo una función que creía fundamental para el gobierno nacional y las futuras generaciones del país sólo hablaba español y el joven que esperaba ser atendido sólo sabía expresarse correctamente en alemán, lo cierto era que podía escucharse nítidamente el zumbar de las moscas que, molestas e insistentes, osaban posarse sobre los pulcros documentos que se encontraban dispersos sobre el escritorio.
El empleado del Registro Civil levantó la miraba, apartando la atención del acta matrimonial que revisaba para posarla sobre el individuo que aguardaba frente a él. Sin intercambiar palabra, supo de inmediato para qué venía. Lo delataba el pequeño bulto, primorosamente envuelto, que la mujer que lo acompañaba traía en brazos, tiernamente acomodado junto a su seno.
-¿Viene a anotar a su hijo?, inquirió sin demasiada gentileza protocolar, dejando en evidencia –mediante una deslucida dicción- que la preparación intelectual distaba mucho de ser no ya la ideal si no la básica para realizar el menester que debía llevar a cabo.
El colono asintió con la cabeza, intimidado quizá, por la actitud presumida y el alarde de autoridad que hacía gala el funcionario de gobierno que, mediante gestos ampulosos y soberbios,  atrajo hacia sí el libro en el que registraba los nacimientos y después de hojearlo con rapidez, lo abrió en dos, comenzando a llenar un acta mientras se formulaba a sí mismo las preguntas de siempre: “¿día? ¿mes? ¿año?”. Mientras de soslayo, y manteniendo una actitud de hombre superior, acorde al estatus social y cultural que en su delirio de poder imaginaba poseer, escudriñaba al padre del recién nacido, que a simple vista se veía que era uno de esos rusosalemanes que unos años atrás colonizaron la región, estableciendo tres colonias. “Lo delata la manera de vestir”, pensó. “Tan anacrónica y particular”. “Y para colmo, no entienden casi nada de castellano. Con suerte, apenas comprenden unas pocas palabras”, reflexionó imaginándose la tediosa labor que le aguardaba.
Sin embargo, el trámite se desarrolló de manera relativamente normal hasta el instante de inscribir el nombre de la criatura.
-¿Nombre de la criatura?, preguntó.
El colono, sorprendido ante el énfasis con que fue formulada la pregunta, respondió en alemán:
-Mole Siebenhardt.
El empleado, habituado a este tipo de contratiempos, descifró el apellido. Lo había escuchado en más de una ocasión. Pero el nombre le resultó totalmente desconocido.
-¿Cómo dijo?,  insistió mirándolo fijamente a los ojos.
-Mole Siebenhardt, volvió a ratificar el hombre en alemán.
Viendo que resultaba inútil persistir en el intento de entender el nombre, bien porque el rusoalemán no sabía  expresarlo en español, lo que era probable, o porque se sintiera cohibido ante su aplomo y viril autoridad, lo que también era posible, dado el aislamiento en que viven en sus colonias y el total desconocimiento que tienen de las leyes argentinas, el empleado del Registro Civil optó por escribir en el acta de nacimiento lo que creyó justo o lo que imaginó comprender, y se abocó, fastidiado con la falta de cultura de los inmigrantes que, según él, invadían el país, a continuar con el trámite. No sin antes esbozar una leve sonrisa de superioridad. Sin sospechar siquiera el ridículo que estaba haciendo y que su ineptitud quedaría para siempre en evidencia en el acta que estaba confeccionando. Porque desde ese día, la  niña que sus padres bautizaron como Amalia, pasó a quedar registrada como Mala. El funcionario, que no conocía ni una sola palabra de la lengua alemana, pese a atender diariamente a infinidad de descendientes de alemanes del Volga y a convivir con ellos, jamás se enteró, por ignorancia intelectual y prejuicios étnicos, de la barrabasada que cometió al confundir un sustantivo propio con un adjetivo común y corriente.

