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martes, 26 de febrero de 2013

Volví a mi pueblo buscando mi pasado, mi hogar…


Caminó las calles de las colonias buscando el pasado. Recorrió los barrios. Se introdujo en algunos hogares; habló con varias personas ancianas. Recordó seres queridos que ya no están. Visitó el cementerio. Bendijo tumbas con agua bendita que llevaba en un frasquito. Conversó con sus muertos. Dialogó en silencio, quizás pidiendo disculpas por no haber estado junto a ellos cuando lo llamaron para despedirse a la hora de su muerte. Suspiró hondo y mirándome profundamente convino en acercarse a la redacción de Periódico Cultural Hilando recuerdos para charlar y desahogar su pena

En la redacción, más distendido, dijo llamarse José Schwab. Contó que se había marchado de las colonias a los veinte años y que hace poco más de un mes cumplió setenta. Relató que emigró hacia la Capital Federal; que abandonó padres, hogar, amigos, las colonias –“su querido terruño”, dijo suspirando hondo y trágicamente-… para buscar un futuro mejor en Buenos Aires. Cosa que no encontró. Afirmó con pesar.
“Llegué allá y trabajé en lo que pude. Hice de todo. ¡Pero de todo! –remarcó-. Lo que uno pueda imaginar. Pero nunca logré reunir nada de dinero. Apenas lo suficiente para sobrevivir. Por lo tanto tampoco me casé”.
“En realidad no sé por qué me fui. Tal vez por rebeldía. Creo que lo del trabajo fue solamente una excusa. Me fui y enterré el dialecto. Mis recuerdos. Mis tradiciones. Quería olvidar. Empezar de nuevo. Por aquellos años había tantos prejuicios y tanta discriminación por estos lugares” –confiesa-, “que la única solución parecía ser partir y empezar de nuevo. Ser otro. No un alemán de las colonias. Sino un argentino más” –asevera bajando la cabeza, para esconder la mirada, invadida de vergüenza.
Actualmente me jubilé. Vivo en un departamentito. Solo. Y los días me resultan eternos. Extraño las colonias. No sabe cuánto pero cuánto las extraño –murmura casi llorando-. Quisiera regresar… pero ¿para qué? Si vuelvo sería un forastero en el lugar que me vio nacer. Es tarde para todo. La decisión, acertada o no, la tomó el día que me fui. Arrepentido o no, es tarde para revocarla y dar marcha atrás”.
Calla. Suspira. Murmura una queja. Quizás algún reproche. Dice que es momento de reanudar el viaje. Confiesa que le agradaría continuar conversando pero que es tiempo de seguir. Que no sirve de nada remover el pasado.
“Mi pasado es una herida abierta que nunca va a cicatrizar” –sentencia.
Extiende la mano. Saluda y se va. Cabizbajo. Solitario y triste. Como tantas personas que un día dejaron las colonias persiguiendo un sueño y hoy retornan buscando lo que ya no existe.

lunes, 25 de febrero de 2013

Mi madre murió sola

“Mi madre murió sola y dejó una silla vacía que nadie pudo ocupar”.
Mi madre quedó sola, muy sola, en la casa donde nacimos. Una cocina grande, tres habitaciones inmensas, un corredor vacío de chiquillos y las flores marchitas de tanta soledad y silencio. Camina por los cuartos buscando recuerdos, llorando nostalgias y añorando un tiempo que ya no ha de regresar.Está viejecita y triste. Viste de negro. Quedó viuda hace dos años. Sus hijos están dispersos por el país y ella está sola. Camina encorvada, rosario en mano, murmurando conversaciones que nadie escucha. Habla sola. Reproduce escenas que el tiempo se llevó pero su memoria conserva intactas. A veces ríe; a veces llora. A veces se enoja con el destino. Pero no hay nada qué hacer: nada mitiga la soledad que le amarga el alma y atormenta su gastado corazón.Esa es su vida, esta será su existencia de ahora en más hasta el día de su muerte. Los hijos, con suerte, vendremos a visitarla una vez al año. Y los días irán trascurriendo. Se harán semanas, meses, años... y un día mamá ya no estará en la casa. Se habría ido como se fue papá, casi sin darnos cuenta.Entonces, como sucede siempre, lloraremos sobre su tumba; pero será tarde. Irremediablemente tarde. Ya no podremos decirle todo lo que no le dijimos en vida ni tampoco compartir todo lo que no llegamos a compartir porque no teníamos tiempo para ella. Para nuestra pobre madre que murió sola, en la casa inmensa, la casa que nos vio crecer, como ella, como mamá, que nos dio todo y nosotros apenas si le dimos un poco de nuestro tiempo que nos sobraba, porque queríamos crecer, volar, tener una buena posición económica. Queríamos eso y mamá estaba sola. Muy sola. Y murió sola. En la cama. Sin decir adiós. Murió de soledad y tristeza.

Julio César Melchior

sábado, 23 de febrero de 2013

Fotografías de las colonias








Blog de Periódico Cultural Hilando Recuerdos
Director: Julio César Melchior
Producción publicitaria: María Claudia Melchior


miércoles, 20 de febrero de 2013

Llamado ancestral


Autora: Marisol Cristina Baier Seewald
Si mis ancestros fueron aniquilados,
yo reconstruiré sus pasiones.
Sublime dolor en las venas;
sangre derramada;
muerte;
famélicos cuerpos sin redención...
estallidos, salvajes melodías de odio despiadado;
llantos, hambre, dolor por doquier;
implacable genocidio que ellos padecieron,
que siempre será
castigo y dolor sin otra razón
(sin tan siquiera, ¡por Dios!
razón alguna pudiese tener):
flagelar almas, cuerpos
y la esencia o anhelo más sagrado:
¡sobrevivir…!

Mediando gracia divina,
¡he llegado abuelos!
aunque he ignorado,
desoído y hasta negado,
vuestros gritos,
gritos,
gritos,
gritos,
que ignoré y olvidé,
aún ¡sin querer hacerlo!
Pero que ya no sirva de excusa alguna ello…
¡justificando mi propia cobardía y egoísmo!
Hoy, seré yo quien gritará el dolor
de mi sangre ancestral.
Ya no importa si bello o pertinente
pueda ante extrañas miradas nuestro grito ser...

¡AL UNÍSONO Y AL FIN UNIDOS YA!

martes, 19 de febrero de 2013

¡Feliz cumpleaños, papá!


Hoy estoy parado frente a ti, papá, llorando desconsoladamente. Acongojado y triste mirando tu fotografía y me parece mentira que ya no estés a mi lado, dándome consejos, criticando lo que, a tu parecer, hago mal. Y me duele, me duele mucho, saber que estás bajo esa tumba fría, desamparado, totalmente solo y devastado por los gusanos.
Lloró y es inútil. Rezo y también sé que es inútil. Nada me devolverá tu vida, tu presencia, tus ojos claros como el mar, tu voz serena y segura, y la aurora de tu sonrisa. Todo se ha ido la tarde en que la muerte te envolvió en su mortaja de eternidad y olvido. De adiós para siempre.
No me olvides, papá, estés donde estés. Yo jamás dejaré de recordarte y amarte.
¡Feliz cumpleaños, papá! ¡Te quiero mucho!

domingo, 17 de febrero de 2013

Desgarradora historia real: La muerte del niño (Velorio y sepultura)