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Historia de vida de un abuelo alemán del Volga


Vivíamos en una casa de adobe muy precaria. Cuando soplaba viento fuerte nos metíamos debajo de la mesa y de las camas del miedo que teníamos de que se volara el techo. Las chapas hacían un ruido terrible. Pasamos muchas madrugadas temblando de pánico. Éramos tan pobres que tengo que confesar que pasamos frío y hambre. Comíamos pan casero untado con grasa espolvoreada con azúcar, cuando había azúcar y sino así no más. Varias noches vi llorar a mi madre en silencio mientras veía como sus hijos nos repartíamos la poca comida que había para cenar. A veces, muchas veces, no alcanzaba para llenar la panza de todos. Mamá y papá se quedaron muchas noches sin cenar. Nunca voy a olvidar sus miradas tristes y sus ojos llenos de lágrimas, sufriendo de hambre, de dolor y de impotencia por no poder darnos una niñez mejor. Mi pobre padre trabajaba todo el día en un campo cerca de la colonia pero lo que le pagaban no alcanzaba para alimentarnos y vestirnos a todos: mamá, papá y diez hijos. Además, los ricos de la colonia tampoco eran tan generosos como para pagar un sueldo acorde a lo que papá laburaba. A veces, nos ayudaban los vecinos, con lo que les sobraba, que tampoco era tanto. Llegaban con fuentes de guiso, sopa, chorizos o pedazos de carne de alguna carneada. Esos días eran de fiesta para nosotros. Comíamos hasta reventar.
La ropa pasaba de un hermano a otro y hasta que llegaba a mí, los pantalones lucían grandes remiendos y las alpargatas enormes agujeros tapados con cartón. En invierno pasamos frío. Jamás tuvimos suficiente leña. Nunca pudieron comprarme un saco. Y de noche, en la cama, nos abrigábamos con mantas que mamá cocía con tela de bolsas de arpillera. Los colchones estaban rellenos de lana de oveja y otros, simplemente de paja de trigo. Los varones dormíamos en una sola cama y las mujeres en otra. Nos dábamos calor unos a otros. Tampoco había demasiado lugar. La casa era pequeña. Una cocina y dos ambientes. El lujo no existía. Una cocina a leña para cocinar y calentar el ambiente cuando sobraba leña, una mesa de madera grande, unas cuantas sillas, un mueble fabricado por papá para guardar los enseres de cocina y apenas una o dos chucherías más. Del techo colgaba una lámpara a kerosén para alumbrar las oscuras noches de invierno.
Sufrí mucho y, sin embargo, recuerdo mi infancia con cariño. Siento nostalgia al hablar de ella. Añoro aquellos años en que la vida era simple y en que éramos felices con poco o casi nada. Recuerdo que recibir un plato de comida de un vecino de algo que no comíamos hacía tiempo, se transformaba en una fiesta. Valorábamos mucho todo. Sabíamos que todo costaba mucho sacrificio. Las cosas no caían del cielo. Había que trabajar y esforzarse para tenerlo. Y había que hacerlo desde muy niño. Yo empecé a trabajar en el campo a los ocho años. Ayudaba a mi padre en todo lo que podía. Terminaba cansado. Destrozado. Pero no me quejaba porque sabía que ese era mi deber y eso era lo que se esperaba de mí. 

lunes, 18 de marzo de 2013

Karina Lorena Schwerdt: una artista plástica camino al éxito


Karina Schwerdt es oriunda de Pueblo Santa María, Partido de Coronel Suárez, Pcia. de Buenos Aires, hija de padres descendientes de alemanes del Volga, profesional con estudios académicos universitarios, y artista plástica con estilo e identidad propia.

Sus pinturas, de inspiración personal y aire surrealista, trascienden la tela e impactan en el observador, transmitiendo un mensaje claro y transformador, donde resalta la idea de cambiar  la sociedad decadente en la que vivimos (la humanidad en su consciencia irracional de no ver y no analizar las cosas y los hechos tal cómo son), en su pensamiento, en su manera de razonar y ver la realidad cotidiana, una realidad cada vez más sepultada bajo los escombros de la no libertad, de no saber ver y comprender quiénes somos y para qué existimos.
Quienes conocemos y admiramos sus obras, sabemos con certeza que Karina Schwerdt  está llamada a recorrer el camino del éxito, un éxito que seguramente, si se lo propone férreamente, no tendrá límites ni techo. Porque talento, inspiración  y calidad humana le sobran.