Fotografía de:
http://criptas.blogspot.com.ar/2010/06/los-angelitos.html
La anciana reza en silencio. Las manos dejan correr las cuentas del rosario. La mirada fija en Jesucristo, que la observa desde la cruz, en el altar de la iglesia de la colonia. La colonia, cuyos habitantes, también asisten a la misa de cuerpo presente del nieto. La iglesia está llena. Toda la comunidad está conmocionada y compungida por la muerte del niño y la manera trágica en que se produjo: un caballo lo mató de una patada en la frente.
El sacerdote también está conmovido, levanta los ojos al cielo, ora a Dios por el alma del pequeño difunto, y al bajarlos posa la vista en los rostros de la multitud que desborda la iglesia, y ve caras curtidas por el trabajo y el sacrificio impotentes ante la fatalidad del destino, tristes, profundamente tristes, y su corazón se contrae en un impulso de angustia que lo ahoga. Permanece mudo. La boca seca. Las palabras atragantadas. Una lágrima rueda por la mejilla. El féretro del niño lanza destellos de estrellas a la luz de las velas. La colonia está de luto. El cura logra continuar. Su voz es un débil murmullo. Las almas estás unidas por un mismo dolor.
El responso concluye. Los hombres toman el ataúd de las manijas. La madre cae en llanto desgarrador. Comienza la procesión al cementerio. Una cruz con el nombre del niño, varios estandartes, y el sacerdote la preceden. La multitud va detrás rezando. Cae una llovizna tenue. Moja los rostros y el cuerpo. Confunde en un abrazo lluvia y lágrimas. La procesión se desplaza lenta, al paso que impune el cura. Llegan al cementerio. Ingresan. Depositan el pequeño cajón en la fosa no menos pequeña. El sacerdote hace lo que la Iglesia y Dios le mandan. El sepulturero tira palabras de tierra sobre el cuerpo del niño. Lo sepulta. La multitud canta el Schiksal. La madre cae en un desmayo. Los familiares la socorren. La reaniman. Pero ella ya no desea vivir. Terminada la ceremonia tiran agua bendita sobre la tumba fresca en la que colocaron coronas de flores con leyendas como “Mamá y papá”.  Nadie quiere ser el primero en dejar el lugar. La madre no quiere irse, desea ser enterrada con su niño, con su pobre bebé que ahora yace bajo tierra para siempre. Solo. Muy solo.

sábado, 16 de febrero de 2013

ELLA, YO, Y LOS HORNEROS


Aclaración: este es un poema de autoría compartida con mi hijo menor, que nació a partir de una historia real que yo le transmití, y donde "Ella" soy yo misma y el narrador es mi hijo...♥

Por Marisol Cristina Baier Seewald.
©Copyright -All rights reserved 2013

ELLA, YO, Y LOS HORNEROS

Ella de pequeña
pasaba horas enteras
mirando un nido de barro y paja,
que la propia madre, para decorarlo,
hasta de blanco había pintado...

pero ese color blanco con la lluvia se salía
debajo de él Ella encontraba un color marrón,
el nido era de hornero,
y el hornero no hace nidos color blanco
a menos...

¡que Ella se hubiese equivocado!:
¡el hornero solo hace nidos de paja y barro!

y Ella lo descubrió
aun sin querer descubrirlo

entonces, aunque su mamá volviese a pintar
y a pintar y a pintar mil veces más todavía, ese nido
¡de adorno bello nomás!
aquel nido siempre volvía a su propio color
después de cada lluvia, granizo o tormenta...

otro día la mamá de Ella, lo pintó de azul 
y verdosos celestes con pinceladas de barniz

Ella miraba con curiosidad
las puertecillas del nido
por donde le decían que habían entrado los horneros
porque no había visto nunca siquiera un hornero,
pero sí que de ellos le habían contado, 
¿y si esos dos pájaros trabajaron tanto, tanto,
casi como un año, e hicieron un palacio tan hermoso,
porque lo abandonan?

Mucho tiempo ella tardo tratando de entender,
aunque los años pasaron

aún Ella sigue diciendo "no lo sé"
¿Tanto trabajaron esos dos horneros para nada?
O será que el secreto mismo de sus vidas y la de sus hijos se encuentre allí:
no decirlo, no contarlo, no explicarlo...

Ella no sabe si es así
pero así lo ha visto y entendido,
porque a la hora de la siesta
Ella aún sigue buscando
su nido, que creo es como el de los horneros...

Cantando, luchando,
escribiendo, bailando, soñando...

viernes, 15 de febrero de 2013

Antonio Resch, un laburante incansable de la gastronomía



 Hoy tiene un servicio completo para atender alrededor de 3 mil personas.
  
Como respondiendo a su condición de hombre de la raza alemana, no le escapa a ningún trabajo, es un laburador incansable cada vez que se lo convoca, y puede estar muchas horas, muchísimas, trabajando constantemente. 
Así ha integrado los equipos de trabajo de quien él llama el “loco Juan”, por Juan Hippener. 
Luego de trabajar muchos años en el campo, llegó a la conclusión que no quería que sus hijas salieran a trabajar fuera de su casa. 
Así empezó a gestar hace 18 años un recurso para toda la familia, comenzó por comprar cubiertos para 400 personas.
Hoy tiene un servicio completo para atender alrededor de 3 mil personas, que incluye también todo lo necesario para la ambientación del lugar, para vestir mesas y sillas, para bajar los techos con tela, para hacer sectores de entrada, livings, múltiples elementos de decoración, 14 freezer, heladeras exhibidoras, una barra para tragos, y hasta la más reciente incorporación: un equipo de sonido.
Agradece a quienes le han dado una mano siempre para proveerle lo que necesita, para ayudarlo a complacer el gusto de una novia o una quinceañera, y que lo han orientado también en esta empresa que ha emprendido con su familia.
Antonio Resch, hombre alemán, trabajador incansable.

Oscar Baumgertner: “Siempre hay algo para agradecer a la Virgen o algo para pedirle”



 Pueblo Santa María se prepara para la misa en acción de gracias y procesión a la Gruta de la Virgen de Fátima. Domingo 24 de Febrero.

Hace 24 años que este hombre se encarga de cuidar la gruta de la Virgen de Fátima que está en el ingreso a Pueblo Santa María. 
La misma que hace 48 años fue inaugurada en una gran ceremonia, con la presencia, entre otros, del coro de seminaristas de Bahía Blanca. 
Unos años antes la población de pueblo Santa María, incentivadas por el Padre Juan Peter, habían empezado a hace procesiones a la Virgen orando por la lluvia, para que apagara la sequía que hacia el año 1961 se hacía muy difícil de soportar y que condenaba la producción por esos años.
El sacerdote había instado a la comunidad que justamente lleva el nombre de la Virgen, a encomendarse a ella para que cortara la sequía. A la tercera procesión, el agua precipitó en abundancia suficiente.
Entonces el Padre Peter, no tardó en recordarle a la comunidad que si había pedido en oración y le había sido concedido; había entonces que agradecer. Así fue como se proyectó la construcción de una gruta para la Virgen de Fátima.
El sacerdote en persona viajó a Portugal para traer una imagen de la Virgen del lugar en que se apareció a los pastores. 
No fue sencillo pasarla por la aduana, en momentos en que se aumentaban los controles, por eso si se mira hoy con detenimiento la imagen, se puede ver que a la altura del cuello tiene un corte, porque los controles antidrogas que entonces había, indicaba que había que buscar en todos lados. 
Como se demoraba en la aduana, el permiso para sacarla, fue el escribano Domingo Moccero quien hizo las gestiones que posibilitaron que la imagen llegara en tiempo y forma para la fecha de inauguración de la gruta. 
Ese día se organizó una procesión llevando la imagen de la Virgen desde la iglesia hacia la gruta, en el ingreso a Pueblo Santa María, donde fue entronizada. 
Y cada año se recuerda ese acontecimiento, se hace una procesión y una misa posterior, es el momento adecuado para agradecer por todo lo bueno que se tiene en la vida, desde la cuestión más simple y magnífica, como la de poder empezar un nuevo día cada mañana.
Esto es lo que dice y lo que cuenta Oscar, quien desde hace 24 años es el cuidador de la gruta y que cada domingo concurre para habitar el espacio por unas horas para que puedan visitarla los vecinos que así lo deseen y por esta labor ha sido reiteradamente destacado como un gesto solidario y de compromiso religioso.
La procesión este año será el domingo 24, partiendo a las 18 horas desde la iglesia de Santa María. Y a las 19 horas será la misa en acción de gracias.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Ana Azucena Rigelhoff: Nuestra vida fue dura, muy dura. Pero no me quejo