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jueves, 7 de marzo de 2013

El escritor Julio César Melchior realizando actividades culturales en Capital Federal

El escritor Julio César Melchior se encuentra en Capital Federal concretando la venta de varios ejemplares de su libro “Historia de los alemanes del Volga” a una importante librería especializada que luego distribuirá la obra a diferentes universidades del país.

La obra del escritor Julio César Melchior ha merecido varios reconocimientos como asimismo el escritor por sus más de veinte años dedicados a rescatar la historia y cultura de los descendientes de alemanes del Volga y “por su meritoria trayectoria literaria, basada en una investigación seria, documentada, y en una prosa con estilo e identidad propia. Un sello que lo identifica y lo coloca dentro del marco de los escritores más distinguidos de la zona de Coronel Suárez. Lo que se ve ratificado con este nuevo logro en su carrera literaria” –como publicó un medio periodístico que lo entrevistó recientemente en Capital Federal.


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lunes, 4 de marzo de 2013

La mujer, para casarse, tenía que saber hacer casi de todo


 La mujer para casarse tenía que ser trabajadora. Saber cocinar, coser, realizar todas las actividades del hogar; colaborar con el marido en los quehaceres rurales…  También tenía que destacarse en sus virtudes personales, en el temor y la fe en Dios, el respeto y la sumisión al esposo y mantener vigentes las tradiciones ancestrales en el seno familiar.

 La mujer cargaba sobre sus espaldas todo el peso de la familia. Por eso conversar con mujeres de edad avanzada significa rescatar y revalorizar y distintas pinceladas de la historia cotidiana de los pueblos alemanes. Ellas nos pueden pintar un cuadro intensamente real de cómo se desarrollaba la vida femenina en los primeros tiempos de las colonias y cómo se desenvolvían sus existencias en una sociedad basada en férreas tradiciones religiosas y arraigadas costumbres machistas y para nada igualitarias.
 “Los sábados mamá nos hacía levantar temprano –recuerda una abuela de noventa años- y había que realizar las tareas de la casa; nosotros teníamos un patio amplio, y como yo era la más pequeña tenía que barrerlo y limpiar los gallineros. Entre todas las hermanas mujeres teníamos que lavar la ropa de toda la familia. Coserla, remendarla, plancharla... porque el lunes los hermanos y papá volvían a sus tareas rurales, en las que también teníamos que colaborar, ayudando en lo que podíamos. En los atardeceres teníamos que regar la quinta con grandes baldes llenos de agua que eran pesadísimos. Además teníamos que carpirla y mantenerla limpia de yuyos. En una palabra: las mujeres, tanto hijas como mamá, hacíamos todas las tareas domésticas más todo el trabajo que nos exigía realizar papá en el campo, donde trabajábamos a la par de él”.
La mujer se pasaba la mayor parte de su juventud embarazada. Cada matrimonio tenía por regla general más de diez hijos. Pero el estar embarazada no la liberaba de realizar las labores que le exigía el marido. Porque él era el jefe de familia y se hacía lo que él decía. Su opinión era sagrada y no se discutía jamás. Esto era así porque en los pueblos alemanes la sociedad se regía por el sistema patriarcal, con códigos que en la actualidad se considerarían machistas y nada igualitarios para la mujer pero que en aquellos años eran aceptados y moneda corriente en la mayoría de las culturas inmigratorias.
“El papel de la mujer era servir a todos los que compartían la familia y su actividad se orientaba a cuidar, alimentar, educar, atender en las enfermedades y acompañar en la hora postrera. Era la ama de casa –reflexionan los historiadores Generoso Stang y Orlando Britos – pero al mismo tiempo estaba sujeta a la misión que se le asignaba. Estaba dotada de autoridad para llevar a cabo su misión de cuidar la economía familiar; dedicarse a la educación de los niños, especialmente a las hijas mujeres a quienes debía instruir en las tareas propias de una mujer; enseñándoles los caminos para administrar su hogar, los conocimientos de cocina, sin descuidar en lo más mínimo la educación religiosa”.
“La mujer se pasaba el día trabajando: elaborando los alimentos; la vestimenta para los integrantes del hogar; hilaba lana; tejía; bordaba” y, como ya dijimos, colaboraba en mil quehaceres más trabajando casi a la par del marido. No era una vida sencilla pero, a su manera, fue feliz. Al menos es lo que sostienen la mayoría de ellas al ser consultadas.