Yo me casé con lo puesto. Después de la ceremonia religiosa comimos un asado en casa de mis padres. Mi tío tocó el acordeón, bailamos un poco, y enseguida nos fuimos al campo a trabajar. Los viajes de boda no existían, tampoco teníamos dinero. Así es que pasé mi primera noche con mi marido en la chacra en la que fuimos a trabajar de matrimonio. Mi marido como mensual y yo como cocinera. Tenía que cocinar para diez peones. Con apenas diecisiete años ya tenía tanta responsabilidad. Y de un día para el otro. Me acuerdo que tenía mucho miedo que se me quemara la comida o me saliera mal. Pero, por suerte y gracias a Dios, todo salió bien.
Empezamos muy de abajo, sin nada. La cama nos la regaló un tío de mi marido. El colchón mi papá. Y así. Fuimos reuniendo cosas prestadas hasta que, de a poco, pudimos empezar a comprar nuestros propios muebles. Vivíamos en casa de mis padres. En una habitación que era cocina y pieza. El baño quedaba como a veinte metros de la casa, casi al fondo del patio.
Pero en esa vivienda solamente pasábamos tres días al mes, porque veníamos de visita del campo a la colonia, una vez cada treinta días, más o menos: llegábamos los sábados a la mañana y no íbamos los lunes a la mañana. Ahí vivimos durante veinte años hasta que por fin pudimos ahorrar unos pesos y comprarnos nuestra propia casa. Para ese entonces ya teníamos ocho hijos, el mayor de diecinueve trabaja a la par de mi marido.
Nuestra vida fue dura, muy dura. Pero no me quejo. A pesar de todo, fuimos felices. No nos sobró nada. Pero tampoco nos faltó nada. No había lujos, sólo teníamos lo necesario para vivir y eso alcanzaba. ¿Para qué más?

lunes, 11 de febrero de 2013

La anciana teje medias de lana

Sentada junto a la ventana, la anciana teje medias de lana. Las teje para su nieto. Porque los inviernos son fríos. Porque no tiene madre que se los teja.
Y mientras teje piensa en su nieto que crió sola cuando su madre murió durante el parto y el padre se fue a Buenos Aires para no regresar jamás. Piensa que su nieto tiene doce años y trabaja en la cosecha de maíz. Eso está bien, se dice. Será un hombre fuerte como su abuelo.
No se lamenta que tuvo que dejar la escuela a los nueve años y dejar de jugar a los ocho para empezar a ordeñar en un tambo. Es lo que se espera de un hombre: que trabaje y mantenga el hogar.
Sentada junto a la ventana, la anciana teje medias de lana, para su nieto que trabaja en la cosecha de maíz. Todo está en calma. La anciana es feliz.

domingo, 10 de febrero de 2013

Cómo ser feliz


Fuente: www.shoshan.cl

Antes de decirte "el secreto de la felicidad", pregúntate: ¿Qué crees tú que necesitas para ser feliz? ¿Qué cosas quisieras tener para experimentar felicidad? ¿Qué personas necesitas tener a tu lado para sentirte feliz? ¿Qué circunstancias necesitas que cambien para que seas feliz?

Hay personas que nunca se sienten realizadas. Muchas cosas les fastidian y le molestan. Esas personas van por este hermoso mundo corriendo desesperados como un niño que afanado persigue el arco iris.
A pesar del serio esfuerzo del niño y su intento de alcanzar el arco iris, parece que burlonamente siempre se aleja. Para esas personas, la felicidad siempre está más lejos que de donde ellos se encuentran.
Un joven decía: “Me casaré cuando encuentre la persona que traiga satisfacción a mi vida”. Con esa filosofía de vida algunos piensan: cuando encuentre a mi cónyuge, entonces seré feliz.
Otros que ya lo han encontrado y ya se han decepcionado, piensan: “cuando me separe, entonces seré feliz”. Algunos piensan: “cuando tenga hijos seré feliz y otros, cuando se marchen, entonces comenzará mi felicidad”.
La vida no funciona así. Podrás tener riquezas y ser infeliz, estar rodeado de las personas más amorosas y vivir las circunstancias ideales, pero eso no quitará de ti todos tus males.
Es que la felicidad no se descubre al encontrar a la persona apropiada, sino en ser la persona adecuada. La felicidad no está en encontrar a quien te haga feliz, sino en aprender a traer felicidad a los que te rodean.
La felicidad la encuentra la persona que aprende a vivir sabiamente. Establece relaciones saludables, pon límites, acepta lo bueno y rechaza lo cuestionable. Es feliz quien se acerca a las personas sin sospecha pero con prudencia y se aleja de quienes le hacen daño, sin maltratar pero con inteligencia. La felicidad la encuentra quien aprende a usar las cosas y no a las personas, quien no abusa ni permite el abuso.
No es feliz quien nunca recibe heridas sino quien sabe cómo evitarlas y, cuando es imposible, sabe cómo curarlas.
No es feliz quien nunca tiene problemas o todo lo tiene resuelto, sino quien cuando los problemas llegan sabe enfrentarlos sabiamente, y cuando no puede, busca ayuda inmediatamente.
Por nuestro propio bien, dejemos de buscar la felicidad en las cosas, personas o circunstancias que nos rodean y comencemos a cambiar desde nuestro interior, las actitudes que nos están afectando.

viernes, 8 de febrero de 2013

Miguel Baleman: Un trabajador incansable, un colaborador permanente de las instituciones


 Ha preparado más de 100 asados con cuero para los que elaboró un implemento de hierro, tal como si fuera un spiedo gigante. Verdaderamente un amigazo que guarda grandes anécdotas, la mayoría de ellas referidas a las grandes fiestas y la organización de asados a beneficio de las instituciones. El rey del asado con cuero.

Tiene 62 años, trabaja desde los 18, cuando egresó de la escuela industrial, y luego de trabajar un corto tiempo con su padre en el campo inició su labor como empleado de la firma Facal, donde aprendió a arreglar motores de maquinarias agrícolas, lo que se transformó en una de sus pasiones.
Allí estuvo por espacio de 12, 13 años aproximadamente, hasta que decidió independizarse. Esto se dio casi naturalmente, porque el propietario del lugar había resuelto ir achicando la atención en reparaciones y empezaron a llevar maquinaria para que arreglara, por lo que muchos trabajos terminaron en el patio de su casa.
Así abrió su taller, el que tiene sobre la Avenida 12 de octubre desde hace unos cuantos años ya, con empleados que lo vienen acompañando desde el principio de esta labor independiente.
Dice que las principales anécdotas no están en el ámbito laboral, sino en lo que es casi una labor social considerable: la organización de asados para instituciones y particulares. 
“Cuando se trata de colaborar con una institución no cobramos, pero sino cobramos algunos pesos. Ahora estoy aflojando un poco en esto que me gusta mucho, porque si hay que carnear debo faltar a mi empresa desde el día anterior a la fiesta y no puedo ausentarme tanto, porque de mi profesión es de lo que vivo”, relata.
Su padre era camionero, su madre lavandera y se ocupaba de lavar a mano, en la tabla, con el jabón que preparaban en la casa con cebo de oveja, una tarea que es impensada para las nuevas generaciones y que no obstante está aquí nomás, volviendo atrás solamente algunos almanaques.
Ha preparado más de 100 asados con cuero para los que elaboró un implemento de hierro, una especie de spiedo gigante, el cual sujeta al animal que se pretende cocinar como si fuera una prensa y permite girarlo para darle más o menos calor, según el requerimiento.
En estas actividades no está solo, sino que lo hace con su amigo de siempre, el “negro” Juan Carlos Izarriaga, con el hijo de éste y también comparte muchas de estas aventuras con Juan Hippener.
Hay una anécdota memorable: en una ocasión, haciendo un asado que le habían pedido los motoqueros de La Colina, para una comida con el fin de juntar fondos, sucedió que cuando ya los asados estaban listos y llegaba el momento de cortar la carne, había un montón de curiosos que rodeaban el sector de parrillas y la gente no entendía los avisos que se le daban que había que desocupar el lugar e ir a sentarse, para sí los asadores podían empezar a cortar la carne. Miguel Baleman le dijo al negro Izarriaga “seguime el juego, vas a ver como enseguida se van todos”. Y ahí nomás los dos asadores montaron una parodia de pelea, donde Izarriaga amenazaba a Baleman con un cuchillo y este le hacía frente con una pala. Al ratito no quedó nadie: todos sentaditos en sus lugares, quietitos y diciéndose que por ahí la comida se frustraba porque “los asadores se están peleando”. Es el día de hoy en que la gente de La Colina cree que ambos amigos en esa ocasión se pelearon de verdad.
Anécdotas de un hombre laburante y muy colaborador que disfruta de la vida y de todo lo que hace.