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La comadrona


Nadie supo por que bebió tanto esa noche y por qué estaba tan triste. Tampoco nadie intentó preguntarle. Menos aún cuando advirtieron que no tenía ánimo para hablar ni deseos de contar nada. Se paró frente al mostrador del bar y pidió un vaso y una botella de ginebra. Todos se miraron sorprendidos y pensaron al unísono que raro, Santiago no bebe nunca, pero nadie se atrevió a decir nada.
Transcurrido el momento de sorpresa, todos volvieron a lo suyo: unos a beber rumiando penas de amor, otros a beber por beber nomás, y otros a continuar jugando su partida habitual de naipes. Todos se desentendieron de Santiago. A nadie le importó el amargo desamparo que lo embargaba. Nadie se dio cuenta que su alma chapoteaba en el lodo rememorando una y otra vez un hecho que para él era el fin del mundo. No veía más que esa única escena, un cuadro representado en un escenario cotidiano y familiar: en la habitación de su casa, más exactamente sobre la cama matrimonial. Una y otra vez veía la sangre, las enormes manchas de sangre brotando de entre las piernas de su esposa y otra y otra vez veía también las manos groseras y torpes de la comadrona cortando el cordón umbilical de un niño que no lloraba, que ni siquiera gemía, que no hacía movimiento alguno.
Bebió el vaso de ginebra con desesperación, buscando perder la memoria en la niebla del alcohol.
Pero la imagen reaparecía con más nitidez. Volvió a ver cómo su mujer agonizaba, crispando los dedos, aferrando la sábana, en un último intento por inspirar la bocanada de aire que la conservara con vida. Volvió a ver cómo el cuerpo se contraía de dolor, desgarrado por dentro; y cómo, ese mismo cuerpo, se fue apagando lentamente, en un hilo de voz cargado espanto.
“Fue un parto difícil”, se disculpó la comadrona. Estaba acostumbrada a ver morir mujeres que daban a luz. Formaba parte de su oficio. Como formaba parte de su oficio recostar junto a la mujer sin vida al bebé también sin vida y comenzar a higienizarlos para luego dar parte a las autoridades y a la casa funeraria.


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Letra de la canción Por la simpleza de mi gente de Sergio Denis (Héctor Hoffmann)


Por Sergio Denis (Héctor Hoffmann)
Podría contar tantas cosas del pueblo donde nací,  
de la simpleza de mi gente,  
de su humildad, de su trabajo...  
de sus ambiciones postergadas,  
de su silencio, de su amor.  
Podría hablar de la inmensidad de un amanecer,  
de la tristeza de un tren partiendo  
llevándose un amigo muy lejos, quien sabe adonde...  
del primer amor, una flor entre las manos  
esperando a la salida del colegio,  
un banco de la plaza y el cine los domingos,  
de todo un mundo de ilusiones  
que el mismo lugar transforma en realidad o en olvido.  
Y mi gente, me dio tantas cosas  
como ellos nunca sabrán,  
aprendí tanto de mi abuelo arando su tierra,  
de mi padre trabajando la madera,  
del amor de mi madre por nuestra casa...  
de vivir entre calles de tierra,  
de compartir la alegría de mis hermanos,  
de sonar en mil noches perdidas  
con futuros inciertos...  
Podría hablar de tantas cosas,  
del potrero y mi camiseta de fútbol,  
del día más feliz de mi infancia,  
cuando los camellos se comieron todo el pasto,  
se tomaron toda el agua,  
y el negro Baltazar nos dejo un mecano...  
Y mis pantalones largos,  
y la escuela secundaria,  
y los bailes de estudiantes,  
y mi primera guitarra,  
y salvador Gangone tocando su violín,  
y mi amor eterno por la profesora de matemáticas,  
y yo siempre buscando el camino,  
siempre buscando el camino.  
Porque soy el sueno que una vez  
soñaron los míos alcanzar...  
porque soy mi pueblos,  
con mi pueblo volveré,  
yo volveré...

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