domingo, 3 de febrero de 2013

Columnas de amor

Por Luisa Braganza


 Soy Luisa Braganza, una trabajadora de las letras. Vivo en Coronel Suárez. Un día supe del misterio escondido en las pinturas de las columnas de la Iglesia “San José Obrero” ubicada en Pueblo San José.
Esta es una comunidad de descendientes de alemanes del Volga radicada en el distrito de Coronel Suárez.
Inspirada en el conmovedor hecho real, puse algo –no mucho- de mi fantasía y escribí esto para que todos recordemos que, a pesar de las contrariedades, el Amor siempre tiene una pirueta escondida para sobrevivir.
Esta es una historia de patatín y patatán y de esas cosas de la vida… Y los pasaron. Y pasaron los años…

La cola para entrar al templo era larguísima. Más o menos unas sesenta parejitas de jóvenes enamorados.
Se hacían arrumacos, se miraban a los ojos y se besaban sin que les importara ser vistos.
¡Cómo han cambiado los tiempos! Nosotros a esa edad nos tratábamos de usted! ¡Ay, si Rodolfo pudiera verlo! Me dijo, aunque… a lo mejor… ¿quién sabe? En una de esas está al lado de nosotras ¿no?.
Sólo sonreí. La vi con ganas de seguir hablando. Y yo quería escucharla.
Él tenía veintidós y yo dieciséis. Vino a fines de 1935 a pintar la iglesia y en enero de 1936 empezaron con los trabajos. ¡Todavía lo veo allá sobre los andamios con José y Julio, sus hermanos. Y bueno, los días pasaban, y así, que va, que viene, llegó la fiesta de San Pedro y San Pablo y el baile de la cultural Germano-Argentina en la carpa, en aquel patio y mi hermano Nicodemo diciendo las palabras mágicas:
“Muchachos, si están aburridos, vengan a casa a la noche a charlar y a comer torta… cenamos temprano”.

Y patatín va… y patatín vienen…

Esas cosas que pasan en la vida, empezaron a venir y entre una cosa y otra, pasó lo que pasa, ¿no? Todavía escucho a mamá cuando se dio cuenta: “Me parece que ese viene en doble sentido”.
Mientras José tocaba la verdulera, Rodolfo y yo bailábamos en la cocina. ¡Cómo le gustaba bailar!
Aquí, Imelda se quedó callada. Creo que su corazón estaba dando alegres giros y saltos apoyado en aquel otro joven corazón. Respeté su silencio, luego agregó:
El pintaba todo el día, pero, a la siesta, se cruzaba y nos veíamos dos minutos. ¡Si habré barrido el corredor de la abuela para esperarlo! Nadie se enteraba porque ella no podía caminar.
¡Qué difícil era entrar en confianza… nada que ver con hoy… Y no era sólo costumbre de nosotros los ruso-alemanes todos cuidaban a las hijas como si fueran algo extraordinario.
Ahora te voy a decir que en aquella época yo era para mis padres la mocosa de mierda. ¿Qué vas a hacer con ése? Vos aquello… vos lo otro… y bueno, no querían saber nada.
Y se lo dije, se lo dije a Rodolfo: “No le diga nada a mi mamá y a mi papá porque me van a sacar de raje”. Pero él insistió: “El asunto es serio, yo quisiera que sus padre sepan.
“No, no, decía yo, porque después me van a tener… no… no”.
Y me tuvieron nomás. “Andá a saber quién es ese tipo” y patatín y patatán…
La cuestión es que tuvimos que escribirnos, no mucho, para disimular porque había que ir a buscar el correo.
Y llegó la Navidad. Un año estuvo él acá. Y se fue. Cuando volvió a terminar algunos laterales del templo me contó que mi nombre había quedado en la ilglesia. Lo había escrito sobre una columna. Yo no lo sabía hasta entonces. Si lo hizo para que no lo olvidara, en realidad no hacía falta. El primer amor nunca se olvida y menos si una está nueve años pupila y después aparece así… así.
Después se fue a pintar a Córdoba y a Catamarca. Lo esperé hasta que regresó. Vino sólo a verme. Y mi papá lo echó: “No, no quiero saber nada” dijo, y no sé cuánto más. Y así quedó todo.
Y bueno… yo no quería otro novio pero después, a los veintitrés años me casé y tuve cuatro hijos. Antes quemé las cartas y le conté todo a mi esposo.
¡Qué va a hacer…!

Y los años pasaron… y pasaron los años…

Cuarenta y cinco años después de aquello, cuando yo ya era viuda me fui a descansar a La Falda. Allí, por casualidad me encontré con José, el hermano de Rodolfo.
Al reconocerlo casi me muero, no me desintegré por milagro. Cuando le dije mi nombre vi su sorpresa y emoción. Me hizo algunas preguntas. Yo no me animaba a hablar. “Lo dejamos para mañana”, le dije.
No, insistió, hablemos ahora. Y hablamos.
Supe que su otro hermano Julio había muerto. ¿Y Rodolfo? Rodolfo también.
¡Cuántas cosas suyas supe después! Vi las fotografías de todas las estatuas que había hecho. Una locura todo lo que había trabajado. Todas religiosas. ¡Era tan católico! Supe que para el Congreso Eucarístico, en la Misa Pontificia, había sido abanderado con su bandera, la tirolesa.
Supe que había viajado a su querida Austria, al pueblito donde había vivido.
Y supe que me había amado hasta su muerte y nunca se había casado porque –según había dicho- no había encontrado otra mujer como yo.
A esta altura de la narración sólo cabía el silencio. Y lo dejamos entrar. Cuando Imelda quiso siguió:
Y aquí estoy, recordando. Muchas veces dejo que mis ojos se escapen a las pinturas y me miran los ángeles, los Papas, los santos que pintó Rodolfo. Pero el que más me conmueve es el rostro de Jesús en la columna, que a medida que pasan los años, se vuelve más comprensivo.
Cuando miro las terminaciones de las columnas oigo sus explicaciones: “Mezclo oro en polvo con clara de huevo para que pierda el color” y “la imitación del mármol la hago con un polvo mezclado con cerveza”.
¡Ay, Rodolfo… yo no sabía que habías escrito mi nombre en la columna…!
Tampoco sé quien inventó la leyenda de que las parejitas que la toquen y recen juntos se amarán hasta la muerte. Por eso estos jóvenes que estamos viendo hacen esta larga cola.
Y aquí Imelda calló.
Frente a ella se me ocurrió pensar que su nombre era digno de estar en la iglesia y también lo era esta leyenda. La certeza la encontré en el rostro comprensivo de Jesús y en sus tantas palabras de invitación al amor.
Sabiendo que este templo –y todos- se levantan sobre cimientos de amor ¿qué tiene de malo que también éste tenga columnas de amor?
Me acerqué a Imelda y la tomé de las manos.
Esto le dije:
Así se escriben las historias… con I de Imelda y de Iglesia, con R de Rodolfo y Renunciamiento; pero con F de Fe y con E de Eternidad en la que, algún día, todos volveremos a encontrarnos.